El otro día, en una librería de Malostranska, oí al librero decirle a un cliente joven que “ese libro es así como para mujeres, ¿sabe?”. Hablaban sobre un libro de Kateřina Tučková que conozco de haber ojeado, una novela negra con toques de chamanismo y arquetipos, política y una historia mágica sobre un clan de mujeres con poderes sanadores. El título dice algo sobre “diosas” y me recordó al Women who run with Wolves, de Clarissa Pinkol Estés, húngara, bailaora y psicoanalista jungiana. El librero era un tío ancho, grande, con sus canas peinadas elegantemente hacia atrás, y tenía una voz profunda, autoritaria pero amable. Se parecía a Bertín Osborne. El chaval se río con algo de nerviosismo. “La verdad es que me lo ha recomendado una chica”, dijo, buscando justificarse ante el enorme librero bertinosborniano, que le miraba plácidamente. Parece que el pobre cliente, que debía de tener mi edad o ser quizá algo más joven, se sentía algo intimidado, pues dejó discretamente el libro en una balda de exposición y, con breves asentimientos de vez en cuando, escuchó pontificar al librero sobre libros “más importantes”. No estoy seguro, pero creo que el desgraciado acabó llevándose algo de Houllebecq (!).
Hace unos años la anécdota me habría indignado, pero esta vez sólo me dio, como dice un amigo, “entre risa y pena”. ¿Cómo que “para mujeres”? Es curioso, porque nadie me advirtió, al abrir el Dublinesa de Vila-Matas, que aquel fuera un libro para señores alcoholizados de sesenta años con dinero. No es que me quiera yo cagar en Vila-Matas, que lo he disfrutado, pero resulta por lo menos sospechoso que un cierto libro sea “para mujeres” mientras que El Lobo Estepario de Hesse, por ejemplo, sea sin embargo “literatura universal” ¿O alguien ha sugerido que El Lobo Estepario sea un libro para solitarios señorones? No sé yo si hay libros para chicas y para señorones, quizá un poco sí, pero por lo menos podemos estar de acuerdo en que la asimetría en la clasificación es cuando menos fea. Me recuerda a algo de lo que Zadie Smith se quejó en una entrevista cuando le preguntaron por la “raza” o la “inmigración/integración” como temas de una de sus novelas. ¿Y las novelas de Updike tienen como tema el hombre blanco normativo? Un personaje de Updike se quiere ver como un universal, “lo humano”, la experiencia vital, algo así, pero un personaje de Zadie Smith es, por lo visto, un subconjunto de la vida, algo que yo leeré quizá como curiosidad para acceder a ese otro mundo que me es desconocido, pero que no participa de lo universal.
Pero, ¿con quién me identifico yo? Si no lo pensara, la intuición es que mi vida puede tener un algo de Gregor Samsa, un algo de Madame Bovary, un algo de Quijote, pero no tiene algo de una historia para subconjuntos, una historia con esos temas. El problema, claro, es que tampoco me he convertido en un insecto gigante ni me he casado con un médico rural ni he leído novelas de caballería, así que no sé por qué unas historias deberían ser más universales o estar más relacionadas con mi experiencia vital. En su charla TED The Danger of the Single Story (“El Peligro de la Historia Única”), Chimamanda Ngozi Adichie cuenta cómo, cuando empezó a escribir, trataba de imitar las historias que había leído. Así, una chica joven en Nigera creía que la literatura era Henry James, E.M. Forster o Madox Ford, y escribía historietas con pálidos hombres llamados Thomas que bebían té. La literatura era eso. Años después, en su Americanah, cuenta la anécdota de un colegio de Lagos donde en la fiesta de Navidad representan nieve. “¿Nieve en Navidad?” se pregunta uno de los personajes. La nieve en navidad puede ser un bonito tema, pero colarlo como universal y ver como exóticas las alternativas es una ruptura de simetría. Fue el Todo se Desmorona, del también nigeriano Chinua Achebe, el libro que enseñó a Adichie que era posible escribir sobre aquello que nos era cercano, aquello que conocemos, y que no necesitamos llamar Thomas y Johnson a nuestros personajes (como yo mismo hacía de pequeño, cuando todo lo que había leído eran historias de Arthur C. Clarke o Asimov, e imaginaba pequeñas aventuras de hombres elegantes que se trataban de usted y tenían conversaciones como sacadas de una película de los años 50). De hecho, esto es lo que recomienda, haciéndose el gracioso, Vila-Matas hacia el final de su Dublinesa, donde, coqueteando con lo meta o la Niebla de Unamuno, pone en el protagonista la obsesión de que hay un joven autor siguiendo sus pasos. Pero, ¿cómo va a conocer ese joven autor los pensamientos más íntimos de este editor acabado y destruido por el alcohol y la vanidad? ¡Que escriba de lo que sabe! Vila-Matas, seguramente, hizo eso y escribió de lo que sabía, un señor medio solitario de sesenta años y del mundillo literario. El resultado es un personaje aburrido, atrapado por la auto-compasión (trata de redimirse con el truco de la lucidez, “me doy cuenta de mi auto-compasión y la miro con ironía, no se crean ustedes que soy ingenio, y me río de mis obsesiones”, pero ese truco ya lo he visto antes, y es auto-compasión al fin y al cabo, claro), un personaje que no podría estar más alejado de mi experiencia vital (ni siquiera me recuerda a nadie que conozca), pero la novela es muy entretenida, interesante a pesar del mortalmente aburrido comienzo, y mientras nadie me la intente colar como universal, la veré bien. Si el tema de Americanah es la migración o la raza o jóvenes nigerianos en Estados Unidos, etc, el tema de Dublinesa es el hacerse mayor de un señor con dinero y con problemas de alcohol. Ambos son legítimos, interesantes, importantes, universales. “No hace falta que te vayas a China, basta con que vayas a tu corazón” o una chorrada parecida es lo que leí que dijo Arthur Miller o Tennessee Williams, ya no me acuerdo. A mí a veces me apetece irme a China o a Marte, y no está mal eso, no me va a decir a mí Arthur Miller lo que tengo que hacer, pero a veces -quizá las más de las veces- basta o es aún mejor irse al interior de uno mismo, a la vida, y hay muchas de esas vidas, cada una distinta, y todas universales.
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