domingo, 9 de abril de 2023

El precio de la ensalada

 

Por su gabardina y por el cigarro está claro que ha leído a Raymond Chandler. El inspector Suárez, de homicidios, llega a la cafetería a las 11am y saluda con un gruñido a sus compañeros.


—Desayuné aquí el otro día, fíjate... ¡un humus excelente! —le dice su compañera, que tiene restos de zanahorias entre los dientes. Suárez aplasta el cigarro en la pared y entra a la escena. Dos muchachos con gafas y en uniforme hacen fotos ruidosas. La víctima yace en el centro, con la boca abierta. Aún lleva el delantal corporativo de la franquicia.


—¡Pobre, pobre, pobre! ¡Tan buena! ¡Tan buena que era! —una mujer de mediana edad llora efusivamente y se sacude en el banco junto a la entrada. Tiene acento extranjero y al parecer no hay forma de consolarla. Suárez desvía la mirada y la fija en la víctima. Sobre los ojos se encuentran dos enormes huevos fritos, bien dorados y con las yemas casi intactas.


—¿Y no pueden detenerlo ya? ¿Qué hay que ver aquí? —pregunta la mujer, que bebe largos tragos de zumo de naranja mezclado con sus mocos—. Es por su trabajo, ¿verdad? ¡Ay, los poderosos! ¡Son todos iguales, iguales! ¡Se protegen entre ellos! ¡Ay ay ay! —y sacude acusatoriamente su vaso con restos de zumo.


—Cuello fracturado... un golpe limpio, experto. Estamos ante un especialista —dice uno de los fotógrafos con gafas. Se pasa la mano por sus mechones engominados. Suárez conoce ese gesto: la admiración, la excitación ante el reto. Gruñe y tensa la boca. Pero hay testigos. Será fácil. Se gira y se sienta frente a la mujer del zumo, que ahora solloza con hipo y agarra con fuerza su vaso vacío.


—¿Quiere contarme lo que ha visto? —pregunta Suárez. Se sienta del revés en una silla, con los brazos apoyados sobre el respaldo y las piernas abiertas. La gabardina le cuelga por los lados. Se rasca el cuello mientras la mujer hipa y levanta sus ojos de pescado muerto. Le da tiempo.


—Yo... yo... le voy a contar historia. ¿Quiere oír historia? —dice. ¿De dónde es ese acento?—. Yo vengo aquí desayunar, y pido tostada con salmón ahumado, aguacate, cosas así. Y este hombre veo mucho, mucho, dos veces por semana, más a veces.


—¿Al sospechoso? —quiere confirmar Suárez. Con esto la mujer vuelve a romper a llorar. Se seca los mocos en la manga de un jersey de pelusa y continua:


—Sí, sí. Este hombre... es misterioso, sabe. Siempre pide misma cosa. Todos los días. Todos los días. Llega por la mañana, se sienta en sitio en la esquina, ve usted, pide un café solo y luego dice “y el plato número tres con huevos”. Eso dice, así tal cual, y no dice por favor, no, por eso yo algo ya olía —se da unos toquecitos en la nariz—. Y yo con camarera siempre comentábamos lo gracioso...


—¿Conocía a la víctima?


—Ay, sí. ¡Ay, ay, ay! Pero si era mi amiga. ¡Mi amiga! —llora y se agacha. Se aprieta el vaso contra la frente. Cuando se reducen las sacudidas, continúa—. Verá... es que el plato número tres no sólo lleva huevos, sino también ensalada.


—Vaya.


—Ensalada estupenda, muy bien aliñada, aceite balsámico de primera, y unos piñones... ¡qué piñones! Pues bueno, caso es que él nunca comió... nunca ha comido, nunca, la ensalada. Pide huevos, se come los huevos sin bajar vista de ordenador, un trago café, aporrea teclas y se marcha. ¡Imagínese el desperdicio! Todas las mañanas se tira en esta cafetería un plato entero de ensalada. ¡Pero él sigue pidiendo mismo plato, que es con ensalada!


—¿Y por qué no le traen sólo los huevos, sin ensalada? —quiere saber la compañera de Suárez, que escucha de pie y con los brazos cruzados. La testigo levanta la cabeza como un topo asustado y la mira. Comienza a llorar y no se le entiende nada. Trata de hablar, pero el hipo, los mocos y el llanto lo cubren todo. Su boca se abre de forma grotesca.


—Ea, ea... ya está —la calma Suárez—. Y dígame, por favor, si es tan amable, ¿qué aspecto tiene este hombre? ¿Edad, características, ropa,...? —Suárez sabe que las descripciones prolijas pueden ser complicadas para los testigos, que suelen enredarse en detalles mutables poco útiles.


—Oh, un aspecto... muy normal —contesta ella tras sorber algunos otros mocos—. O sea, terrible, terrible. Yo ya lo olía. A veces nos sentamos cerca y yo miro de reojo ordenador. Siempre tiene ordenador. Escuche, escuche, porque por eso no detienen... —Suárez gruñe y da un sorbo a un café—. Yo no sé qué hace, yo no sé, pero siempre mira gráficos circulares, con colores, estadísticas, histogramas, válgame el cielo, se come la clara primero, luego la yema, pero sin mirar, los ojos fijos en tablas y porcentajes, es horrible, horrible, yo ya lo olía...


—Perdone, pero eso no nos ayuda —interrumpe Suárez. Se inclina y hace crujir la silla. Sonríe con media cara, como Harrison Ford.


—Oh, sí, sí, aspecto. Aspecto es desagradablemente deportivo —Suárez levanta la ceja izquierda—, pelo corto como militar, tiene entraditas triangulares, pero aún es joven, desgraciado, quizá treinta, aún tiene pelo raso de militar con historial abusivo, entiende.


—¿Disculpe?

—Sí, sí, usted entiende. Mire, siempre ropa cara, marcas, no sé, marcas caras, y reloj como de plata, muy desagradable, sí, cuando pide los huevos lo hace sin contacto visual, pide huevos con voz profunda pero quebrada, en realidad es inseguro, sin duda, sin duda, y cuando me siento cerca tiene pequeños cortes de afeitado reciente y rápido, y huele a colonia muy alcohólica. Horrible, es horrible. Junto a ordenador teléfono móvil. A veces escribe, chum chum pum —hace el gesto con las manos, pero sin soltar el vaso del zumo. Suárez se masajea la frente y mira al suelo—, machaca teclado con ansiedad de emails laborales, yo creo, yo creo... —aquí baja la voz hasta que es un susurro, que sin embargo se puede oír sin problemas en toda la cafetería—, yo creo que tiene subordinados. ¡Y además está un poco rellenito! Claro, si es que ensalada ni tocarla...


—Bien, bien, bueno, y entonces, ¿qué es lo que ha pasado hoy? —Suárez mueve la mano como una paleta, girándola con los dedos estirados: “avancemos”. Los engominados de las fotos se ríen de algo en la calle.


—Sí, ayer mismo hablamos, ¡ay, ay, ay! Mi amiga querida y yo, y hablamos de desperdicio de lechuga, ¿sabe? “Este imbécil se pide lo mismo todos los días y siempre se deja la lechuga”, decía mi amiga, y tenía enfado, normal. “Yo creo que es cocainómano”, le dije yo, y nos reímos mucho, y yo creo que es verdad, agente, detective, porque esos gráficos circulares y esa colonia no son normales. Y, y, y... —aquí la mujer rompe a llorar de nuevo, niega con la cabeza, se sacude.


—Si necesita un momento...


—No, no, agente, mejor fuera que dentro, como le decía, y yo... y yo... le di idea a mi amiga. ¡Que me detengan! Esta allí, bajo los huevos, por mi culpa, solo mi culpa... yo le di idea, sabe, ayer nos quedamos en el café después del cierre, hicimos rooibos, cogimos rollito de canela y yo le di idea, sonaba Friday I'm in Love de The Cure, siempre tenemos música, y le dije, oye, ya está bien de andarse con temblores con el cocainómano de gráficos circulares, mira, mañana le traes huevos sin ensalada y a ver qué pasa, ¿eh?, y cuánto nos reímos, sí, agente detective, quién iba a saber, quién, dígame, aunque yo ya lo olía, se lo digo, ¡ay, ay, ay! Y esta mañana pide con su voz de herrumbre Plato Número Tres, y mi amiga sonríe, claro que él no sonríe, no, no, él da golpecitos a la mesa con los dedos y mete número en tabla de excel y pasa el ratón por una gráfica, se tira del labio, coge el móvil, lo deja, y luego...


—¿Luego qué? —pregunta el inspector Suárez con la boca seca. Su compañera y el forense se inclinan hacia la testigo, también, al parecer cautivados.


—¡Luego ocurre todo! Mi amiga querida mi amiga trae plato número tres... pero sólo hay huevos, no hay ensalada, y además sonríe. Va a dejar plato junto a ordenador, como es costumbre, pero hombre levanta cabeza, ahora sí hace contacto visual, igual cuando va a baño se mete unas rayitas, sí, sí, y eso cuando cierra puerta, porque por supuesto otras veces mea con puerta abierta y se oye sonido del chorro sobre el pocillo del toilete, qué se puede esperar del que mira tantos gráficos circulares, digo yo, ¿verdad? —La testigo toma aire, más serena. Su cara está empapada. Lame el vaso, que aún tiene restos de pulpa—. Y se miran. Se miran con dureza. Él no aparta mirada. Mi amiga ya no sonríe. ¿Quién ha quitado lechuga, cocina o ella? Ya no importa, no importa. Ella es quien está ahí. Se miran, tanto tiempo, tan serios, y él, muy despacio, baja la tapa del ordenador, esto nunca ha pasado, entiéndanlo... y ahí es cuando pasa todo, yo estaba entrando por la puerta y lo veo, veo mirada y plato número tres sin ensalada, y ahí ocurre todo, y es todo por mi culpa, mi culpa, mi culpa... y mírenla a pobrecilla con esos huevos que ya se han quedado fríos, es un crimen, un crimen... no lo van a poder detener, ¿verdad?

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