Escribí un cuento realmente bueno y ésa fue mi ruina. No eran más de tres páginas, calculo, pero la historia tenía de todo. El protagonista era un editor viudo que se iba de fin de semana con una de sus autoras de más éxito, también viuda. Los personajes eran un poco mayores para mí, ya casi pensando en su jubilación, pero no importaba, porque precisamente por eso estaban viviendo una segunda adolescencia, de modo que empecé a documentarme sobre las pasiones de esta edad, que yo ya he olvidado. Alquilaron un barco en Murcia y se llevaron varias fiambreras. El editor estaba muy contento de poder exhibir su título de patrón de barcos, y la escritora siempre había querido ir a Marruecos y ver delfines de cerca. Era verano (en el cuento, pero para escribirlo bien que tuve que subir la calefacción) y el mediterráneo estaba inflamado de reflejos brillantes y brisa tibia. Ya mar adentro, la escritora empezó a soltar alguna risita nerviosa y el editor abrió una botella de vino de Valdepeñas. Los problemas no tardaron en llegar, ya que el editor estaba arruinado y su plan secreto era publicar póstumamente el último manuscrito de la escritora, a la que había seducido. En efecto, el manuscrito estaba en el barco y era una novela épica de casi quinientas páginas sobre tres generaciones de una familia manchega que vivían la Segunda República, la Guerra Civil y el primer franquismo. No estaba terminada ni corregida, pero el editor sabía que sería un bombazo, aunque tenía que publicarla lo antes posible si quería evitar un embargo bochornoso. Esto último era complicado si se tenía en cuenta la tendencia de la escritora a la revisión obsesiva y su intención de empezar un nuevo capítulo ambientado en los años sesenta. La solución, por lo tanto, estaba clara. No es cuestión de entrar aquí en detalles, pues para eso ya está el cuento en sí. Baste decir que el editor al principio tenía éxito, sorteaba sus problemas financieros con una publicación rápida y el cuerpo de la escritora se hundía cerca de Marruecos. Más adelante, no obstante, unos delfines acercaban el cadáver hasta la costa gaditana, en Chiclana de la Frontera, para ser exactos, y en pocas semanas se desenmascaró al editor. Para entonces éste ya se había enriquecido vendiendo los derechos de la novela a una productora de cine, y evadió la ley en una cabaña de Alaska donde vivió bajo una nueva identidad.
Bien, sea como sea, terminé el cuento y lo compartí en varios chats de whatsapp sin decir nada. También lo subí a un blog que tenía por entonces y lo colgué en Facebook. Esto era un domingo a mediodía, así que decidí darme un descanso y me preparé un té que bebí junto a la ventana de la cocina. A los pocos minutos me di cuenta de la desgracia. “Oh no”, pensé, paralizado de horror, con la taza de té suspendida a media altura, “ese cuento es en realidad de Juan José Millás. ¿Cómo no me he dado cuenta mientras lo escribía?” Me apresuré, aterrado, a coger el teléfono. No había pasado mucho tiempo, así que pensé simplemente añadir en los chats de whatsapp un “¡A ver si os gusta! Es de Juan José Millás, genial el tío”. No todo estaba perdido, otros podían imaginar que me había quedado sin internet unos minutos, lo que explicaría el intervalo entre el cuento y el mensaje aclarando la autoría. Para mi espanto, sin embargo, ya tenía varias respuestas. “¡Me encanta!”, “¡Qué bueno!”, decían personas que hasta ese momento habían evitado elogiar todos mis cuentos. “De lo mejor que te he leído”, me llegaron a decir. No intento justificarme, simplemente digo lo que pasó: me dio rabia el éxito de Millás y reaccioné por instinto. “Gracias por leerlo!”, dije simplemente. En ese momento comenzó mi pesadilla. Por la noche me revolvía en la cama y pensaba aterrado en el momento en que alguien me descubriera. Por todos lados veía miradas sospechosas y sudaba más que nunca. Perdí cinco kilos en pocos días y me planteé sacarme una licencia de armas, por lo que pudiera pasar. Era horrible. Tomé la resolución de comprar todos los volúmenes de Millás que contuvieran el cuento. Era originalmente de una colección muy poco popular, lo que sin duda explicaba mi inmunidad hasta el momento, pero me daba un vuelco el corazón cada vez que encontraba un ejemplar entre las estanterías de la Central o la Casa del Libro. Dos o tres veces por semana iba a revisar librerías del centro y a veces algunas del extra-radio, para eliminar pruebas. Pronto, una dependiente de la Central empezó a mirarme con extrañeza.
—Es que me gusta regalar lo bueno, ¿sabes? —le dije con una sonrisa grotesca y empapado de sudor.
No me gustó cómo clavó su mirada en mí mientras me marchaba hacia la caja. Comencé a comprar el libro por internet y lo encargué en unas treinta librerías. Lo tenían que traer de almacenes de distribuidoras a saber dónde, pero, claro, ¿cómo saber dónde podían acabar esos libros en tres o cuatro años? Como ya no me cabían las copias en casa, empecé a quemarlas y a tirarlas a las alcantarillas. Algunas las tiré al interior de contenedores para donar ropa, no sin antes cubrir con abundante tipex el cuento de marras. Era un sinvivir. Pronto me vi tomando somníferos para dormir y estimulantes al despertar, como si fuera un neurótico personaje de Millás. ¿Y si, se me ocurrió, Juan José sabe lo que ha pasado y, para vengarse, me ha condenado a vivir en una de sus obsesiones? Sus cuentos a menudo tienen compulsiones, fantasías, duplicidades y no pocas veces muerte. Tragué saliva mientras volvía a enfrentarme a la misma dependiente de la Central, que esta vez ojeó unos segundos el libro antes de entregármelo.
—Vaya, al final voy a tener que leerlo— dijo con una sonrisa perversa.
Me senté en la chocolatería Valor y esperé a que acabara su turno, hacia eso de las cinco. Resolví seguirla. Llevaba un bolso marrón donde perfectamente cabía una copia del libro de Millás. La seguí con las manos en los bolsillos, jugueteando con la navaja que acababa de comprar. Cruzamos Lavapies y acabamos en la Latina. Al final, en una calle poco transitada, cuando ya comenzaba a anochecer, se dirigió a un portal antiguo y señorial. No perdí un instante y me abalancé sobre ella. Le clavé la navaja tantas veces como pude, no recuerdo ya cómo. Desafortunadamente, yo no tengo los recursos del editor, así que no supe qué hacer con el cadáver ni a dónde huir. Me cayeron veinte años por homicidio y un mes por plagio.
Después, cuando ya me llevaban a la cárcel y yo pensaba en cómo evitar ahí los productos lácteos, me desperté de la pesadilla con el corazón desbocado. Tras unos segundos de espanto, suspiré con un alivio infinito que rara vez Millás concede a sus personajes. Me di cuenta de que aquel cuento marinero no era de Millás, por supuesto, y que se me había ocurrido a mí durante el sueño. Henchido de inspiración, me levanté y lo escribí de una sentada. Lo compartí, no con pocos temblores, pero no pasó gran cosa. El cuento no tenía el gancho que había soñado, el final era demasiado dramático y por el whatsapp sólo reaccionaron las dos personas de siempre.