sábado, 26 de noviembre de 2022

La Herejía de Ben Al'diba Han, alquimista en Damasco

 

Ben Al'diba Han, alquimista en Damasco, había perseguido, como incontables otros, la transmutación de los metales y el elixir de la vida eterna, pero cesó en sus empeños al descubrir una verdad terrible que, de ser divulgada, llevaría por igual a la amabilidad universal y a la desesperación más atroz. Por suerte o por desgracia, una copia de su tormento fue a dar a los anaqueles del califa cordobés Al-Hakan II, quien lo ocultó de ojos demasiado piadosos.


Uno de los poetas locos de Sanaá ha dejado dicho que en este episodio se encuentra el origen del culto animista a las tortugas, que sostienen el mundo y son el mundo, y quizá aún el verdadero y último de los misterios eleusinos. Sin embargo, la más importante de las consecuencias del texto de Ben Al'diba Han está, si se prescinde de la metafísica o las emociones, en los códigos penales. ¿En virtud de qué principio se castiga a un individuo si no existe un segundo individuo? Considérese un individuo cualquiera, quizá incluso un pez, añade nuestro alquimista en una presunta nota diagonal al margen que escandalizó al mismo Califa. A su muerte, o, mejor dicho, tras cada muerte, el daimon despierta de su amnesia. Hay distintos nombres a nuestra disposición y, aunque inicialmente lo evita, tras pocos párrafos Ben Al'diba Han cae en el reflejo de usar simplemente la palabra Allah, El Dios. La angustia, nos dice el autor con un estilo que evoca la noción platónica de la reminiscencia, no tarda en llegar. Basta con recordar la realidad de la existencia, la insoportable realidad última: todo lo que existe y existirá jamás es una sola mente. Se dice que Al-Hakan suspiró frente a esta línea y dejó para siempre la marca de su aliento, que es el de toda la humanidad, sobre la imposible caligrafía. El rollo temblaba en sus manos sudorosas, y el aroma de unos naranjos inundaba el patio. La existencia es una mente fuera del tiempo, y, cuando se humedeció los labios, el califa miró con piedad renovada a un siervo que laboraba bajo la sombra de una palmera. No existen las naranjas, ni el azafrán ni la columna, ni el rumor del agua. La mente, yo, nosotros, dios, aventura Ben Al'diba Han, ya sumergido de pleno en la herejía, debió experimentar una soledad atroz, sin cotas ni forma. Pero una mente puede hacer algo: puede imaginar (¿tiene acaso sentido la noción de “hacer” si sólo existe una entidad?, se preguntaría siglos después un mercader de seda que no viene al caso). Para aliviar su soledad o su realidad, dios sueña el mundo y finge la ignorancia, piensa las estrellas y las higueras, las cremas, las guerras y la arena. El tiempo, que es para cada individuo una línea, es en la realidad de dios algo parecido a un proceso de costura (Dios nos ha dejado, se deja, nos dejamos, numerosas pistas en su/mi/nuestro sueño). Cada existencia en la tierra conlleva una amnesia bendita: durante el espacio de una vida, cabe olvidar la singularidad de la existencia, y es posible sentir la fantasía de que existen entidades independientes de la propia consciencia, incluyendo -cosa grotesca y dichosa- otras consciencias.


La intuición tradicional que asume el mundo como una pluralidad es sin duda insostenible: ¿por qué iba a existir más que una cosa, más que una mente? Al-Hakan consideró muchas noches el problema, con la vista sobre la luna o sobre la piedra, y llegó a un punto más honesto que ciertos escolásticos, acobardados de sus propias implicaciones. El tiempo, claro, es sólo una invención para aliviar la carga de la atemporalidad, y Ben Al'diba Han es rápido en reconocer que esto sólo puede ser el producto de la creatividad de una mente. Se ha escrito también que, después de ser un mendigo en Babilonia, dios ha decidido vivir como una cortesana de la era Heian, después cierto asesino británico, un perro mutilado, la reina de Castilla, luego la víctima de aquel asesino, un experimentador del fuego en los albores de la humanidad, y así indefinidamente, siendo alternativamente cada uno de los agresores y las víctimas, cada ser que haya existido o existirá o exista, y de algún modo, nos dice el alquimista, cada criatura ha muerto ya y al mismo tiempo no ha nacido aún. Hay un sentido inocente y superficial en el que esto confirma la doctrina de la reencarnación. Claro está que nuestras vidas anteriores son en realidad todas las vidas, también las que están por venir. No hay duda, nos dice Ben Al'diba Han, y Al-Hakan lo lee cabeceando de la emoción, de que los gnósticos se acercaron más a la terrible verdad, e hicieron bien en ocultarla. La revelación de que toda compañía es una ilusión converge en la compasión, pero también en la pulsión suicida. El inconsciente de la mente única ha debido de estar en juego (arguyen lectores modernos de Ben Al'diba Han) cuando las religiones, de forma independiente y en lugares dispares, han llegado a intuiciones semejantes. El sol, la luna y las estrellas: todo son ingredientes en el sueño de dios. Los herméticos se sonríen, pues ven en esto el eco de las emanaciones. La mente es el Uno y el sueño es el Demiurgo, y así todo sistema de creencias no ha sido nunca más que una alegoría para una verdad única y común. El tiempo, tan llorado por los poetas y adolescentes melancólicos, no es sino un consuelo.



Ben Al'Diba Han, en efecto, animó a sus contemporáneos a la compasión. El Islam, escribió, nos ha dejado a un paso de este descubrimiento (y en esto, por supuesto, también incurría en herejía: ¿cómo puede haber algo aún no descubierto?). El orgullo o la rabia no tienen razón de ser cuando todos los actos, todos los fracasos y triunfos, cada caricia y cada violencia, son obra de la misma imaginación sobre sí misma. Así, cada asesinato es un suicidio, cada sexo una masturbación. Ben Al'Diba Han llegó a sospechar de animales, luego de las plantas, y finalmente también de las rocas. Al-Hakan pasaría luego sus dedos suaves sobre la piedra de su patio como quien se masajea una rodilla cansada. Cada grano, especuló, sea acaso dios tratando de olvidarse en la forma de algo inorgánico, ciego por un instante al resto del universo soñado. Esto, claro, fue ya demasiado. Vegetarianismo y animismo no quedaron sin castigo, y a la muerte de su soberano admirador la herejía de Damasco quedó hundida en un olvido aún mayor que el anterior. Quizá, se especula en algunos círculos, esto no fuera sino un providencial mecanismo de defensa de la mente, yo/nosotros, que no se podía arriesgar a que su cósmico esquema de consuelo fuese arruinado por una inesperada intuición de filósofo.


Al recuperarse el texto en el siglo XIX y divulgarse en algunas comunidades teosóficas y aficionados a la magia ceremonial, las reacciones fueron variadas. Algunos encontraron consuelo y proclamaron el amor universal y una llamada a la inacción total. Otros cayeron en una melancolía hiperbólica ante la demostración del solipsismo y en última instancia causaron varias olas de suicidios. “El gran dios Pan soy yo”, parece que exclamó cierto poeta romántico antes de dispararse en el paladar. Otros argumentaron que divulgar esta revelación equivaldría al auto-sabotaje y, así, siendo los únicos que quedaban con conocimiento de la verdad y capaces de actuar, decidieron dedicar sus vidas a la preservación del secreto, sin renunciar a la violencia cuando fuese necesaria y cargando en silencio con el horror desaforado de la existencia. La bendición de los otros, creían, era también su bendición. Un grupo aún más grande, sin embargo, desestimó la herejía de Ben Al'diba Han como descabellada, lo que quizá constituya una evidencia más de la efectividad del método.

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