—Quiero irme ya, Andrés. —La voz de Laura envolvía la cocina donde ambos hablaban cada noche hasta entrada la madrugada. Andrés bajó la vista hacia su infusión de menta. Se esperaba la noticia, por supuesto, pero fingió sorpresa. Tardó en responder, y Laura respetó su silencio. Miró por la ventana, más allá de la pequeña despensa, y en el cielo urbano no había ninguna estrella. El olor de la menta crecía en la cocina. Le dolió una pena aguda al pensar, de nuevo, que ya no podía compartir los olores con Laura.
— ¿Por qué, mi amor? Dijimos que nos esperaríamos. —Andrés sintió un frío fugaz, le temblaron los hombros y los labios, pero habló seguro. De repente se dio cuenta de que no había cenado. Dio un sorbo a la menta con la mirada perdida. A través de Laura podía ver en tonos azulados el microondas y un trozo de la encimera de granito noble. Parecían oscilantes, algo deformes, como láminas de aire que vibran sobre el agua en un día de verano—. Dijimos que nos esperaríamos... —repitió en voz baja, casi para sí.
Laura alargó una mano pero se detuvo a medio camino. Sonreía con tristeza. Desde que había muerto tres meses atrás, mantenía esa sonrisa y esa tranquilidad, pero Andrés no sabía qué hacía ella por las mañanas, cuando él estaba en la universidad, o las pocas veces que él salía a ver a algunos amigos o a su anciano padre. Dado el clima político, habían decidido no decirle a nadie que Laura se había quedado más de la cuenta, aunque desde el principio querían compartirlo con algunas amistades íntimas.
—No sabes cómo se siente... —empezó Laura.
—¡Pues ayúdame a entenderlo! —le cortó Andrés. No era un grito, eso no era propio de él. Seguía siendo un susurro, pero hizo lo más parecido a gritar que se puede hacer con un susurro. Abrió mucho los ojos y se quedó temblando, abrazado a la taza de menta, con la vista clavada en la imagen traslúcida de Laura. ¿Cómo podría entenderlo? Todos los muertos sin excepción, a lo largo de la historia de la humanidad, habían sido siempre taciturnos, parcos. Puede que incluso antes, a la vista de algunos nuevos estudios que sugerían que ya algunas poblaciones de Homo Erectus habrían tenido espectros. Había cosas de las que, simplemente, no podían hablar. Físicamente no podían hablar. Y ahora uno de ellos era Laura. La ironía era que no hacía ni medio año que Andrés había publicado su estudio de demografía espectral, en cuyas conclusiones alentaba a sus lectores a una relación más valiente con la muerte:
Durante la historia evolutiva de nuestra especie, los residuos espectrales nunca han tardado en irse más allá de un pocos días, deseosos de seguir adelante y retrasando su marcha sólo por motivos rituales o por ofrecer una última despedida [Atkins 2011]. Es decir, lo espectral ha sido una parte integral de la vida comunitaria y del duelo personal, puede que incluso desde antes de la aparición del lenguaje [Herrero 2018, Chen 2018]. Sin embargo, como advierte Byung-Chul Han en La Sociedad del Cansancio (Han 2015), en todas las sociedades capitalistas post-industriales se ha disparado no sólo el número de espectros, sino también sus tiempos de remanencia, lo que ha causado en nuestras vidas y sociedades una serie de perturbaciones que nos son bien conocidas. Ectoplasmas en cañerías y alcantarillas, posesiones de animales, ciudades rebosantes de sollozos metálicos y un largo etcétera de problemas materiales son sólo molestias anecdóticas al lado del inconcebible daño emocional que este cambio de paradigma cultural está causando en nuestra vida comunitaria. En algunos casos extremos, como en Corea del Sur, hay voces incluso que proponen regular la posible actividad laboral de los espectros. ¿Qué es lo que nos ha pasado como especie? ¿Por qué no podemos aprender a despedirnos, disfrutar de nuestras vidas sin un apego tóxico y aprender de aquellas culturas y tiempos donde la muerte era una parte integrada en la vida, y no su competidora voraz? Quizá, como apunta Han, la respuesta pase por recuperar los rituales, la lentitud, el sentido narrativo. Quizá ésa sea nuestra última esperanza para no convertirnos en una sociedad de espectros.
Y ahora Laura ya no vivía. Con su mirada de luna recorrió la cocina y se detuvo sobre el té de menta. A Andrés le pareció que suspiraba y que trataba de decir algo. No sólo vivía Andrés con un espectro, sino que en caso de inspección se enfrentaba a una multa y un posible delito de ocultación. Cualquier insinuación de Andrés para que fueran al registro a solicitar una extensión del permiso espectral era no obstante rechazada tajantemente por Laura.
—Me gustaría que me lo explicaras más antes de decidir nada, Laura —dijo, más tranquilo. — ¿No hay algo que quieras decir?
—No sé, Andrés, simplemente es mi momento. Lo entenderás...
—Pero yo lo quiero entender ahora —interrumpió él en voz baja— ¿Cómo sabes que es tu momento?
—Esas preguntas eternas... —murmuró con una sonrisa triste y azul Laura, que había vuelto a bajar la vista y cabeceaba con suavidad.
Andrés sabía lo que quería preguntar, la incógnita que ardía a lo largo de generaciones de humanos que habían tenido ocasión de interrogar u observar espectros. De algún modo, la pregunta se le atragantaba, temía ahuyentar a Laura-espectro y perder una ocasión única, a pesar de que sabía que era imposible ir más allá de la barrera que ningún vivo había superado jamás. Apretó más la taza de té, relajó los hombros y habló despacio.
—Laura, ponte en mí lugar, yo... sé que sientes esta pulsión por marcharte... —paró para gesticular con la mano izquierda, buscando las palabras, y luego comenzó a hablar cada vez más rápido—, sé que es algo universal, y que cada instante que pasas aquí es una decisión, la decisión de quedarte, y entiendo perfectamente que llegará el momento de que te vayas, y que eso es natural, y que siempre estaré agradecido por el tiempo que hemos tenido juntos y que pensaré en ti, pero yo quiero saber, Laura, yo quiero saber si volveré a verte, si volveremos a vernos, ¿entiendes? ¿cómo puedes dejarme sin contestar a esa pregunta? ¿sin decirme si quisiera si conoces la respuesta? Porque tú lo sabes, ¿verdad? Lo sabes, vosotros lo sabéis, sabéis qué es lo que pasa cuando continuáis más allá, ¿no? —Andrés terminó de hablar con los labios temblando. Laura lo miró con una expresión que le pareció nueva. En sus rasgos azules no sólo había tristeza, sino también decepción, una decepción profunda que casi se confundía con el desprecio. Laura sacudió de nuevo la cabeza muy despacio y apretó los labios. Andrés insistió.
—Porque tú sabes lo que pasa, lo que hay más allá —afirmó, con una esperanza irracional.
—Sabes que no puedo hablar de eso —susurró al fin Laura.
—Pero lo sabéis. Si no, ¿cómo podéis saber que tenéis que elegir entre quedaros o iros?
—Ésa no es la cuestión, Andrés. —Laura levantó la vista hacia el cuenco de frutas—. Me gustaría tanto volver a comer uvas...
—Dime por lo menos una cosa, Laura. ¿Es la Nada lo que hay más allá?
—Unas uvas gordas y con pepitas, de las moradas...
—¿Es la Nada, Laura?
—...que son las que mejor quitan la sed.
En ese momento los interrumpió el timbre de la entrada. Sonó una sola vez, pero una vez larga.
—¿A estas horas? —susurró Andrés. Se levantó despacio, pero la silla arañó el suelo igualmente. Se dirigió a la entrada con la taza en la mano. Hizo un gesto a Laura, pero ésta se encontraba absorta en la contemplación de un mango rojo. Para cuando Andrés abriera la puerta del recibidor, adyacente a la cocina, ella ya se habría escondido en una tubería, en el grifo o en el congelador. Andrés dio otro sorbo al té de menta justo en el momento que volvieron a llamar al timbre. Dejó la taza en una mesita al lado de la puerta. El té se le atragantó y no pudo contener la tos. Era imposible que no le hubieran oído. El timbre sonó una tercera vez mientras tosía agachado, con las palmas en las rodillas. Miró un segundo hacia la cocina, pero no pudo ver a Laura. La tos le crecía en la garganta como un puñado de hormigas. Sin mirar siquiera por la mirilla se decidió a abrir la puerta.
—Siento mucho molestarte tan tarde, Andrés —se disculpó la vecina de abajo, una anciana de nariz piramidal, moños cobrizos y abrigos de piel—. He perdido a Fiji, tú le conoces, y estoy muy preocupada...
Andrés la vio frotarse las manos y sacar la punta de la lengua con breves gestos de reptil. Recordaba al gato Fiji, enorme, pardo y peludo, con ojos oscuros y modales de perro. Se preguntó si podía haber algún truco en esta visita. Se rascó la oreja y miró un instante hacia la cocina, de donde creyó haber oído un murmullo. Por la mano que sujetaba la puerta le resbalaba el sudor.
—Cuanto lo siento —se oyó decir con la vista aún en la cocina. Se giró despacio hacia la entrada y vio la oscuridad impenetrable del pasillo, en la cual no se podían distinguir las escaleras ni el ascensor.
—¿Entonces no lo has visto, verdad? Es tan extraño, Andrés, no me lo logro explicar, no sé si debería llamar. En cualquier caso, he pensado que con todo lo que has pasado, y lo solo que estás, que está bien ver si necesitas algo tú también.
—Estoy muy bien, gracias.
—La soledad es muy mala, yo lo sé...
—Siento mucho no haber visto a Fiji.
—Mi marido se quedó diez días antes de irse, lo recuerdo como si fuera ayer...
—Estaré atento por si me lo encuentro, por supuesto.
La vecina agitó la cabeza y se masajeó las manos con violencia. Removía los pies como si aún quisiera decir algo y estuviera reuniendo valor. Andrés pensaba en cómo librarse cuanto antes de esta conversación y volver a la cocina. Esperaba que sus pies girados hacia la derecha y su mano aferrada a la puerta entornada fuesen señales suficientes. Se llevó el puño libre a la boca y tosió una vez, esperando así mostrar con educación su impaciencia.
—Es horrible lo que se oye estos días, ¿verdad?
Andrés estrechó los ojos y murmuró “sí, sí”. Su vecina le miraba ahora con ojos nuevos, con una mirada húmeda que vibraba en la oscuridad, y con manos entrelazadas sobre las cuales flotaba una sonrisa triste o despectiva. La oscuridad del pasillo se chocaba en la entrada con el zumbido del frigorífico y la luz tenue de la cocina. En las noticias de aquella semana se habían discutido dos casos de espectros infiltrados en cuerpos de animales. El primero, un joven responsable de una matanza en alguna universidad de Estados Unidos, abatido por la policía, entró en un perro enorme que pasaba por allí. El animal entró en pánico y mordió a varios niños, acabando con la vida de uno de ellos. Aunque el espectro desapareció sin dar más señas, el perro quedó catatónico y un jurado resolvió sacrificarlo. El segundo caso, quizá más espectacular, fue en el zoológico de Helsinki. Un espectro reciente saltó por entre los cuerpos de varios animales en el transcurso de una hora, jirafas, leones, elefantes, osos, gorilas; todos entraron en un frenesí sin precedentes e hirieron de gravedad a varios asistentes antes de que el lugar fuera evacuado. Según algunas noticias no confirmadas, el espectro responsable, que no se localizó, podría pertenecer al de un estudiante suicida. Comprensiblemente, la sugerencia había causado un revuelo inmenso a nivel global, pues no se conocían ni una decena de casos en toda la historia de suicidas que se hubiesen quedado más de unos pocos segundos, y la opinión de la comunidad científica es que se trataba de algo físicamente imposible, como es el caso en casi todas las muertes traumáticas. Por supuesto, siglos atrás la posesión transitoria de algunos animales por parte de individuos con habilidades extraordinarias había sido una parte integral de diversas tradiciones y cultos animistas, pero tales eventos eran muy infrecuentes en tiempos modernos. La inmensa mayoría de los espectros ni siquiera era capaz de algo así. Andrés inclinó la cabeza y sonrió. Quizá, se dijo, quién sabe, los cuerpos de los animales es a donde van los espectros cuando deciden irse. Quizá se quedan hasta que aprenden a hacerlo de forma segura.
—Sí, pero estoy seguro de que aparecerá —aseguró Andrés—. Estoy seguro de que Fiji aparecerá —insistió con la misma sonrisa.
—Está bien, Andrés, gracias, pero creo que aún así voy a llamar para que echen un ojo —añadió la vecina con una mirada lateral y masajeándose aún las manos. Andrés fingió no entender que quería insinuar algo, se disculpó con una sonrisa cansada y le dio las buenas noches, prometiéndole que mañana mismo Fiji aparecería en el patio interior. Cuando cerró la puerta suspiró y recogió la taza que había dejado en la mesita de la entrada. Volvió despacio hacia la cocina.
—Ya puedes salir, era la vecina con el gato —dijo en un susurro para Laura.
Esperó de pie en la cocina durante unos segundos, pero no obtuvo respuesta. Dejó la taza en la mesa y miró alrededor.
—¿Laura? —llamó. Dio una vuelta e inspeccionó el grifo. Dejó correr un poco de agua, luego abrió el armario del gas, después abrió el frigorífico y el congelador con ansiedad creciente. Nada.
—¿Laura? ¡Laura! —gritó, ya sin cuidar el volumen de voz. Miró a su alrededor con gesto de horror, como si la cocina fuera algo desconocido, sospechoso. Se quedó unos segundos de pie, en silencio, escuchando con atención el zumbido del frigorífico.