miércoles, 15 de febrero de 2023

El Silencio

 

    Gustavo decidió ir a la Guerra, según él mismo admite, por una noción romántica de la heroicidad, pensando que el contacto íntimo con lo terrible podría acercarle a lo trascendente. A las dos semanas, sin embargo, sufrió un accidente durante unas prácticas de tiro. Iba a ser enviado al frente en pocas horas, pero un balazo accidental en el glúteo izquierdo truncó tal destino. Le trasladaron a un hospital civil y, después de una operación sencilla, le prescribieron tres meses de reposo absoluto con la recomendación de permanecer boca abajo el mayor tiempo posible. Fue en aquellos días cuando Gustavo comenzó a escribir su tratado de lógica formal con el que demostraba lo superficial de toda controversia.


El hecho, poco conocido, es que Gustavo era uno de los hombres más ricos de Europa. Su padre, un multimillonario empresario del arenque, había muerto diez años atrás y sus tres hijos, al llegar a la mayoría de edad, heredaron una vastísima fortuna. Agobiado por la vida urbanita y el peso de su riqueza, Gustavo se había retirado a un pueblecito lapón, donde vivía en una cabaña precaria. Aprendió el finés y la lengua sami, hablaba con los aldeanos y memorizó algunos pasajes del Kalevala. Hasta que sintió la llamada de la Patria, al comenzar la Guerra, vivió ahí, ajeno a las fluctuaciones de su fortuna, codificada en una cartera de inversiones muy bien diversificada entre distintas compañías de pesca y envasado. Ya por entonces le agobió el problema de construir un diccionario de espíritu axiomático en el que la cantidad de términos subordinados al uso fuese mínimo, mientras que el resto se seguirían de un riguroso ensamblaje o dominó semántico que acabaría para siempre con los comentarios del tipo “pero bueno, ¿qué entiendes tú por “guarnición de verduras” exactamente?”, tan comunes a los diez minutos de una conversación.


El hermano mayor, Tomás, había perdido la mano en una fábrica de municiones, pero aun así progresó en su carrera como violinista. Aconsejó a Gustavo no alistarse y quedarse en Finlandia (sin duda, a alguien de su familia le bastaba una generosa donación para evitar las presiones del ejército o la conciencia). Según afirmó en una entrevista años después, fue aún en el pueblo, ya preparado para partir a las prácticas de tiro, donde formuló la memorable sentencia con que abrían las primeras ediciones de su único libro publicado en vida: “el universo es el conjunto de las situaciones.” En el hospital, con la cabeza contra la almohada y el trasero en alto, le visitó su hermano Enrique, teniente del ejército y dueño de una fábrica de helicópteros (varios biógrafos mencionarán esta relación como un perturbador sucedáneo de la paterna). Ya en las trincheras, Gustavo trabajó con intensidad en la redacción de su trabajo. En sus diarios íntimos recoge con precisión la atmósfera: la suciedad, el olor a pólvora y barro y enfermedad, el frío debajo de la piel, los gritos, la niebla perpetua, caras pálidas, el bamboleo de los cascos con las correas sueltas, sopas frías de cebolla. “Desconozco si soy un asesino”, le escribe el día de Navidad a su hermano Tomás, “pero da igual, pues sospecho que nadie entiende bien el significado de esta palabra”. La palabra “significado” aparecía subrayada dos veces.


El tormento o deterioro de Gustavo se hizo evidente durante un breve permiso militar pasado en la mansión familiar. Llega con su hermano Enrique en helicóptero, ambos en uniforme. Tomás les recibe borracho: acaba de destruir, en un ataque de cólera, un violín Stradivarius. Lo estrelló contra el suelo y lo aporreó con su muñón hasta hacerlo astillas, todo ante la mirada alucinada de la prima Sonia, que observaba la escena tan pálida como los cadetes en las trincheras. Dos años más tarde, justo al acabar la Guerra, Tomás se suicidará ahorcándose con varias cuerdas de violín en un álamo del jardín familiar. La reunión durante el permiso, por otra parte, no podría ser más fría, y acaba abruptamente cuando la prima Sonia asegura que Gustavo, con su mirada feroz y la mandíbula tensa, parece ahora un pedófilo rural en una rueda de reconocimiento. Enrique es el único que se ríe. Gustavo parte de inmediato y a partir de ese momento arriesga la vida casi a diario, se pasea por las trincheras sin agacharse y se ofrece como voluntario en todas las ocasiones.


Por su valentía (los comentaristas modernos coinciden en que no era sino una serie de histriónicos intentos de suicidio) recibirá la máxima condecoración militar. En una ocasión debía llevar un cargamento de tiritas y alcohol sanitario de una trinchera a otra. En la carrera por entre la niebla, bajo la incesante artillería enemiga, su cuaderno de notas rebotaba en el pecho. La inspiración le sorprendió a mitad de camino y se vio obligado a detenerse, a pesar de que no hubiese estructura alguna con la que cubrirse. Por suerte, claro, llevaba un bolígrafo consigo. Se agachó, se descolgó el cuadernito y extrajo el bolígrafo de un calcetín ya casi descompuesto por el sudor acumulado de varias semanas de trinchera. Allí, con los misiles silbando a derecha e izquierda, escribe la segunda sentencia esencial de su tratado: “la situación es cuando pasan cosas concretas.” En ese momento, pierde un poco las ganas de morir, excitado por su descubrimiento, así que hace el resto del camino a la carrera, agachándose más, sujetando el casco con la mano izquierda y completamente aterrorizado. “En ese instante entendí el universo”, le escribe después a su amigo y mentor Bernardo Roselino, un afamado fumador de pipa. Llega indemne a la otra trinchera, pero, por desgracia, ha olvidado las tiritas y el alcohol. Interrogado más adelante por su bravuconería, afirmará que tal cosa no se puede decir, sino sólo mostrar, y ante la audiencia alucinada del salón de grados de cierta universidad procederá a golpearse el pecho, escupir a las primeras filas y hacer un par de pedorretas. “¿Todavía no lo entendéis?” preguntará burlón.


Tras acabar la Guerra, su hermano Enrique pierde el negocio de los helicópteros en una timba de póquer entre oficiales, así que decide suicidarse de inmediato. Se da un balazo en la sien en el jardín familiar, cerca del álamo donde Tomás se ahorcará no mucho después. En las semanas que siguen, Gustavo pone en orden sus notas y termina una primera versión de su Tratado, que de inmediato manda a varias docenas de editoriales. Todas le rechazan y una solicita una orden de alejamiento. Su amigo Bernardo elogia el manuscrito y escribe un prólogo por el que cobra una cantidad de dinero no revelada pero muy posiblemente obscena. Gustavo, sin embargo, no queda satisfecho y afirma que no se le ha entendido bien. “Verás, Bernardo, cuando digo situación no me refiero a lo situado en relación a una referencia fija, sino más bien a lo situacional, es decir, lo situativo fluyente que se moleculariza en sucesivas subsituaciones”, le explica. Finalmente se decidirá por la autoedición, si bien tardará en reconocerlo, y usa una minúscula parte de su fortuna para imprimir diez mil ejemplares sin el prólogo de Bernardo.


Tras la muerte de sus dos hermanos, Gustavo no puede soportar el peso de su riqueza. Decide dejárselo casi todo a su prima Sonia, que vivirá sola durante sesenta años más en la mansión de la familia. Él se queda con lo justo para comprar un pequeño piso y dotarse de una modesta asignación mensual con la que comprar trigo y manzanas. Revisa en profundidad su Tratado y de sus ochenta páginas decide eliminar treinta que le parecían verbosas y redundantes. Mientras prepara la reimpresión con la nueva edición abreviada (“más lúcida, más sintética, más esencial”), un ansioso Bernardo le insta a presentar el Tratado como tesis doctoral. Acepta mientras hace preparativos para mudarse a las montañas. “Sé que nunca lo entenderéis”, dice a los miembros del tribunal con unas palmadas en el hombro a uno de ellos. Algunos enrojecen, pero la presidenta del tribunal, catedrática de ética, le humilla en público al decirle que el problema no es que ellos (quizá) no lo entiendan, sino que él no es capaz de explicar nada. Se le concede por la mínima el título de doctor y esa misma noche trata de suicidarse cortándose las venas con unas viejas latas de arenques en escabeche. Le detiene otro ataque de inspiración y procede a eliminar otras doce páginas del Tratado. Mientras tanto, gracias a la incansable labor de Bernardo, el libro comienza a ganar seguimiento e incluso cierto halo de misterio entre círculos de fascinados intelectuales, que lo leen cautivados como un texto casi místico. “Refrescante tras años de rigurosa formación académica, ¡brillante! Exhorta las verdades, las escupe como tocado por la divinidad”, dijo ensimismado Carlos Portales en una de las reuniones del club de lectura del Tratado. Gustavo, sin embargo, rechazó todas sus invitaciones. Agobiado, no, obsesionado por la idea de que no lograba explicarse, se convenció de que sólo había un modo de proceder, y busco trabajo como profesor de secundaria en un pueblo de las montañas donde, se dijo, podría alejarse del ruido.


A los pocos meses, instalado en un pueblo que se enorgullecía por la frescura de su agua, comenzó a enseñar matemáticas a estudiantes de trece y catorce años. “Las matemáticas quizá sean la única cosa de la que se pueda hablar”, pensó Gustavo, admirado por esta nueva revelación, al fin y al cabo, tan obvia. Pero en vez de añadirla a su tratado, el pensamiento le motivó para eliminar otras diecisiete páginas del texto. “Esto sólo podrá ayudar a quien ya lo haya pensado antes por su cuenta, y en ese caso no es necesario escribirlo”, registra en sus diarios íntimos. Por aquellos días empiezan sus problemas en la escuela. El tercer día que un estudiante parece no entender el teorema del coseno, pierde los nervios. Agarra del pelo al alumno y le estampa la cara contra el pupitre. “No se trataba ya de la demostración, ¡sino de una simple aplicación de la fórmula!” dice en su defensa ante la jefa de estudios. Las cosas empeoran cuando los estudiantes comienzan a hablar: Gustavo, al parecer, les grita a diario, les arroja tizas a la cara cuando alguien no recuerda bien cómo sumar una progresión aritmética, y una niña hiela la sangre de los miembros del claustro al describir los extraños movimientos rítmicos de Gustavo cuando se sienta detrás de la mesa del profesor. Sin tiempo que perder, Gustavo huye del pueblo. Le rescata la prima Sonia, a la cual le cuenta una historia distinta sobre la crueldad de los niños y las insufribles lagunas de la pedagogía. Utilizan uno de los viejos helicópteros de Enrique, ya que Sonia ha aprovechado el tiempo libre y el aburrimiento para sacarse una licencia de piloto.


Ya de vuelta en la ciudad, se esconde en un cuartito de la mansión y vive de las verduras asadas que le trae Sonia. Sigue editando su tratado hasta que lo reduce hasta dos páginas donde queda sintetizado todo lo esencial que no se podía dejar de decir. Después de un fin de semana en ayuno prolongado (Sonia estaba practicando con el helicóptero) se da cuenta de que aún se podía reducir todo el tratado a menos de una página, apenas un párrafo:


el universo es el conjunto de las situaciones

la situación es cuando pasan cosas concretas

las cosas concretas las dibujamos con el pensamiento

el pensamiento es una frase gramatical

una frase depende de las palabras que la forman

en general es mejor no usar frases


Tras este arreglo, Gustavo comenzó a acudir regularmente y de modo clandestino a las reuniones del club de lectura, donde los asistentes lo recibían con devoción y aplaudieron las sucesivas reediciones por su lucidez. Carlos Portales y Bernardo coinciden en que Gustavo ha revolucionado el pensamiento y que nada nunca volverá a ser lo mismo. En algunas de las sesiones, llamadas “prácticas”, todos permanecían en silencio durante horas y se limitaban a hacer algunos gestos o sonidos guturales de vez en cuando. “Debe de ser difícil borrar tanto material, aun cuando obviamente el trabajo pueda mejorar tanto, elevarse tanto... una rebelión gloriosa contra el orgullo de escritor y pensador”, le dice Carlos preso de una admiración bochornosa. “Bueno”, repone Gustavo con una sonrisa, “el pensamiento es como una escultura: el verdadero trabajo consiste en quitar”. Todos responden con entusiasmo y respeto. Bernardo Roselino asiente despacio desde detrás de su pipa, con una ceja enarcada y la mano libre en el bolsillo de la americana. Aun así, Gustavo no queda del todo satisfecho. Cuando vuelve esa noche a casa, cena en silencio con Sonia una sopa de cebollas y unos calabacines salteados. Se encierra en su cuartito y acomete la gran última revisión, más allá de la cual no se puede ir. Borra las seis frases restantes en el Tratado y llega a lo que sabe está llamado a ser la obra de su vida. Contempla con orgullo concentrado la hoja en blanco y a los pocos segundos prescinde también de la hoja. Mientras oye a Sonia recoger los platos al otro lado, sabe que se ha ganado un lugar en la eternidad.



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