lunes, 26 de enero de 2026

Las despedidas

—Quiero irme ya, Andrés. —La voz de Laura envolvía la cocina donde ambos hablaban cada noche hasta entrada la madrugada. Andrés bajó la vista hacia su infusión de menta. Se esperaba la noticia, por supuesto, pero fingió sorpresa. Tardó en responder, y Laura respetó su silencio. Miró por la ventana, más allá de la pequeña despensa, y en el cielo urbano no había ninguna estrella. El olor de la menta crecía en la cocina. Le dolió una pena aguda al pensar, de nuevo, que ya no podía compartir los olores con Laura.


— ¿Por qué, mi amor? Dijimos que nos esperaríamos. —Andrés sintió un frío fugaz, le temblaron los hombros y los labios, pero habló seguro. De repente se dio cuenta de que no había cenado. Dio un sorbo a la menta con la mirada perdida. A través de Laura podía ver en tonos azulados el microondas y un trozo de la encimera de granito noble. Parecían oscilantes, algo deformes, como láminas de aire que vibran sobre el agua en un día de verano—. Dijimos que nos esperaríamos... —repitió en voz baja, casi para sí.

Laura alargó una mano pero se detuvo a medio camino. Sonreía con tristeza. Desde que había muerto tres meses atrás, mantenía esa sonrisa y esa tranquilidad, pero Andrés no sabía qué hacía ella por las mañanas, cuando él estaba en la universidad, o las pocas veces que él salía a ver a algunos amigos o a su anciano padre. Dado el clima político, habían decidido no decirle a nadie que Laura se había quedado más de la cuenta, aunque desde el principio querían compartirlo con algunas amistades íntimas.


—No sabes cómo se siente... —empezó Laura.


—¡Pues ayúdame a entenderlo! —le cortó Andrés. No era un grito, eso no era propio de él. Seguía siendo un susurro, pero hizo lo más parecido a gritar que se puede hacer con un susurro. Abrió mucho los ojos y se quedó temblando, abrazado a la taza de menta, con la vista clavada en la imagen traslúcida de Laura. ¿Cómo podría entenderlo? Todos los muertos sin excepción, a lo largo de la historia de la humanidad, habían sido siempre taciturnos, parcos. Puede que incluso antes, a la vista de algunos nuevos estudios que sugerían que ya algunas poblaciones de Homo Erectus habrían tenido espectros. Había cosas de las que, simplemente, no podían hablar. Físicamente no podían hablar. Y ahora uno de ellos era Laura. La ironía era que no hacía ni medio año que Andrés había publicado su estudio de demografía espectral, en cuyas conclusiones alentaba a sus lectores a una relación más valiente con la muerte:


Durante la historia evolutiva de nuestra especie, los residuos espectrales nunca han tardado en irse más allá de un pocos días, deseosos de seguir adelante y retrasando su marcha sólo por motivos rituales o por ofrecer una última despedida [Atkins 2011]. Es decir, lo espectral ha sido una parte integral de la vida comunitaria y del duelo personal, puede que incluso desde antes de la aparición del lenguaje [Herrero 2018, Chen 2018]. Sin embargo, como advierte Byung-Chul Han en La Sociedad del Cansancio (Han 2015), en todas las sociedades capitalistas post-industriales se ha disparado no sólo el número de espectros, sino también sus tiempos de remanencia, lo que ha causado en nuestras vidas y sociedades una serie de perturbaciones que nos son bien conocidas. Ectoplasmas en cañerías y alcantarillas, posesiones de animales, ciudades rebosantes de sollozos metálicos y un largo etcétera de problemas materiales son sólo molestias anecdóticas al lado del inconcebible daño emocional que este cambio de paradigma cultural está causando en nuestra vida comunitaria. En algunos casos extremos, como en Corea del Sur, hay voces incluso que proponen regular la posible actividad laboral de los espectros. ¿Qué es lo que nos ha pasado como especie? ¿Por qué no podemos aprender a despedirnos, disfrutar de nuestras vidas sin un apego tóxico y aprender de aquellas culturas y tiempos donde la muerte era una parte integrada en la vida, y no su competidora voraz? Quizá, como apunta Han, la respuesta pase por recuperar los rituales, la lentitud, el sentido narrativo. Quizá ésa sea nuestra última esperanza para no convertirnos en una sociedad de espectros.


Y ahora Laura ya no vivía. Con su mirada de luna recorrió la cocina y se detuvo sobre el té de menta. A Andrés le pareció que suspiraba y que trataba de decir algo. No sólo vivía Andrés con un espectro, sino que en caso de inspección se enfrentaba a una multa y un posible delito de ocultación. Cualquier insinuación de Andrés para que fueran al registro a solicitar una extensión del permiso espectral era no obstante rechazada tajantemente por Laura.


—Me gustaría que me lo explicaras más antes de decidir nada, Laura —dijo, más tranquilo. — ¿No hay algo que quieras decir?


—No sé, Andrés, simplemente es mi momento. Lo entenderás...


—Pero yo lo quiero entender ahora —interrumpió él en voz baja— ¿Cómo sabes que es tu momento?


—Esas preguntas eternas... —murmuró con una sonrisa triste y azul Laura, que había vuelto a bajar la vista y cabeceaba con suavidad.


Andrés sabía lo que quería preguntar, la incógnita que ardía a lo largo de generaciones de humanos que habían tenido ocasión de interrogar u observar espectros. De algún modo, la pregunta se le atragantaba, temía ahuyentar a Laura-espectro y perder una ocasión única, a pesar de que sabía que era imposible ir más allá de la barrera que ningún vivo había superado jamás. Apretó más la taza de té, relajó los hombros y habló despacio.


—Laura, ponte en mí lugar, yo... sé que sientes esta pulsión por marcharte... —paró para gesticular con la mano izquierda, buscando las palabras, y luego comenzó a hablar cada vez más rápido—, sé que es algo universal, y que cada instante que pasas aquí es una decisión, la decisión de quedarte, y entiendo perfectamente que llegará el momento de que te vayas, y que eso es natural, y que siempre estaré agradecido por el tiempo que hemos tenido juntos y que pensaré en ti, pero yo quiero saber, Laura, yo quiero saber si volveré a verte, si volveremos a vernos, ¿entiendes? ¿cómo puedes dejarme sin contestar a esa pregunta? ¿sin decirme si quisiera si conoces la respuesta? Porque tú lo sabes, ¿verdad? Lo sabes, vosotros lo sabéis, sabéis qué es lo que pasa cuando continuáis más allá, ¿no? —Andrés terminó de hablar con los labios temblando. Laura lo miró con una expresión que le pareció nueva. En sus rasgos azules no sólo había tristeza, sino también decepción, una decepción profunda que casi se confundía con el desprecio. Laura sacudió de nuevo la cabeza muy despacio y apretó los labios. Andrés insistió.


—Porque tú sabes lo que pasa, lo que hay más allá —afirmó, con una esperanza irracional.


—Sabes que no puedo hablar de eso —susurró al fin Laura.


—Pero lo sabéis. Si no, ¿cómo podéis saber que tenéis que elegir entre quedaros o iros?


—Ésa no es la cuestión, Andrés. —Laura levantó la vista hacia el cuenco de frutas—. Me gustaría tanto volver a comer uvas...


—Dime por lo menos una cosa, Laura. ¿Es la Nada lo que hay más allá?


—Unas uvas gordas y con pepitas, de las moradas...


—¿Es la Nada, Laura?


—...que son las que mejor quitan la sed.


En ese momento los interrumpió el timbre de la entrada. Sonó una sola vez, pero una vez larga.


—¿A estas horas? —susurró Andrés. Se levantó despacio, pero la silla arañó el suelo igualmente. Se dirigió a la entrada con la taza en la mano. Hizo un gesto a Laura, pero ésta se encontraba absorta en la contemplación de un mango rojo. Para cuando Andrés abriera la puerta del recibidor, adyacente a la cocina, ella ya se habría escondido en una tubería, en el grifo o en el congelador. Andrés dio otro sorbo al té de menta justo en el momento que volvieron a llamar al timbre. Dejó la taza en una mesita al lado de la puerta. El té se le atragantó y no pudo contener la tos. Era imposible que no le hubieran oído. El timbre sonó una tercera vez mientras tosía agachado, con las palmas en las rodillas. Miró un segundo hacia la cocina, pero no pudo ver a Laura. La tos le crecía en la garganta como un puñado de hormigas. Sin mirar siquiera por la mirilla se decidió a abrir la puerta.


—Siento mucho molestarte tan tarde, Andrés —se disculpó la vecina de abajo, una anciana de nariz piramidal, moños cobrizos y abrigos de piel—. He perdido a Fiji, tú le conoces, y estoy muy preocupada...


Andrés la vio frotarse las manos y sacar la punta de la lengua con breves gestos de reptil. Recordaba al gato Fiji, enorme, pardo y peludo, con ojos oscuros y modales de perro. Se preguntó si podía haber algún truco en esta visita. Se rascó la oreja y miró un instante hacia la cocina, de donde creyó haber oído un murmullo. Por la mano que sujetaba la puerta le resbalaba el sudor.


—Cuanto lo siento —se oyó decir con la vista aún en la cocina. Se giró despacio hacia la entrada y vio la oscuridad impenetrable del pasillo, en la cual no se podían distinguir las escaleras ni el ascensor.


—¿Entonces no lo has visto, verdad? Es tan extraño, Andrés, no me lo logro explicar, no sé si debería llamar. En cualquier caso, he pensado que con todo lo que has pasado, y lo solo que estás, que está bien ver si necesitas algo tú también.


—Estoy muy bien, gracias.


—La soledad es muy mala, yo lo sé...


—Siento mucho no haber visto a Fiji.


—Mi marido se quedó diez días antes de irse, lo recuerdo como si fuera ayer...


—Estaré atento por si me lo encuentro, por supuesto.


La vecina agitó la cabeza y se masajeó las manos con violencia. Removía los pies como si aún quisiera decir algo y estuviera reuniendo valor. Andrés pensaba en cómo librarse cuanto antes de esta conversación y volver a la cocina. Esperaba que sus pies girados hacia la derecha y su mano aferrada a la puerta entornada fuesen señales suficientes. Se llevó el puño libre a la boca y tosió una vez, esperando así mostrar con educación su impaciencia.


—Es horrible lo que se oye estos días, ¿verdad?


Andrés estrechó los ojos y murmuró “sí, sí”. Su vecina le miraba ahora con ojos nuevos, con una mirada húmeda que vibraba en la oscuridad, y con manos entrelazadas sobre las cuales flotaba una sonrisa triste o despectiva. La oscuridad del pasillo se chocaba en la entrada con el zumbido del frigorífico y la luz tenue de la cocina. En las noticias de aquella semana se habían discutido dos casos de espectros infiltrados en cuerpos de animales. El primero, un joven responsable de una matanza en alguna universidad de Estados Unidos, abatido por la policía, entró en un perro enorme que pasaba por allí. El animal entró en pánico y mordió a varios niños, acabando con la vida de uno de ellos. Aunque el espectro desapareció sin dar más señas, el perro quedó catatónico y un jurado resolvió sacrificarlo. El segundo caso, quizá más espectacular, fue en el zoológico de Helsinki. Un espectro reciente saltó por entre los cuerpos de varios animales en el transcurso de una hora, jirafas, leones, elefantes, osos, gorilas; todos entraron en un frenesí sin precedentes e hirieron de gravedad a varios asistentes antes de que el lugar fuera evacuado. Según algunas noticias no confirmadas, el espectro responsable, que no se localizó, podría pertenecer al de un estudiante suicida. Comprensiblemente, la sugerencia había causado un revuelo inmenso a nivel global, pues no se conocían ni una decena de casos en toda la historia de suicidas que se hubiesen quedado más de unos pocos segundos, y la opinión de la comunidad científica es que se trataba de algo físicamente imposible, como es el caso en casi todas las muertes traumáticas. Por supuesto, siglos atrás la posesión transitoria de algunos animales por parte de individuos con habilidades extraordinarias había sido una parte integral de diversas tradiciones y cultos animistas, pero tales eventos eran muy infrecuentes en tiempos modernos. La inmensa mayoría de los espectros ni siquiera era capaz de algo así. Andrés inclinó la cabeza y sonrió. Quizá, se dijo, quién sabe, los cuerpos de los animales es a donde van los espectros cuando deciden irse. Quizá se quedan hasta que aprenden a hacerlo de forma segura.


—Sí, pero estoy seguro de que aparecerá —aseguró Andrés—. Estoy seguro de que Fiji aparecerá —insistió con la misma sonrisa.


—Está bien, Andrés, gracias, pero creo que aún así voy a llamar para que echen un ojo —añadió la vecina con una mirada lateral y masajeándose aún las manos. Andrés fingió no entender que quería insinuar algo, se disculpó con una sonrisa cansada y le dio las buenas noches, prometiéndole que mañana mismo Fiji aparecería en el patio interior. Cuando cerró la puerta suspiró y recogió la taza que había dejado en la mesita de la entrada. Volvió despacio hacia la cocina.


—Ya puedes salir, era la vecina con el gato —dijo en un susurro para Laura.


Esperó de pie en la cocina durante unos segundos, pero no obtuvo respuesta. Dejó la taza en la mesa y miró alrededor.


—¿Laura? —llamó. Dio una vuelta e inspeccionó el grifo. Dejó correr un poco de agua, luego abrió el armario del gas, después abrió el frigorífico y el congelador con ansiedad creciente. Nada.


—¿Laura? ¡Laura! —gritó, ya sin cuidar el volumen de voz. Miró a su alrededor con gesto de horror, como si la cocina fuera algo desconocido, sospechoso. Se quedó unos segundos de pie, en silencio, escuchando con atención el zumbido del frigorífico.



domingo, 9 de abril de 2023

Una fábula marinera

 

    Imagínala, la barca fabricada con una concatenación de artesanía nórdica y chapa húmeda de dos sauces, con los elegantes añadidos de unos chopos a medio sumergir, onomatopéyicamente reminiscentes de su lugar en el mundo, junto a unas riberas donde sólo es posible oír el discurrir terapeútico del agua, ahí embarrados en una costa lejana, tan lejana que es fácil concebirla como edénica, donde los cristales de la arena son atravesados por los rayos espectacularmente blancos de un sol con apariencia de personaje puro de una fantasía épica, y que en esa parte del mundo se mueven aún mejor que los hilos de un bobina siempre girando, de suerte que la textura de esa iluminación impregna los mástiles y el cascarón a base de tablas de la pequeña barca heterogénea, que peina la marejadilla con aire de animal ataráxico mientras ondículas de viento marino golpean o acarician la concavidad de la vela blanca, cuyo sonido tiene las mismas propiedades psicológicas que el discurrir de ese río distante y es el deleite del marinero, quien, tumbado sobre una tabla crujiente con la memoria curva de uno de los sauces, se concentra en cómo el calor amarillo de la luz encima del mundo le roza la piel de los párpados en un ángulo placentero, y en cómo sus manos entrelazadas bajo la cabeza tocan madera y pelo y se convierten en una Unidad repentina con la irreductibilidad enorme del mar, las olas blandas vibrando, vaivenes de arrullamiento, cresta arriba, cresta abajo, dinámica local de un infinito entretejido, y la madera armónica rompiendo también con sus picos la invisible interfase cíclica, el engranaje minimal de la maquinaria del océano.

                                                                           ***

    La ansiedad del marino, o la ansiedad de la nieve lejana. Basta con imaginarlo. Solo, y sólo el océano sin un límite más que la curvatura del horizonte, envolviéndote también circularmente, y sólo el azul compacto del cielo reflejado sobre la superficie oscura del mar infinito, donde los reflejos vítreos del sol y los rizos de las olas se mezclan en un baile silencioso. No hay nada, no hay nadie en miles de kilómetros a la redonda, sabes que no hay nada a lo que asirse, y si este tronco falla, o esta piragua, que ya está tambaleándose con el extraño mecerse del océano, no tendrás nada más que la perdición, ¿no? No sólo es el pánico, es la certeza de la muerte, siempre alimentada por el terror de ese océano, que es infinito, eterno, sin límites, y que incluso más allá de la boca del horizonte permanece como un monstruo más curvado y más grande de lo que tu pánico puede comprender... es una máquina del movimiento perpetuo de la ansiedad, ¿sí?

              ..........

    Sí, este hombre se echó hace dos jornadas a la mar, a pesar de padecer de hipertensión y de tener un creciente pavor cerval a la imagen informe del océano nocturno, así que admirad su serenidad, miradlo ahí tirado con despreocupación dichosa. No está pensando, por ejemplo, en la sal que asetea las gargantas sedientas, y que posiblemente se condensa en un sólo monstruo espantoso de ubicación imprecisa, un ceto ágil capaz de romper ese hechizo de calma y hacer deseable una lengua de fuego y cinco quemaduras de tercer grado cubriendo la piel. Siente un pasión auténtica por comunicar allende los mares las virtudes poco divulgadas de sus cincuenta y cuatro ciudades, ajenas a los reyezuelos continentales. Ya en el puerto, sus ojos verdes andan moviéndose con una flotabilidad de mineral, tal vez de jade, entre los comerciantes con hedor a tripas de pescado rosadas, conservas dispersadas, agua muy posiblemente fecal, rugosas redes húmedas, entrañas empapadas. Casi se podría creer que el propio ajetreo está oliendo, que alguna de las pestes de esa mezcla densa del aire es una cosificación molecular extremadamente poco aromática de la intensa actividad comercial, llevada a cabo sobre cubos de madera encharcada, a veces putrefacta. Unos hombres con paños a la cabeza y delantales que una vez fueron blancos mueven sus tremendas mandíbulas recubiertas por gruesos pelos para decir con ojos vítreos de pez fallecido que compres, que compres sus hermosos pescados, ricos, frescos en contra de toda evidencia sensorial. Así que despliegan con facilidad la potencia de sus pulmones y exclaman esto alargando las vocales, con los brazos colgando, y con un mix increíble de agua, alcohol y sudor en los pliegues de su piel que conforma el carisma arquetípico de este consorcio. Y el extranjero pasea en silencio, echando vistazos a todos los rincones, siempre manteniendo en mente su barcaza deslocalizada, sostenida por quince resonancias severas de diseño. Se puede decir que le gusta vociferear por los bordes de los fajos de papeles completamente débiles y frágiles, reblandecidos por el agua salada que encarna todo su peligro, porque en realidad es de una pasta ampulosa, no gritona, con una fina red de agujeros que la hacen indestructible en esencia... pues viene de otro mundo, ésa es la verdad, de un pedrusco urbanizado y emancipado de todo este comercio, una otra red de ciudades que todos creerían un punto Nemo, equidistante de puntos de tierra muy lejanos, si bien todavía verosímiles. ¿Y cómo se llega a este pedrusco dichoso, amigo? Bueno, el marinero, que es conocedor de muchas cosas, en realidad no sabe responder a esto, pero algo sí puede afirmar con la certeza ontológica de un fantasioso lemur omnisciente: Que no llegarán a su República la Compañía de las Indias Orientales, ¡Ja!, ni ningún esclavista holandés, con su laringe destrozada a base de dar órdenes en alta mar en su absurdo idioma autolesivo, que suena como metal siendo triturado, niños, de verdad que sí, ni nadie, nadie podrá llegar que tenga ideas de querer exportar alguna clase de jerarquía boyante basada en los surtidos de especias. Sólo te pueden invitar, y sólo cuando no tienes nada o estás dispuesto a llevarlo todo contigo, sí, todo, también ese pequeño elefante de la suerte que guardas con cierta pena porque te dió lástima aquella señora perennemente sonriente a la que le iba un poco de capacaída porque la sentimentalidad de las supersticiones, aunque sólo sea como juego, está en fortísimo declive. Y ya en el puerto, sí, sí, aquí en medio de los pescadores, como os decía,..., hay cajas amplias a base de maderos rebosantes de frascos de vidrio verde oscuro con licor de patatas, el alimento al que hay que dedicar la mayor parte de las atenciones, y el marinero extranjero, que lleva un papel arrugado con el esquema de un cilindro inyector en el bolsillo vertical de su calzón de tela negra (que por supuesto está empapado y salado), y un conveniente frasquito de peróxido puro, fruto de la técnica aventajada de su República dichosa, se acaricia la lana sólo ligeramente griseada que cubre su pecho, se arremanga para mejor combatir el calor y piensa que aquello debe de ser una señal, pues no tenía ni idea de que en esta tierra, para él tan desconodida, abundaran ya la mitad de los ingredientes del progreso....


    ...Habla nuestro extranjero con.... un artillero, un mendigo y un príncipe que pasea escoltado, todo durante la misma mañana azulada. Pero, ¿pueden creer algo de lo que cuenta? De sus gestos...? Al artillero le da igual, allí no ve negocio, lógicamente, si las cosas son como se dice, y parece estar aquello muy lejos como para arriesgarse a encontrar ahí una nueva bolsa de mercado, eso sin tener en cuenta la necesidad de hacer toda una cansina labor motivacional explicando a esos isleños sin ley natural porqué resulta indispensable estar al tanto del último grito de las tecnologías de la pólvora. El mendigo, por su parte, se ríe a través de unos dientes que de viejos parecen carne gris de castañas asadas, como las que asamos aquí en la plaza del pueblo, y desde su pared, cubierto con una deshilachada túnica de arpillera con fuerte olor a patatas, desestimó el cacareado igualitarismo que le ofrecía el extranjero, pues le sonaba a burla, a broma práctica de gente rica que no sabía ni la mitad de metafísica que él, que escribía poemas con lecciones ontológicas de primerísima categoría, dedicando todo su cuerpo famélico y su cocorota recubierta por trazas de pelo ralo y pegajoso a la contemplación, al licor, y a la concepción de nuevos versos llenos de perspicacia filosófica.... Así que no, dijo el mendigo, ninguna paparruchada política de trasmar, ningua bobada así de sórdida me van a vender a mí, a mí que he trabajado sobre la esencia del Ser más que cualquier de estos niños algodonados.

    Pero el príncipe, ah, queridos, el príncipe sí encontró interesante (¡y mucho!) la historia maravillosa del marinero extranjero, y durante cerca de cuarenta minutos en que pareció olvidar sus empuñaduras sedosas se sentó, sin importarle que su exquisita túnica de seda púrpura pudiese mancharse del polvo del trajín portuario, y clavó sus esmeráldicos ojos bien abiertos en el rostro del marinero, con toda su cara circular bien afeitada y aceitosa, rezumando juventud leída, contraída en un rictus que era mezcla de atención y concentración, y que despertó en este estrato irritante de los dominadores la pepita ansiosa de una revolución.

El precio de la ensalada

 

Por su gabardina y por el cigarro está claro que ha leído a Raymond Chandler. El inspector Suárez, de homicidios, llega a la cafetería a las 11am y saluda con un gruñido a sus compañeros.


—Desayuné aquí el otro día, fíjate... ¡un humus excelente! —le dice su compañera, que tiene restos de zanahorias entre los dientes. Suárez aplasta el cigarro en la pared y entra a la escena. Dos muchachos con gafas y en uniforme hacen fotos ruidosas. La víctima yace en el centro, con la boca abierta. Aún lleva el delantal corporativo de la franquicia.


—¡Pobre, pobre, pobre! ¡Tan buena! ¡Tan buena que era! —una mujer de mediana edad llora efusivamente y se sacude en el banco junto a la entrada. Tiene acento extranjero y al parecer no hay forma de consolarla. Suárez desvía la mirada y la fija en la víctima. Sobre los ojos se encuentran dos enormes huevos fritos, bien dorados y con las yemas casi intactas.


—¿Y no pueden detenerlo ya? ¿Qué hay que ver aquí? —pregunta la mujer, que bebe largos tragos de zumo de naranja mezclado con sus mocos—. Es por su trabajo, ¿verdad? ¡Ay, los poderosos! ¡Son todos iguales, iguales! ¡Se protegen entre ellos! ¡Ay ay ay! —y sacude acusatoriamente su vaso con restos de zumo.


—Cuello fracturado... un golpe limpio, experto. Estamos ante un especialista —dice uno de los fotógrafos con gafas. Se pasa la mano por sus mechones engominados. Suárez conoce ese gesto: la admiración, la excitación ante el reto. Gruñe y tensa la boca. Pero hay testigos. Será fácil. Se gira y se sienta frente a la mujer del zumo, que ahora solloza con hipo y agarra con fuerza su vaso vacío.


—¿Quiere contarme lo que ha visto? —pregunta Suárez. Se sienta del revés en una silla, con los brazos apoyados sobre el respaldo y las piernas abiertas. La gabardina le cuelga por los lados. Se rasca el cuello mientras la mujer hipa y levanta sus ojos de pescado muerto. Le da tiempo.


—Yo... yo... le voy a contar historia. ¿Quiere oír historia? —dice. ¿De dónde es ese acento?—. Yo vengo aquí desayunar, y pido tostada con salmón ahumado, aguacate, cosas así. Y este hombre veo mucho, mucho, dos veces por semana, más a veces.


—¿Al sospechoso? —quiere confirmar Suárez. Con esto la mujer vuelve a romper a llorar. Se seca los mocos en la manga de un jersey de pelusa y continua:


—Sí, sí. Este hombre... es misterioso, sabe. Siempre pide misma cosa. Todos los días. Todos los días. Llega por la mañana, se sienta en sitio en la esquina, ve usted, pide un café solo y luego dice “y el plato número tres con huevos”. Eso dice, así tal cual, y no dice por favor, no, por eso yo algo ya olía —se da unos toquecitos en la nariz—. Y yo con camarera siempre comentábamos lo gracioso...


—¿Conocía a la víctima?


—Ay, sí. ¡Ay, ay, ay! Pero si era mi amiga. ¡Mi amiga! —llora y se agacha. Se aprieta el vaso contra la frente. Cuando se reducen las sacudidas, continúa—. Verá... es que el plato número tres no sólo lleva huevos, sino también ensalada.


—Vaya.


—Ensalada estupenda, muy bien aliñada, aceite balsámico de primera, y unos piñones... ¡qué piñones! Pues bueno, caso es que él nunca comió... nunca ha comido, nunca, la ensalada. Pide huevos, se come los huevos sin bajar vista de ordenador, un trago café, aporrea teclas y se marcha. ¡Imagínese el desperdicio! Todas las mañanas se tira en esta cafetería un plato entero de ensalada. ¡Pero él sigue pidiendo mismo plato, que es con ensalada!


—¿Y por qué no le traen sólo los huevos, sin ensalada? —quiere saber la compañera de Suárez, que escucha de pie y con los brazos cruzados. La testigo levanta la cabeza como un topo asustado y la mira. Comienza a llorar y no se le entiende nada. Trata de hablar, pero el hipo, los mocos y el llanto lo cubren todo. Su boca se abre de forma grotesca.


—Ea, ea... ya está —la calma Suárez—. Y dígame, por favor, si es tan amable, ¿qué aspecto tiene este hombre? ¿Edad, características, ropa,...? —Suárez sabe que las descripciones prolijas pueden ser complicadas para los testigos, que suelen enredarse en detalles mutables poco útiles.


—Oh, un aspecto... muy normal —contesta ella tras sorber algunos otros mocos—. O sea, terrible, terrible. Yo ya lo olía. A veces nos sentamos cerca y yo miro de reojo ordenador. Siempre tiene ordenador. Escuche, escuche, porque por eso no detienen... —Suárez gruñe y da un sorbo a un café—. Yo no sé qué hace, yo no sé, pero siempre mira gráficos circulares, con colores, estadísticas, histogramas, válgame el cielo, se come la clara primero, luego la yema, pero sin mirar, los ojos fijos en tablas y porcentajes, es horrible, horrible, yo ya lo olía...


—Perdone, pero eso no nos ayuda —interrumpe Suárez. Se inclina y hace crujir la silla. Sonríe con media cara, como Harrison Ford.


—Oh, sí, sí, aspecto. Aspecto es desagradablemente deportivo —Suárez levanta la ceja izquierda—, pelo corto como militar, tiene entraditas triangulares, pero aún es joven, desgraciado, quizá treinta, aún tiene pelo raso de militar con historial abusivo, entiende.


—¿Disculpe?

—Sí, sí, usted entiende. Mire, siempre ropa cara, marcas, no sé, marcas caras, y reloj como de plata, muy desagradable, sí, cuando pide los huevos lo hace sin contacto visual, pide huevos con voz profunda pero quebrada, en realidad es inseguro, sin duda, sin duda, y cuando me siento cerca tiene pequeños cortes de afeitado reciente y rápido, y huele a colonia muy alcohólica. Horrible, es horrible. Junto a ordenador teléfono móvil. A veces escribe, chum chum pum —hace el gesto con las manos, pero sin soltar el vaso del zumo. Suárez se masajea la frente y mira al suelo—, machaca teclado con ansiedad de emails laborales, yo creo, yo creo... —aquí baja la voz hasta que es un susurro, que sin embargo se puede oír sin problemas en toda la cafetería—, yo creo que tiene subordinados. ¡Y además está un poco rellenito! Claro, si es que ensalada ni tocarla...


—Bien, bien, bueno, y entonces, ¿qué es lo que ha pasado hoy? —Suárez mueve la mano como una paleta, girándola con los dedos estirados: “avancemos”. Los engominados de las fotos se ríen de algo en la calle.


—Sí, ayer mismo hablamos, ¡ay, ay, ay! Mi amiga querida y yo, y hablamos de desperdicio de lechuga, ¿sabe? “Este imbécil se pide lo mismo todos los días y siempre se deja la lechuga”, decía mi amiga, y tenía enfado, normal. “Yo creo que es cocainómano”, le dije yo, y nos reímos mucho, y yo creo que es verdad, agente, detective, porque esos gráficos circulares y esa colonia no son normales. Y, y, y... —aquí la mujer rompe a llorar de nuevo, niega con la cabeza, se sacude.


—Si necesita un momento...


—No, no, agente, mejor fuera que dentro, como le decía, y yo... y yo... le di idea a mi amiga. ¡Que me detengan! Esta allí, bajo los huevos, por mi culpa, solo mi culpa... yo le di idea, sabe, ayer nos quedamos en el café después del cierre, hicimos rooibos, cogimos rollito de canela y yo le di idea, sonaba Friday I'm in Love de The Cure, siempre tenemos música, y le dije, oye, ya está bien de andarse con temblores con el cocainómano de gráficos circulares, mira, mañana le traes huevos sin ensalada y a ver qué pasa, ¿eh?, y cuánto nos reímos, sí, agente detective, quién iba a saber, quién, dígame, aunque yo ya lo olía, se lo digo, ¡ay, ay, ay! Y esta mañana pide con su voz de herrumbre Plato Número Tres, y mi amiga sonríe, claro que él no sonríe, no, no, él da golpecitos a la mesa con los dedos y mete número en tabla de excel y pasa el ratón por una gráfica, se tira del labio, coge el móvil, lo deja, y luego...


—¿Luego qué? —pregunta el inspector Suárez con la boca seca. Su compañera y el forense se inclinan hacia la testigo, también, al parecer cautivados.


—¡Luego ocurre todo! Mi amiga querida mi amiga trae plato número tres... pero sólo hay huevos, no hay ensalada, y además sonríe. Va a dejar plato junto a ordenador, como es costumbre, pero hombre levanta cabeza, ahora sí hace contacto visual, igual cuando va a baño se mete unas rayitas, sí, sí, y eso cuando cierra puerta, porque por supuesto otras veces mea con puerta abierta y se oye sonido del chorro sobre el pocillo del toilete, qué se puede esperar del que mira tantos gráficos circulares, digo yo, ¿verdad? —La testigo toma aire, más serena. Su cara está empapada. Lame el vaso, que aún tiene restos de pulpa—. Y se miran. Se miran con dureza. Él no aparta mirada. Mi amiga ya no sonríe. ¿Quién ha quitado lechuga, cocina o ella? Ya no importa, no importa. Ella es quien está ahí. Se miran, tanto tiempo, tan serios, y él, muy despacio, baja la tapa del ordenador, esto nunca ha pasado, entiéndanlo... y ahí es cuando pasa todo, yo estaba entrando por la puerta y lo veo, veo mirada y plato número tres sin ensalada, y ahí ocurre todo, y es todo por mi culpa, mi culpa, mi culpa... y mírenla a pobrecilla con esos huevos que ya se han quedado fríos, es un crimen, un crimen... no lo van a poder detener, ¿verdad?

domingo, 2 de abril de 2023

Aquel verano

 

En realidad, muchas de las cosas que recuerdo nunca ocurrieron.


—Antón, a dónde me llevas —le pregunté casi riendo. Marchar a través de la Plaza de Santo Domingo en Agosto puede ser muy duro, pero al menos nos alejábamos de Gran Vía. Por entonces las aceras eran aún estrechas y el calor más ancho. El sudor me picaba en los ojos y quería cambiarme de pantalones con urgencia.


—¿Hace cuánto que no la ves ya? ¿Cuatro, cinco años? —quiso saber él, aunque en el fondo ya lo sabía y sólo buscaba excusas, imagino. Se apartó de la frente un mechón de pelo. Un pelo castaño y suave que envidié durante toda la carrera.


Me paré frente a una librería pequeña.


—Oh, nos felicitamos por Facebook, sabes —dije algo más y se rió.


—¿Te acuerdas bien de aquel verano? —me preguntó poco después desde detrás de un batido de chocolate con espuma. Yo acariciaba una selección de poesía contemporánea finlandesa que nunca he llegado a leer.


—Sí, me acuerdo de todo —dije, lo cual no era verdad. Siempre me había confesado con él entre batidos de chocolate, eso sí es verdad. Hasta cosas inconfesables. Alrededor de una mesa de cocina en la madrugada, alguna que otra vez, o en el corazón putrefacto del verano madrileño, en este caso.


—Recuerdo el jardín... —continuó él con una sonrisa indescifrable y un bigote de espuma.


—Ah, sí, allí hicimos el último intento con los problemas de electromagnetismo, al lado de la piscina.


—Pasaron otras cosas. —Sacudió su pajita dentro del batido y levantó las cejas de un modo que sólo podía querer decir que “cosas” se refería a algo sexual. Empecé a añadir otros recuerdos.


—Todo el verano escuchando Nat King Cole...


—Y follando en el ático, en el salón, en...


—¿Había un helicóptero? —pregunté mirando hacia una esquina sucia. Estábamos cerca de una ventana, justo debajo del aire acondicionado.


—¡Un heliódromo, sí!


—Eso.


—Fuimos por la noche.


—¿No vimos las perseidas allí, los cuatro juntos? —quise recordar.


—No me acuerdo —dijo él volviendo a batir la pajita, quizá más interesado en cierto recuerdo en el jardín.


—Sí, sí, vimos las perseidas —le aseguré—, nos tumbamos en el cemento, que estaba fresco, y nos quedamos allí dos horas, hasta que Alicia se durmió.


—Ah, sí, puede ser —me ayudó. Sorbió los restos de espuma y se secó con la muñeca.


—Y después bajamos abrazados al pueblo, tan silencioso, cantamos algo de los Monty Phyton, ¿te acuerdas?, y mi mädchen se puso algo nerviosa por si despertábamos a los vecinos. Al dejar atrás el pueblo se oían grillos, sí, lo recuerdo perfectamente, ¿y te acuerdas de ese caminito de tierra, y de la verja, y de la fabrica ésa abandonada que por dentro tenía tantas columnas como la Mezquita de Córdoba, sólo que de hormigón y feas, como de Detroit?


—Si hubieras querido, habríamos hecho intercambio de parejas, pero tú ni te enterabas —me dijo Antón con una sonrisa maliciosa. No había nada que decir a eso. El sol empezaba a bajar, y el cielo comenzaba a tener esa textura a albaricoque maduro que invita a todos los madrileños a dar un paseo hasta el Templo de Debod. No fue muy lejos de aquí donde empezó todo aquello, cerca de Martín de los Heros, justo en la víspera del cumpleaños de mi madre (“¿Qué diría un freudiano?”, apuntaría Alicia si todavía hablase con ella), el día en que voté por primera vez, pocas semanas antes de ese verano, justo después de ese espléndido primero de carrera en que rompí diecisiete erlenmeyers, resolví el átomo de hidrógeno, conocí a Nat King Cole y me enamoré. Quería decirle todo eso a Antón.


—¿Me acompañas a Argumosa a por un mojito? —le dije en su lugar. Se encogió de hombros y se rió. Teníamos una complicidad fácil, fluida. Casi no era frustrante hablar y darse cuenta de que no lográbamos decir lo que queríamos decir. Cuando nos levantamos a pagar, me preguntó si aún tenía en algún lado aquella fotografía de los cuatro. Era una fotografía de la prehistoria de nuestra amistad, una instantánea extraña de un baile irreconocible en que todos salíamos contorsionados pero, misteriosamente, no borrosos. Parecía una de esas fotos destinada para la posteridad, una de ésas que se queda para siempre en los álbumes familiares y años después se enseñan a los hijos o algo así, “mira, mira, y aquí todavía no habíamos empezado a salir”, etcétera, pero lo cierto es que la foto se perdió y nadie sabe dónde pueda estar.


—Quizá tu ex-mädchen la tenga —sugirió Antón.


Levanté las cejas teatralmente. ¿Nos atreveríamos a consultarlo? Imaginé preguntar por aquella foto, pero ni siquiera serviría como escena graciosamente incómoda para una sitcom sobre nuestras vidas. Aquella foto tenía colores, movimiento, y creo que casi la recuerdo cercana, muy material. El verano que siguió, sin embargo -y sé que es igual para Antón-, lo recordaba en color sepia, con un tono de atardecer suave, casi como algo mitológico, como si fuera un cuento o la esencia misma de la nostalgia. ¿Sentirían ellas lo mismo, o les daría vergüenza, asco, risa o piedad leer esto? No me importaba mucho, porque el recuerdo ahora era mío, y no existía nada más. Al salir, no sé por qué, me recordó el consejo que le había dado años atrás, cuando quiso romper con Alicia. “Hagas lo que hagas, te arrepentirás”, sentencié socráticamente, y el me dio un puñetazo en el brazo. Pensé que me volvería a pegar, pero sólo sonrió y sacudió la cabeza mientras se guardaba la cartera.


—¿Sabes que volvimos al año siguiente? —le solté cuando bajábamos por la calle Lavapies, agradecidos del frescor prenocturno—. Con el erasmus noruego aquel...


—¿Lo llevasteis ahí? —por un momento me pareció ofendido, como si hubiéramos profanado algo nuestro, secreto, íntimo. En cierto sentido, así era.


—Allí acabó todo, realmente —le dije con alegría, aunque traté de parecer triste—. Era diciembre o enero, algo así, no funcionaba la calefacción, no había Nat King Cole, y encontramos una rata en la cocina.


Nos reímos, aliviados de que esa segunda estancia hubiese sido grotesca.


—Es gracioso —le dije con el segundo mojito, haciéndome oír a través del ruido de la música y las conversaciones, junto a una pared verde repleta de notas—, pero ahora fantaseo más con el pasado que con el futuro. Creía que eso no pasaba hasta tener treinta y tantos años.


—Es que tú siempre has tenido muy buena memoria —me guiñó y cogió una aceituna de aspecto lamentable—. Yo sigo fantaseando bastante.


—Pues yo es como que no quiero que me pase ya nada.


—Eso cambiará. Cuando te pasen cosas —predijo masticando hielo.


Me quedé pensando, asintiendo despacio, girando la copa, imaginando cómo serían estas memorias en dos, cinco o diez años, en qué cosas me darían igual, en qué cosas me divertirían, y en cómo la realidad se confundía con la fantasía sin que hiciésemos nada por evitarlo. Alguien me dio un codazo y en la mesa de al lado empezaron a cantar cumpleaños feliz, así que nosotros también. Después, nos inventamos tres o cuatro recuerdos más, sigilosamente, pero todos sonaban plausibles, e imagino que alguno de ellos quizá hasta era real, sólo que lo habíamos olvidado. Ahora hace dos años que no veo a Antón y recuerdo muchas otras cosas, todavía más, y quizá algún día se las cuente.

Sentencia

 En su alegato inicial, J pidió que se le absolviera de todos los asesinatos, pues cada vida humana es transitoria, y en la gran escala cósmica de las cosas era intrascendente el morir antes o después. La fiscal, con las manos en los bolsillos, sonrió e incluso levantó una ceja. No, dijo, y su voz retumbó en la sala. Si cada vida humana se repite eternamente, en ciclos infinitos e idénticos, está claro que el asesinato es un crimen monstruoso, y la condena habrá de ser atroz. Hubo aplausos. El abogado defensor se aclaró la garganta. Se rascaba el cuello mientras consultaba un matojo de folios grapados. Silencio. En realidad, señora fiscal, dijo con voz ronca, con las gafas casi a la altura de las fosas nasales, si cada vida se repite infinitamente, el tiempo total vivido es igual para un anciano nonagenario o para un adolescente ahorcado, pues infinitas veces una cantidad es siempre infinito. La fiscal tomó asiento con gesto de derrota, y el jurado no tardó en dar un veredicto. Así, J logró una importante reducción de condena que todos aplaudieron, si bien el problema de la linealidad o la repetición de las vidas no se dirimió ese día.

Identidad


Se despertó en una habitación desconocida. Sobre el techo fluían las sombras del tráfico. Estaba vestido, trajeado, y los pies le colgaban de una esquina de la cama. Pronto se dio cuenta de que todo aquello también le era desconocido. Al incorporarse se dio con su reflejo en el espejo de la cómoda, se palpó despacio y supo que tenía un afeitado reciente pero igualmente desconocido. De hecho, no recordaba aquel rostro en absoluto. Miró a su alrededor y supo que se encontraba en una habitación de hotel. De estilo rural, sencilla, muy blanca, le estimó unas dos estrellas. Trataba de recordar qué hacía allí o cuál era su nombre cuando sonó el teléfono. Se pasó la mano por la barbilla y miró el aparato con horror. No sabía nada sobre él mismo, pero no podía llevar mucho tiempo allí: la maleta estaba en el suelo sin deshacer y ni siquiera se había quitado los zapatos. Mientras sonaba el teléfono de la habitación, empezó a vibrarle un móvil en el bolsillo de su pantalón de tela. Lo sacó despacio y leyó quien le llamaba: “AA Carmen”. Decidió primero atender la llamada de la habitación.


—Señor Pérez, le esperan ya en recepción sus acompañantes.

—Muy bien, gracias, ahora mismo bajo —respondió confuso, y mientras colgaba cogió el móvil que seguía vibrando. Al alzar la mano vio que llevaba un anillo de matrinomio.


—Hola, cariño, sólo quería desearte mucha suerte para la reunión, ¡vas a estar genial!


—Gracias... Carmen —dijo dubitativo, pero tratando de sonar amable—, ¿cómo estás por ahí?


—Todo bien, cielo, ahora voy a llevar a los niños a ver a tu madre. ¡Que ganas de que llegue el viernes!


—¿Qué pasa el viernes? —preguntó él fingiendo un tono juguetón, por si acaso, pero desesperado por recabar información tan discretamente como fuese posible.


—¡Ja, ja! ¡Mira que eres ganso! Anda, dime luego cómo ha ido, estaré pensado en ti.


Carmen se despidió con un beso y en el fondo se oyeron los gritos alegres de unos niños, seguramente, pensó el señor Pérez, sus propios hijos. Se abofeteó ante el espejo y salió enseguida al pasillo, sin haber hecho progresos. Pensó que podría encontrar información en su móvil, pero desgraciadamente tenía una contraseña en forma de patrón táctil y le era imposible recordarla. Sólo podría coger llamadas. Se palpó en busca de una cartera, pero debía de habérsela dejado en la habitación. Al llegar a la recepción, le saludaron una mujer y un hombre de mediana edad, vestidos en traje como él. Sonreían y se deshacían en elogios sobre su carrera.


—Muchas gracias, señora Taibo —dijo él automáticamente, leyendo la pequeña placa identificativa que le colgaba del pecho,


—Por favor, llámeme Verónica —repuso ella con una sonrisa.


El señor Pérez abrió la boca para contestar, pero se dio cuenta de que desconocía su nombre de pila y de que podía ser arriesgado inventarse uno a estas alturas. Verónica y su acompañante le miraron con sonrisas incómodas y finalmente, cuando estuvo claro que él no iba a corresponder con una invitación simétrica a la informalidad, le pidieron que les siguiera.


—Por aquí, señor Pérez, iremos directo a la sala de conferencias.


Al señor Pérez le temblaban las piernas. ¿Cuánto tardarían en descubrirlo? ¿Estaba en peligro? No recordaba absolutamente nada, así que no tenía ni idea de cómo enfrentarse a la reunión para la que AA Carmen le había deseado suerte. Cuando atravesaron las puertas de la sala de conferencias, vio una cartel que, sobre un fondo azul, anunciaba el III Congreso nacional de exportación de enplinos. Sintió un leve mareo. Tenía la boca seca, pero algo se removió en su interior. Le llevaron a una mesa redonda donde había ya otras cinco personas. Al fondo había un escenario adecuado para grandes congresos y un patio de butacas. Sin duda, se había tenido que equivocar con su estimación de las dos estrellas.


—Señor Pérez, muchas gracias por venir tan rápido —le saludó un hombre robusto desde el centro de la mesa. Tenía ojos y labios de sapo, y se tiraba con frecuencia de su corbata a cuadros—. Tome asiento, por favor. ¿Té, café?


Pidió un café solo y se sentó frente al hombre sapo, que llevaba el pelo engominado y reflejos de lociones aceitosas en la cara. No tardó en descubrir que se trataba del número dos del Ministerio de Exteriores, un pez gordo, en definitiva (un anfibio colosal, pensó el señor Pérez con malicia), y sus ayudantes dejaron sobre la mesa sendos tacos de documentos encuadernados en gusanillo. Todos ellos versaban sobre los planes del Ministerio para promocionar en el extranjero la venta de enplinos, y querían las opiniones del señor Pérez como experto en la materia. Tras unos primeros temblores, se encontró evaluando críticamente los documentos en cuestión y sugiriendo varias estrategias de marketing que podrían ponerse en marcha con las embajadas y los centros culturales en el extranjero. Asimismo, aseguró con una confianza de origen insondable, él tenía contactos con numerosas industrias en el extranjero en necesidad de enplinos de nueva generación. El hombre sapo asentía satisfecho y al señor Pérez le pareció que se le iban a caer los ojos.


—Bien, entonces le veremos en la conferencia de esta tarde —dijo finalmente Verónica Taibo para horror del señor Pérez.


Nadie volvió a llamar al móvil y no encontró su cartera, así que se dedicó a dar vueltas por los alrededores anodinos del hotel, que identificó como el no-lugar que frecuentemente crece alrededor de los aeropuertos, si bien no podía imaginar de dónde venía ese conocimiento intuitivo. Llegó la hora de la conferencia y encontró la sala de conferencias llena de público y periodistas. El hombre sapo estaba en primera fila y le dio unas fuertes palmadas en el hombro. Se subió al escenario y vio que tenía una presentación de power point ya preparada. Brillaba en la enorme pantalla, y gracias a ella averiguó por fin su nombre de pila. Tras una breve y amable presentación que no le valió para averiguar mucha más información, comenzó a hablar con una seguridad espontánea. Detalló el origen de los enplinos, todos los avances que implicaban, sus muchos usos en la industria y la forma y tamaños de los nuevos modelos.


—El mundo del mañana, en definitiva, no se puede comprender sin los modelos punteros y eficaces que nuestra industria ha desarrollado a niveles sin precedentes en los últimos años —fue como terminó su presentación. La sala le respondió con una gran ovación y el hombre sapo quedó encantado. El señor Pérez sonrió y estrechó muchas manos. Al volver a casa, todavía no recordaba nada de su vida anterior ni había logrado desbloquear el móvil. Por suerte, los billetes ya estaban sacados y Carmen le esperaba en el aeropuerto. Disfrutaron de un viernes espléndido con los niños, aunque él nunca averiguó el motivo. A día de hoy, el señor Pérez no se ha recuperado de su amnesia, pero lo lleva con discreción y no ha tenido mayores problemas. El verano pasado fue con Carmen y los niños de vacaciones a Bali y vio en una tienda uno de sus enplinios. Sonrió. Se lo mostró con orgullo a sus hijos y se supo feliz.

domingo, 5 de marzo de 2023

El cuento de mis sueños


   

    Escribí un cuento realmente bueno y ésa fue mi ruina. No eran más de tres páginas, calculo, pero la historia tenía de todo. El protagonista era un editor viudo que se iba de fin de semana con una de sus autoras de más éxito, también viuda. Los personajes eran un poco mayores para mí, ya casi pensando en su jubilación, pero no importaba, porque precisamente por eso estaban viviendo una segunda adolescencia, de modo que empecé a documentarme sobre las pasiones de esta edad, que yo ya he olvidado. Alquilaron un barco en Murcia y se llevaron varias fiambreras. El editor estaba muy contento de poder exhibir su título de patrón de barcos, y la escritora siempre había querido ir a Marruecos y ver delfines de cerca. Era verano (en el cuento, pero para escribirlo bien que tuve que subir la calefacción) y el mediterráneo estaba inflamado de reflejos brillantes y brisa tibia. Ya mar adentro, la escritora empezó a soltar alguna risita nerviosa y el editor abrió una botella de vino de Valdepeñas. Los problemas no tardaron en llegar, ya que el editor estaba arruinado y su plan secreto era publicar póstumamente el último manuscrito de la escritora, a la que había seducido. En efecto, el manuscrito estaba en el barco y era una novela épica de casi quinientas páginas sobre tres generaciones de una familia manchega que vivían la Segunda República, la Guerra Civil y el primer franquismo. No estaba terminada ni corregida, pero el editor sabía que sería un bombazo, aunque tenía que publicarla lo antes posible si quería evitar un embargo bochornoso. Esto último era complicado si se tenía en cuenta la tendencia de la escritora a la revisión obsesiva y su intención de empezar un nuevo capítulo ambientado en los años sesenta. La solución, por lo tanto, estaba clara. No es cuestión de entrar aquí en detalles, pues para eso ya está el cuento en sí. Baste decir que el editor al principio tenía éxito, sorteaba sus problemas financieros con una publicación rápida y el cuerpo de la escritora se hundía cerca de Marruecos. Más adelante, no obstante, unos delfines acercaban el cadáver hasta la costa gaditana, en Chiclana de la Frontera, para ser exactos, y en pocas semanas se desenmascaró al editor. Para entonces éste ya se había enriquecido vendiendo los derechos de la novela a una productora de cine, y evadió la ley en una cabaña de Alaska donde vivió bajo una nueva identidad.


    Bien, sea como sea, terminé el cuento y lo compartí en varios chats de whatsapp sin decir nada. También lo subí a un blog que tenía por entonces y lo colgué en Facebook. Esto era un domingo a mediodía, así que decidí darme un descanso y me preparé un té que bebí junto a la ventana de la cocina. A los pocos minutos me di cuenta de la desgracia. “Oh no”, pensé, paralizado de horror, con la taza de té suspendida a media altura, “ese cuento es en realidad de Juan José Millás. ¿Cómo no me he dado cuenta mientras lo escribía?” Me apresuré, aterrado, a coger el teléfono. No había pasado mucho tiempo, así que pensé simplemente añadir en los chats de whatsapp un “¡A ver si os gusta! Es de Juan José Millás, genial el tío”. No todo estaba perdido, otros podían imaginar que me había quedado sin internet unos minutos, lo que explicaría el intervalo entre el cuento y el mensaje aclarando la autoría. Para mi espanto, sin embargo, ya tenía varias respuestas. “¡Me encanta!”, “¡Qué bueno!”, decían personas que hasta ese momento habían evitado elogiar todos mis cuentos. “De lo mejor que te he leído”, me llegaron a decir. No intento justificarme, simplemente digo lo que pasó: me dio rabia el éxito de Millás y reaccioné por instinto. “Gracias por leerlo!”, dije simplemente. En ese momento comenzó mi pesadilla. Por la noche me revolvía en la cama y pensaba aterrado en el momento en que alguien me descubriera. Por todos lados veía miradas sospechosas y sudaba más que nunca. Perdí cinco kilos en pocos días y me planteé sacarme una licencia de armas, por lo que pudiera pasar. Era horrible. Tomé la resolución de comprar todos los volúmenes de Millás que contuvieran el cuento. Era originalmente de una colección muy poco popular, lo que sin duda explicaba mi inmunidad hasta el momento, pero me daba un vuelco el corazón cada vez que encontraba un ejemplar entre las estanterías de la Central o la Casa del Libro. Dos o tres veces por semana iba a revisar librerías del centro y a veces algunas del extra-radio, para eliminar pruebas. Pronto, una dependiente de la Central empezó a mirarme con extrañeza.


—Es que me gusta regalar lo bueno, ¿sabes? —le dije con una sonrisa grotesca y empapado de sudor.


No me gustó cómo clavó su mirada en mí mientras me marchaba hacia la caja. Comencé a comprar el libro por internet y lo encargué en unas treinta librerías. Lo tenían que traer de almacenes de distribuidoras a saber dónde, pero, claro, ¿cómo saber dónde podían acabar esos libros en tres o cuatro años? Como ya no me cabían las copias en casa, empecé a quemarlas y a tirarlas a las alcantarillas. Algunas las tiré al interior de contenedores para donar ropa, no sin antes cubrir con abundante tipex el cuento de marras. Era un sinvivir. Pronto me vi tomando somníferos para dormir y estimulantes al despertar, como si fuera un neurótico personaje de Millás. ¿Y si, se me ocurrió, Juan José sabe lo que ha pasado y, para vengarse, me ha condenado a vivir en una de sus obsesiones? Sus cuentos a menudo tienen compulsiones, fantasías, duplicidades y no pocas veces muerte. Tragué saliva mientras volvía a enfrentarme a la misma dependiente de la Central, que esta vez ojeó unos segundos el libro antes de entregármelo.


—Vaya, al final voy a tener que leerlo— dijo con una sonrisa perversa.


Me senté en la chocolatería Valor y esperé a que acabara su turno, hacia eso de las cinco. Resolví seguirla. Llevaba un bolso marrón donde perfectamente cabía una copia del libro de Millás. La seguí con las manos en los bolsillos, jugueteando con la navaja que acababa de comprar. Cruzamos Lavapies y acabamos en la Latina. Al final, en una calle poco transitada, cuando ya comenzaba a anochecer, se dirigió a un portal antiguo y señorial. No perdí un instante y me abalancé sobre ella. Le clavé la navaja tantas veces como pude, no recuerdo ya cómo. Desafortunadamente, yo no tengo los recursos del editor, así que no supe qué hacer con el cadáver ni a dónde huir. Me cayeron veinte años por homicidio y un mes por plagio.


    Después, cuando ya me llevaban a la cárcel y yo pensaba en cómo evitar ahí los productos lácteos, me desperté de la pesadilla con el corazón desbocado. Tras unos segundos de espanto, suspiré con un alivio infinito que rara vez Millás concede a sus personajes. Me di cuenta de que aquel cuento marinero no era de Millás, por supuesto, y que se me había ocurrido a mí durante el sueño. Henchido de inspiración, me levanté y lo escribí de una sentada. Lo compartí, no con pocos temblores, pero no pasó gran cosa. El cuento no tenía el gancho que había soñado, el final era demasiado dramático y por el whatsapp sólo reaccionaron las dos personas de siempre.

Las despedidas

—Quiero irme ya, Andrés. —La voz de Laura envolvía la cocina donde ambos hablaban cada noche hasta entrada la madrugada. Andrés bajó la vist...