En realidad, muchas de las cosas que recuerdo nunca ocurrieron.
—Antón, a dónde me llevas —le pregunté casi riendo. Marchar a través de la Plaza de Santo Domingo en Agosto puede ser muy duro, pero al menos nos alejábamos de Gran Vía. Por entonces las aceras eran aún estrechas y el calor más ancho. El sudor me picaba en los ojos y quería cambiarme de pantalones con urgencia.
—¿Hace cuánto que no la ves ya? ¿Cuatro, cinco años? —quiso saber él, aunque en el fondo ya lo sabía y sólo buscaba excusas, imagino. Se apartó de la frente un mechón de pelo. Un pelo castaño y suave que envidié durante toda la carrera.
Me paré frente a una librería pequeña.
—Oh, nos felicitamos por Facebook, sabes —dije algo más y se rió.
—¿Te acuerdas bien de aquel verano? —me preguntó poco después desde detrás de un batido de chocolate con espuma. Yo acariciaba una selección de poesía contemporánea finlandesa que nunca he llegado a leer.
—Sí, me acuerdo de todo —dije, lo cual no era verdad. Siempre me había confesado con él entre batidos de chocolate, eso sí es verdad. Hasta cosas inconfesables. Alrededor de una mesa de cocina en la madrugada, alguna que otra vez, o en el corazón putrefacto del verano madrileño, en este caso.
—Recuerdo el jardín... —continuó él con una sonrisa indescifrable y un bigote de espuma.
—Ah, sí, allí hicimos el último intento con los problemas de electromagnetismo, al lado de la piscina.
—Pasaron otras cosas. —Sacudió su pajita dentro del batido y levantó las cejas de un modo que sólo podía querer decir que “cosas” se refería a algo sexual. Empecé a añadir otros recuerdos.
—Todo el verano escuchando Nat King Cole...
—Y follando en el ático, en el salón, en...
—¿Había un helicóptero? —pregunté mirando hacia una esquina sucia. Estábamos cerca de una ventana, justo debajo del aire acondicionado.
—¡Un heliódromo, sí!
—Eso.
—Fuimos por la noche.
—¿No vimos las perseidas allí, los cuatro juntos? —quise recordar.
—No me acuerdo —dijo él volviendo a batir la pajita, quizá más interesado en cierto recuerdo en el jardín.
—Sí, sí, vimos las perseidas —le aseguré—, nos tumbamos en el cemento, que estaba fresco, y nos quedamos allí dos horas, hasta que Alicia se durmió.
—Ah, sí, puede ser —me ayudó. Sorbió los restos de espuma y se secó con la muñeca.
—Y después bajamos abrazados al pueblo, tan silencioso, cantamos algo de los Monty Phyton, ¿te acuerdas?, y mi mädchen se puso algo nerviosa por si despertábamos a los vecinos. Al dejar atrás el pueblo se oían grillos, sí, lo recuerdo perfectamente, ¿y te acuerdas de ese caminito de tierra, y de la verja, y de la fabrica ésa abandonada que por dentro tenía tantas columnas como la Mezquita de Córdoba, sólo que de hormigón y feas, como de Detroit?
—Si hubieras querido, habríamos hecho intercambio de parejas, pero tú ni te enterabas —me dijo Antón con una sonrisa maliciosa. No había nada que decir a eso. El sol empezaba a bajar, y el cielo comenzaba a tener esa textura a albaricoque maduro que invita a todos los madrileños a dar un paseo hasta el Templo de Debod. No fue muy lejos de aquí donde empezó todo aquello, cerca de Martín de los Heros, justo en la víspera del cumpleaños de mi madre (“¿Qué diría un freudiano?”, apuntaría Alicia si todavía hablase con ella), el día en que voté por primera vez, pocas semanas antes de ese verano, justo después de ese espléndido primero de carrera en que rompí diecisiete erlenmeyers, resolví el átomo de hidrógeno, conocí a Nat King Cole y me enamoré. Quería decirle todo eso a Antón.
—¿Me acompañas a Argumosa a por un mojito? —le dije en su lugar. Se encogió de hombros y se rió. Teníamos una complicidad fácil, fluida. Casi no era frustrante hablar y darse cuenta de que no lográbamos decir lo que queríamos decir. Cuando nos levantamos a pagar, me preguntó si aún tenía en algún lado aquella fotografía de los cuatro. Era una fotografía de la prehistoria de nuestra amistad, una instantánea extraña de un baile irreconocible en que todos salíamos contorsionados pero, misteriosamente, no borrosos. Parecía una de esas fotos destinada para la posteridad, una de ésas que se queda para siempre en los álbumes familiares y años después se enseñan a los hijos o algo así, “mira, mira, y aquí todavía no habíamos empezado a salir”, etcétera, pero lo cierto es que la foto se perdió y nadie sabe dónde pueda estar.
—Quizá tu ex-mädchen la tenga —sugirió Antón.
Levanté las cejas teatralmente. ¿Nos atreveríamos a consultarlo? Imaginé preguntar por aquella foto, pero ni siquiera serviría como escena graciosamente incómoda para una sitcom sobre nuestras vidas. Aquella foto tenía colores, movimiento, y creo que casi la recuerdo cercana, muy material. El verano que siguió, sin embargo -y sé que es igual para Antón-, lo recordaba en color sepia, con un tono de atardecer suave, casi como algo mitológico, como si fuera un cuento o la esencia misma de la nostalgia. ¿Sentirían ellas lo mismo, o les daría vergüenza, asco, risa o piedad leer esto? No me importaba mucho, porque el recuerdo ahora era mío, y no existía nada más. Al salir, no sé por qué, me recordó el consejo que le había dado años atrás, cuando quiso romper con Alicia. “Hagas lo que hagas, te arrepentirás”, sentencié socráticamente, y el me dio un puñetazo en el brazo. Pensé que me volvería a pegar, pero sólo sonrió y sacudió la cabeza mientras se guardaba la cartera.
—¿Sabes que volvimos al año siguiente? —le solté cuando bajábamos por la calle Lavapies, agradecidos del frescor prenocturno—. Con el erasmus noruego aquel...
—¿Lo llevasteis ahí? —por un momento me pareció ofendido, como si hubiéramos profanado algo nuestro, secreto, íntimo. En cierto sentido, así era.
—Allí acabó todo, realmente —le dije con alegría, aunque traté de parecer triste—. Era diciembre o enero, algo así, no funcionaba la calefacción, no había Nat King Cole, y encontramos una rata en la cocina.
Nos reímos, aliviados de que esa segunda estancia hubiese sido grotesca.
—Es gracioso —le dije con el segundo mojito, haciéndome oír a través del ruido de la música y las conversaciones, junto a una pared verde repleta de notas—, pero ahora fantaseo más con el pasado que con el futuro. Creía que eso no pasaba hasta tener treinta y tantos años.
—Es que tú siempre has tenido muy buena memoria —me guiñó y cogió una aceituna de aspecto lamentable—. Yo sigo fantaseando bastante.
—Pues yo es como que no quiero que me pase ya nada.
—Eso cambiará. Cuando te pasen cosas —predijo masticando hielo.
Me quedé pensando, asintiendo despacio, girando la copa, imaginando cómo serían estas memorias en dos, cinco o diez años, en qué cosas me darían igual, en qué cosas me divertirían, y en cómo la realidad se confundía con la fantasía sin que hiciésemos nada por evitarlo. Alguien me dio un codazo y en la mesa de al lado empezaron a cantar cumpleaños feliz, así que nosotros también. Después, nos inventamos tres o cuatro recuerdos más, sigilosamente, pero todos sonaban plausibles, e imagino que alguno de ellos quizá hasta era real, sólo que lo habíamos olvidado. Ahora hace dos años que no veo a Antón y recuerdo muchas otras cosas, todavía más, y quizá algún día se las cuente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario