Se despertó en una habitación desconocida. Sobre el techo fluían las sombras del tráfico. Estaba vestido, trajeado, y los pies le colgaban de una esquina de la cama. Pronto se dio cuenta de que todo aquello también le era desconocido. Al incorporarse se dio con su reflejo en el espejo de la cómoda, se palpó despacio y supo que tenía un afeitado reciente pero igualmente desconocido. De hecho, no recordaba aquel rostro en absoluto. Miró a su alrededor y supo que se encontraba en una habitación de hotel. De estilo rural, sencilla, muy blanca, le estimó unas dos estrellas. Trataba de recordar qué hacía allí o cuál era su nombre cuando sonó el teléfono. Se pasó la mano por la barbilla y miró el aparato con horror. No sabía nada sobre él mismo, pero no podía llevar mucho tiempo allí: la maleta estaba en el suelo sin deshacer y ni siquiera se había quitado los zapatos. Mientras sonaba el teléfono de la habitación, empezó a vibrarle un móvil en el bolsillo de su pantalón de tela. Lo sacó despacio y leyó quien le llamaba: “AA Carmen”. Decidió primero atender la llamada de la habitación.
—Señor Pérez, le esperan ya en recepción sus acompañantes.
—Muy bien, gracias, ahora mismo bajo —respondió confuso, y mientras colgaba cogió el móvil que seguía vibrando. Al alzar la mano vio que llevaba un anillo de matrinomio.
—Hola, cariño, sólo quería desearte mucha suerte para la reunión, ¡vas a estar genial!
—Gracias... Carmen —dijo dubitativo, pero tratando de sonar amable—, ¿cómo estás por ahí?
—Todo bien, cielo, ahora voy a llevar a los niños a ver a tu madre. ¡Que ganas de que llegue el viernes!
—¿Qué pasa el viernes? —preguntó él fingiendo un tono juguetón, por si acaso, pero desesperado por recabar información tan discretamente como fuese posible.
—¡Ja, ja! ¡Mira que eres ganso! Anda, dime luego cómo ha ido, estaré pensado en ti.
Carmen se despidió con un beso y en el fondo se oyeron los gritos alegres de unos niños, seguramente, pensó el señor Pérez, sus propios hijos. Se abofeteó ante el espejo y salió enseguida al pasillo, sin haber hecho progresos. Pensó que podría encontrar información en su móvil, pero desgraciadamente tenía una contraseña en forma de patrón táctil y le era imposible recordarla. Sólo podría coger llamadas. Se palpó en busca de una cartera, pero debía de habérsela dejado en la habitación. Al llegar a la recepción, le saludaron una mujer y un hombre de mediana edad, vestidos en traje como él. Sonreían y se deshacían en elogios sobre su carrera.
—Muchas gracias, señora Taibo —dijo él automáticamente, leyendo la pequeña placa identificativa que le colgaba del pecho,
—Por favor, llámeme Verónica —repuso ella con una sonrisa.
El señor Pérez abrió la boca para contestar, pero se dio cuenta de que desconocía su nombre de pila y de que podía ser arriesgado inventarse uno a estas alturas. Verónica y su acompañante le miraron con sonrisas incómodas y finalmente, cuando estuvo claro que él no iba a corresponder con una invitación simétrica a la informalidad, le pidieron que les siguiera.
—Por aquí, señor Pérez, iremos directo a la sala de conferencias.
Al señor Pérez le temblaban las piernas. ¿Cuánto tardarían en descubrirlo? ¿Estaba en peligro? No recordaba absolutamente nada, así que no tenía ni idea de cómo enfrentarse a la reunión para la que AA Carmen le había deseado suerte. Cuando atravesaron las puertas de la sala de conferencias, vio una cartel que, sobre un fondo azul, anunciaba el III Congreso nacional de exportación de enplinos. Sintió un leve mareo. Tenía la boca seca, pero algo se removió en su interior. Le llevaron a una mesa redonda donde había ya otras cinco personas. Al fondo había un escenario adecuado para grandes congresos y un patio de butacas. Sin duda, se había tenido que equivocar con su estimación de las dos estrellas.
—Señor Pérez, muchas gracias por venir tan rápido —le saludó un hombre robusto desde el centro de la mesa. Tenía ojos y labios de sapo, y se tiraba con frecuencia de su corbata a cuadros—. Tome asiento, por favor. ¿Té, café?
Pidió un café solo y se sentó frente al hombre sapo, que llevaba el pelo engominado y reflejos de lociones aceitosas en la cara. No tardó en descubrir que se trataba del número dos del Ministerio de Exteriores, un pez gordo, en definitiva (un anfibio colosal, pensó el señor Pérez con malicia), y sus ayudantes dejaron sobre la mesa sendos tacos de documentos encuadernados en gusanillo. Todos ellos versaban sobre los planes del Ministerio para promocionar en el extranjero la venta de enplinos, y querían las opiniones del señor Pérez como experto en la materia. Tras unos primeros temblores, se encontró evaluando críticamente los documentos en cuestión y sugiriendo varias estrategias de marketing que podrían ponerse en marcha con las embajadas y los centros culturales en el extranjero. Asimismo, aseguró con una confianza de origen insondable, él tenía contactos con numerosas industrias en el extranjero en necesidad de enplinos de nueva generación. El hombre sapo asentía satisfecho y al señor Pérez le pareció que se le iban a caer los ojos.
—Bien, entonces le veremos en la conferencia de esta tarde —dijo finalmente Verónica Taibo para horror del señor Pérez.
Nadie volvió a llamar al móvil y no encontró su cartera, así que se dedicó a dar vueltas por los alrededores anodinos del hotel, que identificó como el no-lugar que frecuentemente crece alrededor de los aeropuertos, si bien no podía imaginar de dónde venía ese conocimiento intuitivo. Llegó la hora de la conferencia y encontró la sala de conferencias llena de público y periodistas. El hombre sapo estaba en primera fila y le dio unas fuertes palmadas en el hombro. Se subió al escenario y vio que tenía una presentación de power point ya preparada. Brillaba en la enorme pantalla, y gracias a ella averiguó por fin su nombre de pila. Tras una breve y amable presentación que no le valió para averiguar mucha más información, comenzó a hablar con una seguridad espontánea. Detalló el origen de los enplinos, todos los avances que implicaban, sus muchos usos en la industria y la forma y tamaños de los nuevos modelos.
—El mundo del mañana, en definitiva, no se puede comprender sin los modelos punteros y eficaces que nuestra industria ha desarrollado a niveles sin precedentes en los últimos años —fue como terminó su presentación. La sala le respondió con una gran ovación y el hombre sapo quedó encantado. El señor Pérez sonrió y estrechó muchas manos. Al volver a casa, todavía no recordaba nada de su vida anterior ni había logrado desbloquear el móvil. Por suerte, los billetes ya estaban sacados y Carmen le esperaba en el aeropuerto. Disfrutaron de un viernes espléndido con los niños, aunque él nunca averiguó el motivo. A día de hoy, el señor Pérez no se ha recuperado de su amnesia, pero lo lleva con discreción y no ha tenido mayores problemas. El verano pasado fue con Carmen y los niños de vacaciones a Bali y vio en una tienda uno de sus enplinios. Sonrió. Se lo mostró con orgullo a sus hijos y se supo feliz.
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