domingo, 11 de diciembre de 2022

Juventud

 

Mi hermana me llamó para felicitarme y me dieron ganas de insultarla. “Ya tengo un hermano de treinta años”, o algo de ese estilo fue lo que dijo. Sí, sí, contesté con sonrisa de agente inmobiliario. La ansiedad colgaba de mi tráquea y mis orejas crujían en el aire frío de la calle. “Muy bien, todo muy bien, algo liado”, respondía yo. Mi hermana se iba a Cuenca, dios sabrá a qué, y creo que estaba contenta. Veinteañeras. Le conté que se me había ocurrido la desgracia de organizar una cena con gente del trabajo y que tenía que coger el metro. La línea verde, que me llevaría hasta Namestí Míru. Lo que más me apetecía, en realidad, era hablar con Rodrigo del análisis sintáctico, frase a frase, de uno de mis cuentos. Pediría un mojito, y luego ya se vería. “En esta ciudad a veces puede llegar a menos diez. No es lo normal, pero ocurre”, explicaba. En promedio, una vez a la semana tenía que describir a alguien el clima o la demografía de Praga. “Alrededor de un millón de habitantes”. “Como dos veces Madrid”. “En Junio amanece a eso de las cinco”. Antes de la cena, bebí un margarita clásico en un bar de techo marrón y cóncavo. La camarera tenía cara de finlandesa que acaba de volver de Málaga, rubia, bronceada, triste. Sonreí, pero no dejé propina. Las escuetas farolas apenas diluían la oscuridad y el viento me rasgó las mejillas. Decidí que no podía más y, cobardemente, cancelé el evento con un par de mensajes de texto. Todos estaban ya en el restaurante. ¿Gastronteritis? ¿Un esguince? ¿Una gotera urgente? Ya lo decidiría después. Volví en tranvía, absorbido por mi catálogo mental de posibles desgracias que justificaran lo que había hecho.


A la mañana siguiente me despertó un pájaro carpintero. El desgraciado trataba de taladrar el hormigón, creo. Aquello no podía ser, no. Esa nueva vida, esa naturaleza, era inaceptable. Tiré de contactos para llamar a una persona de bastante autoridad en el Registro Civil.


—Mire, es que me quiero cambiar la fecha de nacimiento —le comenté sin rodeos.


—Pero, ¿qué dice?


Por alguna razón, no me colgó. La voz era algo bronca, solitaria. Quizá habría sido amarga y brusca diez años atrás, pero ahora parecía resignada, inimpresionable. Una voz para la que un extraterrestre sólo sería una cuita administrativa. Razoné que, si me pasaban de 1992 a 1997, sería contribuyente a la Seguridad Social durante más años, y que tal cómo está la pirámide poblacional en España eso era algo estupendo. No mencioné Praga. Se hizo un silencio que interpreté como reflexivo, pero que bien podría haber sido un bostezo. Había esperanzas.


—Pues lo voy a tener que consultar, le volveremos a llamar —me contestó al fin.


No tuve que esperar mucho. Al fin y al cabo, ¿qué clase de ministro o responsable de la futura hucha de las pensiones dejaría escapar un trato así? A los dos meses recibí mi DNI y desde entonces tengo veinticinco años, soy hermano menor, y ser mileurista vuelve a hacerme ilusión. Organicé otro evento y lo celebramos por todo lo alto en un bar de copas de Holesovice.

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