Es evidente que la modernidad empieza con Euclides. La neutralidad de las paralelas condenadas a no encontrarse, pero tampoco a alejarse, coincide con la fantasía de la ecuanimidad. "No hay cabida para la repulsión", nos dice la geometría clásica, "pero tampoco el acercamiento es una tentación". Si estas ideas resultan exageradas o histéricas, no hay más que recordar a Spinoza, que se adjudicó la tarea ciclópea de geometrizar la ética. En realidad, hay una simetría obvia: igualmente podría alguien haber acometido la moralización de la geometría. No hace falta, creo, una sensibilidad moderna para empatizar con el proyecto spinoziano, pues en el late el impulso humano por explicar y armonizar, común a los mitos y a los rituales más pacíficos. Si de verdad basta con unos pocos principios, a saber, la Verdad, la Belleza y la Justicia (otros dirían Dios, pero en realidad son lo mismo), reconocer el Bien y el Mal en el mundo se reduce a la aplicación de un sistema de axiomas que, con la debida práctica, se pueden dominar y nos proveen con una lucidez moral geométrica; es decir, exacta. Esto no debe confundirse con el fundamentalismo: el matemático sabe que el ínclito demonio cartesiano acecha siempre, y que hay teoremas que nunca serán probados, condenados a las páginas más oscuras de lo que Pál Erdős llamó "El Libro", el uránico libro de todas las demostraciones. El ideal geométrico, sin embargo, no puede ser superado (nos dice Spinoza). Negarlo sería aceptar la Banalidad del Mal, la ausencia de compromiso alguno, la desidia de suspender el jucio radicalmente ante el sufrimiento y la mentira. No, no podemos aceptar esto. Queremos distinguir el Bien, aunque ello implique la valentía de errar ocasionalmente.
El proyecto de Spinoza, por supuesto, hereda el quinto postulado euclídeo de las paralelas: lo moral aparece en los cruces, en el cara a cara, cuando Yo y el Otro nos juntamos en un punto del espacio y del tiempo. Dos vidas que discurren en paralelo, por definición (¡creían!), no se cruzan nunca, y por lo tanto no puede haber nada potencialmente ético que me relacione a mí con un habitante de las Antípodas, no digamos ya con un ternero. El error, por supuesto, no fue desvelado hasta tiempo después, y difícilmente se puede culpar a Spinoza. En este caso, no obstante, el problema no residía en el exceso de confianza en la razón, como después nos enseñaría el grotesco siglo XX. Se encontraba en el punto de partida.
Negar el presuntamente auto-evidente axioma de las paralelas no llevaba al esperado colapso lógico, a ninguna contradicción grandiosa. Lo que los Riemann y los Lobachevski hallaron solo sería imitado en la ética por los fenomenólogos mucho más tarde, demasiado tarde. Se trataba de un paisaje alienígena, o peor, de algo inconcebible para la mente humana, pero, sin embargo, tan eterno como los argumentos de Tales de Mileto. No es de extrañar que al neurótico Lovecraft le espantara: la sugerencia de algo inefable pero ubicuo le obsesionaba. Un terror demasiado fuera de lo humano, por eso en sus relatos encontramos el adjetivo "no-euclídeo" junto a otros como "degenerado", "grotesco", "atroz" o "inasumible". Tal sensibilidad a las geometrías exóticas tiene un obvio correlato ético, claro está. Lovecraft, convencido de que una mente humana no podía concebir el encuentro de dos paralelas, era un xenófobo dedicado. Es transparente su ansiedad por los turcos, chinos, italianos y mexicanos en una tierra antes desolada solo por sajones. Horrorizado ante el imposible de que esas vidas se cruzasen, esas vidas que, según la versión moral del quinto postulado, habrían debido evitarse siempre, permaneciendo neutrales y equidistantes, ni siquiera capaces de repelerse, cayó en un racismo científico quizá incluso más ingenio que abyecto. Hoy en día, su patética fobia da más risa que rabia y más pena que miedo.
Lovecraft, por supuesto, era un histérico. El maravilloso
desarrollo de la geometría elíptica tiene un correlato intuitivo en
la misma superficie de la tierra. ¿Cómo pudo la ética evitar
durante tanto tiempo esta sencilla observación? Incluso la celebrada
ética del rostro de Levinas es, aceptémoslo, euclídea. Esa ética
solo nos habla de lo inmediato, de lo que esperadamente se nos cruza.
Pero la ética moderna no puede ser eso, no puede reducirse a ociosas
preguntas sobre si mandaríamos a este tren por esta vía o por esta
otra, si salvaríamos antes a cinco bebés o a diez ancianos. Tal
Gedankenexperiment es estéril y es solo una simulación de la
reflexión. El verdadero problema de nuestro tiempo es entender que
la ética es esencialmente elíptica. Es falso el postulado de que no
hay un cruce moral entre mi vida y la de los seres de otro lejano
rincón del mundo que nunca conoceré. A
través de larguísimas e inconcebibles redes, cada decisión
cotidiana está relacionada con las circunstancias materiales que
habilitan el sufrimiento de millones de seres cuyos rostros nunca
veré. Este es el verdadero abismo. El verdadero horror ético que,
de quedarse sin moldear, nos condena a una ansiedad sin lindes: las
consecuencias de nuestros actos son insondables, no sólo
incalculables, sino inasumibles para una mente humana. ¿Cómo puede
decirse que mi inocente interacción en una tienda de electrónica,
donde además he intercambiado una chanza agradable con el
dependiente y he comprado un regalo cariñosamente meditado para una
amiga, tiene que ver con la violación y la
esclavitud de un niño a más de diez mil kilómetros? ¿Cómo
puede decirse que mi comida, quizá ecológica y sana, tiene que ver
con el despiece literal de un ser aterrado al que no le dio tiempo a
entender nada del mundo y que buscaba con sus ojos acuosos a su
extenuada madre? Eppur
si muove.
No culpo a Spinoza, que creía en las paralelas indiferentes. Pero nuestro tiempo, que sabe que la naturaleza tiene caras inasibles por la intuición humana, debe llevar la fenomenología hasta su última frontera, el delicado teorema de que todo, absolutamente todo, en algún punto se toca con lo demás. Günther Anders llamó "desnivel prometeico" a esta grieta incomprensible que une mi acción local con el dolor ajeno. Hoy en día, ese desnivel es un océano desmesurado que puede parecer plano a los desinformados y a los crueles, pero su elipticidad (sostengo) es auto-evidente.
El mundo es difícil
y casi siempre imposible de calcular. Solo los dogmáticos creen lo
contrario, los idealistas que proclaman un orden subyacente o
emergente, y que, en sus extremos, promulgan una ética incluso
hiperbólica: no solo nunca me cruzaré con esa distante vida
paralela, sino que según discurrimos nos alejamos más y más, y mi
fluir no se relaciona con ella. Es evidente quiénes son estos
monstruos, pero no nos detendremos aquí. Lo importante es que, con
la correspondiente modificación del sistema de partida, el proyecto
de Spinoza no es estúpido. Si entendemos la elipticidad de la moral
como un axioma de nuestra ética (y nuestro mundo es, al fin y al
cabo, un elipsoide), podemos aspirar a enfrentarnos a ese abismo
prometeico. No sabremos todo, pero sabremos
que queremos la Verdad, la Belleza y la Justicia; es
decir, el Bien, que no es una entelequia. Pues el sufrimiento
existe, la miseria existe, el dolor, la tortura y la pena existen,
pero sabemos que "Otro Mundo es posible", y que este es el
único imperativo con el que podemos enfrentarnos a la aterradora
inmensidad de lo inconcebible y lo malvado.
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