sábado, 17 de diciembre de 2022

Dodecaedros

 

    Me gusta cuando vienen artículos de arqueología en El País. Algo de la Edad de Bronce, una placa con algo en proto-vasco, cosas así. Cuanto más antiguo, mejor. Hoy venía algo más moderno, una noticia sobre los dodecaedros galo-romanos. Son pequeños, de metal (cobre), y las caras no son sólidas, sino abiertas circularmente, de modo que se puede ver el interior. A ojo desnudo son dodecaedros perfectos, aunque supongo que sus proporciones no son tan aterradoramente puras como las de los monolitos de 2001. El primero de estos objetos se encontró en una región campestre de Hertfordshire, Inglaterra, y su descubridor, un historiador claustrofóbico con cara de insecto palo, que paseaba por el campo de su pueblo siempre con un pañuelo húmedo en torno a la garganta, lo presentó con aire de misterio ante la Sociedad de Anticuarios de Londres. Llaman enseguida la atención los pequeños pomos o abultamientos que hay en cada vértice. ¿Quizá para agarrarlos mejor, sin desecrar las caras? En cualquier caso, posiblemente nunca hubiera oído hablar de estos dodecaedros si no fuera porque, a día de hoy, se ignora por completo para qué se usaban. “Probablemente algún ritual religioso”, es el comodín o cajón de sastre para todas las cosas indescifrables. El misterio tiene buena publicidad, es saludable o divertido.

Desde 1739, se han encontrado cerca de ciento veinte de estos objetos por distintos sitios de Europa, Austria, Alemania, Hungría, Holanda, Francia, todos datados entre los siglos I y IV. Varios de esos sitios se conocen como asentamientos romanos, algunos de frontera, pero en Italia, la península Ibérica o el norte de África nunca se han encontrado dodecaedros. Lo que viene a decir el artículo de hoy de El País, quizá con uno de esos dramatismos exagerados que le va bien a un artículo corto, pero que seguramente no convencen del todo ni al propio autor, es que las hipótesis de los posibles usos de objetos antiguos nos hablan más de nuestra época que de la antigüedad. El clásico giro copernicano de la arqueología, ya se sabe, el sujeto girando en torno al objeto. Sin embargo, al menos con respecto a los dodecaedros, no hay escasez de explicaciones sugeridas, así que es difícil decir qué nos dicen éstas de nuestra época: sujetavelas, dados, objetos astronómicos, rompecabezas, símbolos de un culto perdido. Sea como sea, no hay rastro de ellos en ningún texto escrito, lo cual les ha dado cierto extra de misterio. Esto puede que sea un sesgo de nuestra época, pues al fin y al cabo ahora escribimos sobre todo, incluso sobre las bolsas de basura de orgánica, que de otro modo quizá se convertirían en un futuro misterio. 



Una de las propuestas más divertidas que he encontrado es de una física italiana, Amelia Sparavigna, que al parecer, no teniendo suficiente con la alienación académica, dedica parte de su tiempo libre a mirar con ojos numerofílicos objetos antiguos desenterrados dios sabe dónde. “...the study of some ancient objects can reveal their use as measurement tools, whereas archaeologists consider them as odd artifacts”, dice, algo pomposa, en la introducción de su primer artículo sobre los dodecaedros. Con su sensibilidad de física, afirma haber aclarado el uso como inclinómetro de un objeto descuartizado que unos arqueólogos perplejos desenterraron de una tumba egipcia. El arquitecto Kha, diseñador de las tumbas de algunos Tutmosis y algunos Amnehotepes, necesita al fin y al cabo medir ángulos entre escalones y otras cosas que suenan lecorbusierianas. Para Sparavigna hay una cosa delatora: el hecho de que cada apertura, en cada una de las caras de los dodecaedros, tiene un diámetro distinto. Son diámetros medidos cuidadosamente, no accidentalmente irregulares, y dentro de la precisión que se conoce de los orfebres desde la Edad de Bronce. ¿Por qué romper la simetría con diámetros variables? Una sensibilidad platónica elemental sugeriría entonces que tales objetos no pueden tener un uso religioso, tan estúpidamente alejados de la simetría ideal. Sparavigna sugiere que la diferencia en tamaños de las aperturas puede explotarse, mediante las leyes de triángulos semejantes, para determinar la distancia de objetos lejanos, caballos, soldados, estandartes.


                                         Esquema de Amelia Sparavigna en A Roman Dodecahedron for measuring distance

 La idea se basa en mirar simultáneamente a través de dos caras del dodecaedro hasta que encontramos ese ángulo en el que las dos circunferencias coinciden. Algo similar a cuando acercamos o alejamos un vaso de nuestro ojo hasta hacer coincidir el borde con la luna llena, abarcándola sin dejar espacios. Como conocemos los diámetros de cada apertura y la distancia entre las caras, un poco de geometría elemental nos ayuda a determinar la distancia a un objeto dado una vez, como con el vaso y la luna, ajustemos ese objeto a las dos aperturas coincidentes de nuestro dodecaedro. Así, si conocemos aproximadamente el tamaño del objeto distante (quizá es un bigotudo soldado godo, sucio y abultado, pero que no llegará a los dos metros), T, los dos radios de nuestras aperturas, R1 y R2, y la distancia entre caras, L, podemos estimar la distancia, D, como


D=T x L / (R2 – R1).


La idea es divertida, me ha entretenido durante una mañana griposa y distraido de la cefalea y las náuseas, pero es posible que no sea correcta. ¿Por qué los dodecaedros se han encontrado sólo en regiones concretas del antiguo imperio? Se ha especulado con otras ideas de estilo similar, como su uso astronómico para determinar los momentos óptimos para la cosecha. Este uso en la agricultura pudo haber sido útil, nos dicen los entusiastas de estas propuestas, para los soldados estacionados lejos de su tierra natal, y nos recuerdan que gran parte de estos artefactos se han encontrado en lo que en su día fueron puestos militares. También se han encontrado, sin embargo, entre los ajuares funerarios de mujeres nobles, así que quizá la hipótesis perezosa de que no eran sino utensilios para una liturgia indescifrable gane de nuevo fuerza. Al fin y al cabo, las doce caras de un dodecaedro pueden representar los doce signos del zodiaco, y los ecos platónicos son insufribles. Los cinco sólidos platónicos, del cual el dodecaedro forma parte, son los únicos poliedros convexos regulares (es decir, que todo vértice, arista o cara son equivalentes, una simetría que recuerda a la perfección celeste de la esfera). Este hecho, conocido desde la antigüedad (y cuya prueba más antigua se encuentra en Euclides), inspiró a un flacucho y barbudo astrónomo alemán, Johannes Kepler, muchacho enfermizo que, como mi gripe hoy en los dodecaedros, encontró su salvación en la nueva teoría de Copérnico. Johannes, sin embargo, tenía una hipertrofiada sensibilidad pitagórica, y en su Mysterium Cosmographicum razonó que los planetas (los conocidos en aquel momento de finales del siglo XVI, al menos) estaban ordenados en la boveda celeste de acuerdo a proporciones que quedaban bien descritas al inscribir sucesivamente un cubo, un octaedro, un icosaedro, un tetraedro y un dodecaedro, que abarcarían desde Mercurio hasta  Saturno, en los confines de la esfera celeste.


                                                      Ilustración del Mysterium Cosmographicum. Hay quien dice que el mayor misterio es cómo se le puede ocurrir a alguien semejante delirio.

 En el cambio de siglo viajó hasta Praga, capital del imperio por aquellos años, y allí conoció al aún más bigotudo Tycho Brahe, un desagradable danés con calvicie parcial, voluminoso traje negro y unos larguísimos y densos bigotes rubios. No se llevaron bien, y, como Tycho sólo compartió sus datos sobre Marte, Johannes decidió sabiamente empezar a envenenarle con mercurio (quizá). Sea como fuere, el joven Kepler (se llevaban veinticinco años) no tuvo que esperar mucho para acceder al resto de tablas y poner a prueba sus histéricas teorías (que más tarde fructificarían en las leyes que llevan su nombre, y que no precisan de aquella engorrosa fantasía pitagoro-platónica). No mucho después, el norteño Tycho Brahe moriría entre espantosos dolores al estallarle la vejiga, tras haberse aguantado las ganas de hacer pis durante horas para mantener un sitio al lado del emperador Rodolfo durante un banquete (lo cuenta Milan Kundera, que es de Praga). La historia es divertida, pero desgraciadamente ya no tiene que ver con dodecaedros y yo ya me encuentro mejor.

Historias para subconjuntos

 

El otro día, en una librería de Malostranska, oí al librero decirle a un cliente joven que “ese libro es así como para mujeres, ¿sabe?”. Hablaban sobre un libro de Kateřina Tučková que conozco de haber ojeado, una novela negra con toques de chamanismo y arquetipos, política y una historia mágica sobre un clan de mujeres con poderes sanadores. El título dice algo sobre “diosas” y me recordó al Women who run with Wolves, de Clarissa Pinkol Estés, húngara, bailaora y psicoanalista jungiana. El librero era un tío ancho, grande, con sus canas peinadas elegantemente hacia atrás, y tenía una voz profunda, autoritaria pero amable. Se parecía a Bertín Osborne. El chaval se río con algo de nerviosismo. “La verdad es que me lo ha recomendado una chica”, dijo, buscando justificarse ante el enorme librero bertinosborniano, que le miraba plácidamente. Parece que el pobre cliente, que debía de tener mi edad o ser quizá algo más joven, se sentía algo intimidado, pues dejó discretamente el libro en una balda de exposición y, con breves asentimientos de vez en cuando, escuchó pontificar al librero sobre libros “más importantes”. No estoy seguro, pero creo que el desgraciado acabó llevándose algo de Houllebecq (!).

Hace unos años la anécdota me habría indignado, pero esta vez sólo me dio, como dice un amigo, “entre risa y pena”. ¿Cómo que “para mujeres”? Es curioso, porque nadie me advirtió, al abrir el Dublinesa de Vila-Matas, que aquel fuera un libro para señores alcoholizados de sesenta años con dinero. No es que me quiera yo cagar en Vila-Matas, que lo he disfrutado, pero resulta por lo menos sospechoso que un cierto libro sea “para mujeres” mientras que El Lobo Estepario de Hesse, por ejemplo, sea sin embargo “literatura universal” ¿O alguien ha sugerido que El Lobo Estepario sea un libro para solitarios señorones? No sé yo si hay libros para chicas y para señorones, quizá un poco sí, pero por lo menos podemos estar de acuerdo en que la asimetría en la clasificación es cuando menos fea. Me recuerda a algo de lo que Zadie Smith se quejó en una entrevista cuando le preguntaron por la “raza” o la “inmigración/integración” como temas de una de sus novelas. ¿Y las novelas de Updike tienen como tema el hombre blanco normativo? Un personaje de Updike se quiere ver como un universal, “lo humano”, la experiencia vital, algo así, pero un personaje de Zadie Smith es, por lo visto, un subconjunto de la vida, algo que yo leeré quizá como curiosidad para acceder a ese otro mundo que me es desconocido, pero que no participa de lo universal.


Pero, ¿con quién me identifico yo? Si no lo pensara, la intuición es que mi vida puede tener un algo de Gregor Samsa, un algo de Madame Bovary, un algo de Quijote, pero no tiene algo de una historia para subconjuntos, una historia con esos temas. El problema, claro, es que tampoco me he convertido en un insecto gigante ni me he casado con un médico rural ni he leído novelas de caballería, así que no sé por qué unas historias deberían ser más universales o estar más relacionadas con mi experiencia vital. En su charla TED The Danger of the Single Story (“El Peligro de la Historia Única”), Chimamanda Ngozi Adichie cuenta cómo, cuando empezó a escribir, trataba de imitar las historias que había leído. Así, una chica joven en Nigera creía que la literatura era Henry James, E.M. Forster o Madox Ford, y escribía historietas con pálidos hombres llamados Thomas que bebían té. La literatura era eso. Años después, en su Americanah, cuenta la anécdota de un colegio de Lagos donde en la fiesta de Navidad representan nieve. “¿Nieve en Navidad?” se pregunta uno de los personajes. La nieve en navidad puede ser un bonito tema, pero colarlo como universal y ver como exóticas las alternativas es una ruptura de simetría. Fue el Todo se Desmorona, del también nigeriano Chinua Achebe, el libro que enseñó a Adichie que era posible escribir sobre aquello que nos era cercano, aquello que conocemos, y que no necesitamos llamar Thomas y Johnson a nuestros personajes (como yo mismo hacía de pequeño, cuando todo lo que había leído eran historias de Arthur C. Clarke o Asimov, e imaginaba pequeñas aventuras de hombres elegantes que se trataban de usted y tenían conversaciones como sacadas de una película de los años 50). De hecho, esto es lo que recomienda, haciéndose el gracioso, Vila-Matas hacia el final de su Dublinesa, donde, coqueteando con lo meta o la Niebla de Unamuno, pone en el protagonista la obsesión de que hay un joven autor siguiendo sus pasos. Pero, ¿cómo va a conocer ese joven autor los pensamientos más íntimos de este editor acabado y destruido por el alcohol y la vanidad? ¡Que escriba de lo que sabe! Vila-Matas, seguramente, hizo eso y escribió de lo que sabía, un señor medio solitario de sesenta años y del mundillo literario. El resultado es un personaje aburrido, atrapado por la auto-compasión (trata de redimirse con el truco de la lucidez, “me doy cuenta de mi auto-compasión y la miro con ironía, no se crean ustedes que soy ingenio, y me río de mis obsesiones”, pero ese truco ya lo he visto antes, y es auto-compasión al fin y al cabo, claro), un personaje que no podría estar más alejado de mi experiencia vital (ni siquiera me recuerda a nadie que conozca), pero la novela es muy entretenida, interesante a pesar del mortalmente aburrido comienzo, y mientras nadie me la intente colar como universal, la veré bien. Si el tema de Americanah es la migración o la raza o jóvenes nigerianos en Estados Unidos, etc, el tema de Dublinesa es el hacerse mayor de un señor con dinero y con problemas de alcohol. Ambos son legítimos, interesantes, importantes, universales. “No hace falta que te vayas a China, basta con que vayas a tu corazón” o una chorrada parecida es lo que leí que dijo Arthur Miller o Tennessee Williams, ya no me acuerdo. A mí a veces me apetece irme a China o a Marte, y no está mal eso, no me va a decir a mí Arthur Miller lo que tengo que hacer, pero a veces -quizá las más de las veces- basta o es aún mejor irse al interior de uno mismo, a la vida, y hay muchas de esas vidas, cada una distinta, y todas universales.

domingo, 11 de diciembre de 2022

Juventud

 

Mi hermana me llamó para felicitarme y me dieron ganas de insultarla. “Ya tengo un hermano de treinta años”, o algo de ese estilo fue lo que dijo. Sí, sí, contesté con sonrisa de agente inmobiliario. La ansiedad colgaba de mi tráquea y mis orejas crujían en el aire frío de la calle. “Muy bien, todo muy bien, algo liado”, respondía yo. Mi hermana se iba a Cuenca, dios sabrá a qué, y creo que estaba contenta. Veinteañeras. Le conté que se me había ocurrido la desgracia de organizar una cena con gente del trabajo y que tenía que coger el metro. La línea verde, que me llevaría hasta Namestí Míru. Lo que más me apetecía, en realidad, era hablar con Rodrigo del análisis sintáctico, frase a frase, de uno de mis cuentos. Pediría un mojito, y luego ya se vería. “En esta ciudad a veces puede llegar a menos diez. No es lo normal, pero ocurre”, explicaba. En promedio, una vez a la semana tenía que describir a alguien el clima o la demografía de Praga. “Alrededor de un millón de habitantes”. “Como dos veces Madrid”. “En Junio amanece a eso de las cinco”. Antes de la cena, bebí un margarita clásico en un bar de techo marrón y cóncavo. La camarera tenía cara de finlandesa que acaba de volver de Málaga, rubia, bronceada, triste. Sonreí, pero no dejé propina. Las escuetas farolas apenas diluían la oscuridad y el viento me rasgó las mejillas. Decidí que no podía más y, cobardemente, cancelé el evento con un par de mensajes de texto. Todos estaban ya en el restaurante. ¿Gastronteritis? ¿Un esguince? ¿Una gotera urgente? Ya lo decidiría después. Volví en tranvía, absorbido por mi catálogo mental de posibles desgracias que justificaran lo que había hecho.


A la mañana siguiente me despertó un pájaro carpintero. El desgraciado trataba de taladrar el hormigón, creo. Aquello no podía ser, no. Esa nueva vida, esa naturaleza, era inaceptable. Tiré de contactos para llamar a una persona de bastante autoridad en el Registro Civil.


—Mire, es que me quiero cambiar la fecha de nacimiento —le comenté sin rodeos.


—Pero, ¿qué dice?


Por alguna razón, no me colgó. La voz era algo bronca, solitaria. Quizá habría sido amarga y brusca diez años atrás, pero ahora parecía resignada, inimpresionable. Una voz para la que un extraterrestre sólo sería una cuita administrativa. Razoné que, si me pasaban de 1992 a 1997, sería contribuyente a la Seguridad Social durante más años, y que tal cómo está la pirámide poblacional en España eso era algo estupendo. No mencioné Praga. Se hizo un silencio que interpreté como reflexivo, pero que bien podría haber sido un bostezo. Había esperanzas.


—Pues lo voy a tener que consultar, le volveremos a llamar —me contestó al fin.


No tuve que esperar mucho. Al fin y al cabo, ¿qué clase de ministro o responsable de la futura hucha de las pensiones dejaría escapar un trato así? A los dos meses recibí mi DNI y desde entonces tengo veinticinco años, soy hermano menor, y ser mileurista vuelve a hacerme ilusión. Organicé otro evento y lo celebramos por todo lo alto en un bar de copas de Holesovice.

domingo, 4 de diciembre de 2022

Nos Quedamos

 

Mi padre se echa siempre la siesta con un hueso de melocotón en la boca.


—¡Mira que como te me atragantes! —le advierte mi madre todas las tardes. Él gruñe y se duerme en el sillón del centro del salón, de cara a la ventana que da al jardín.


He vuelto a casa para intentar convencerlos de que nos tenemos que ir ya a Marte.


—Pero niño, ¿qué hacemos nosotros en Marte? Si es que aquí lo tenemos todo —razona mi madre mientras frota un vaso con el trapo blanco de siempre. Mi padre asiente desde detrás de sus gruesas gafas, dando vueltas al hueso de melocotón con la lengua.


—Mamá, escucha, las cosas se van a poner muy feas, mira, ¿no ves que el melocotonero cada año da menos fruta? Y yo, por suerte, por mi trabajo, nos puedo conseguir unos billetes casi gratis.


Mi padre tose con fuerza y se golpea el pecho con el puño. Se oye lo que creo que es el hueso chocar con los dientes.


—¡Aurelio, no me des un disgusto, por favor te lo pido! —exige mi madre. Luego se gira hacia mí y me apunta con el vaso— Mira, hijo, si yo te entiendo, y que has trabajado mucho en ese cohete, claro que sí, es normal que tengas la cabeza en eso, pero es que nosotros ya tenemos una edad, hay según que aceleraciones que ya no convienen, ¿eh?, ¿y cuánto íbamos a durar en Marte? ¡Si para lo que nos queda a tu padre y a mí, nos da para vivir felices aquí!


—Ay, mamá, por favor, no digas eso.


—¿Que no diga qué? —me pregunta con inocencia o sorpresa, sin duda fingida.


—Lo de para lo que os queda.


Mi padre dice “Mmm” y mueve la cabeza despacio. Llegué ayer seguro de que me costaría poco convencerlos. Incluso había hablado con Sara para tenerlo todo preparado en pocos días, en cuanto hubiese otra lanzadera, pero mi seguridad se esfumó en pocos minutos. Entré por sorpresa a las cinco de la tarde, sin necesitar la llave, durante un pico de calor que rozaba los cincuenta grados. Encontré a mi padre dormido en el sillón y a mi madre con un abanico en la cocina. En la tabla de cortar había pimientos y varios tomates enteros. Viven aquí emancipados de la información, del mundo y del futuro. Los otros chalets de la calle parecían vacíos, pero al llegar al salón me llegó el sonido de los niños jugando en la piscina del jardín, los pequeños gritos alegres, las zambullidas. Me dieron ganas de sacudirlos por los hombros y estamparles un periódico en la cara, pero luego me calmé. Recordé mi propia infancia.


—Os voy a enseñar algo... —les digo desde el sofá, en el que siempre hay una manta de lana, sin importar el clima o la época del año. La luz entra en diagonal y el suelo vibra con las sombras de los árboles— Esto es un informe reciente de la Sociedad Biplanetaria de Entomología. Mirad, mirad. —Saco el documento de mi maletín y lo extiendo a través de la mesa con gesto, me doy cuenta, de notario—. Una parte está en chino, pero da igual, se entiende.


El documento certifica la dramática caída en la población mundial de abejas, y predice que en pocos años la mayor parte del grano y la fruta se tendrán que exportar desde Marte.


—¿Entendéis lo que querrá decir eso para el precio del nivel de vida? —les digo, algo excitado—. Hasta que no tengamos motores de antimateria... —me rio con suavidad de mi propio comentario.


—Mmm —repite mi padre, que alarga la mano hacia el documento, al parecer haciendo un esfuerzo notable por despegar la espalda del respaldo del sillón. Lo ojea como si fuese un reportaje en una sala de espera, sin dejar de dar vueltas al hueso. Me doy cuenta de que no se ha puesto las gafas de cerca.


—Hijo... —reacciona mi madre, que con un gesto rechaza el documento ofrecido por mi padre— Nosotros siempre hemos vivido aquí. Tu felicidad es lo primero. Si tú quieres ir a Marte, ve, de verdad, y no te sientas atado. Nosotros siempre te querremos, y ya nos veremos. Pero si quieres llevarnos con... con todo el dolor de nuestro corazón, no, eso no. Nosotros nos quedamos.


Mi padre se palmea la tripa y asiente despacio.


—Creo, creo que es un error —digo con las manos juntas, mirando al suelo.


Esa noche tenemos suerte y el termómetro baja hasta los treinta grados. Hasta apagamos los ventiladores un rato.


—¡A ver si encuentras un gazpacho así en Marte! —ríe mi madre.


Cenamos en nuestra parcela del jardín. El sol cae lento, pesado, hasta que al final se hunde por detrás de los perfiles remotos de las montañas. Mi padre corta una sandía despacio, con método, pero resulta estar mala. Mi madre sacude la cabeza.


—A veces... de verdad, que a veces... —dice pensativa, con el codo en la mesa, pero no termina la frase.


Mientras terminamos una manzana, los chorros de la piscina empiezan a trabajar.


—Mañana nos damos un bañito —dice ella, alegre. Sonrío. De entre los pinos o los arbustos o la hierba, qué sé yo, nos llega el sonido milagroso, irreductible, de los grillos.


—¡Qué bonito! —digo, y los tres estamos de acuerdo. Nos quedamos allí, a veces en silencio, a veces hablando, hasta que nuestra luz es la única de toda la comunidad, en el porche de mi infancia, como en tantas noches antiguas de verano.


—Sabéis... —les quiero contar— es algo tonto, pero, cuando era pequeño, solía pensar que éste era un lugar al que nadie podía llegar. Nadie de fuera, quiero decir. Que algo mágico lo ocultaba, lo hacía invisible para el resto, y sólo nosotros podíamos encontrarlo. No sé si me lo creía, pero me gustaba pensarlo.


Mi madre sonríe, cruzada de brazos.


—No es una tontería, es muy bonito —asegura, y mi padre asiente con las cejas levantadas. Me miran con intensidad, ella relajada, él más despierto que durante el día.


Miro hacia la profundidad oscura del jardín, confundiendo melocotoneros, álamos y verjas. En esos arbustos antes abundaban las telarañas cónicas, al menos hasta poco antes de que terminara la carrera. Paseábamos, veíamos una araña asomarse, y si tan solo acercábamos el dedo a pocos centímetros, la araña reaccionaba a la diminuta vibración de su mundo y retrocedía a una velocidad invisible, hacia el vértice de su cono-hogar.


—Ay, cuánto tiempo hacía que no pasabas por aquí, hijo... ¡Tanto trabajo, tanto trabajo! —reprocha mi madre— ¿A que ya te habías olvidado un poco? Yo creo que sí... Te tendrían que hacer ya catedrático, y que pudieras pasar más tiempo aquí —dice riendo. Más tarde, se despide entre bostezos largos. Nos abrazamos, nos decimos que nos queremos, sonreímos, entre la alegría y la nostalgia, y se marcha tras darme un par de cachetes en la mejilla.


Esa madrugada mi padre y yo nos quedamos un rato en silencio, contemplando aún la oscuridad, atentos a los grillos. Después se levanta y por un momento me creo que se va a dormir, pero no. Avanza a oscuras hasta uno de los árboles y arranca un melocotón rosado, perfecto. Yo lo miro todo maravillado. Cogemos el tablero de ajedrez y lo colocamos en la mesa de la terraza. Nos obligamos a jugar el Gambito de Rey. Así mejor. Cada vez que mi padre piensa, da un mordisco al melocotón, y mastica despacio mientras estudia cómo desbaratar mis defensas.


Esa noche, al meterme en la cama, ya he tomado mi decisión, pero espero hasta la mañana siguiente para decírselo a Sara. Sé que será difícil de entender, muy difícil, pero no sé si me apetece dar muchas razones.

Las despedidas

—Quiero irme ya, Andrés. —La voz de Laura envolvía la cocina donde ambos hablaban cada noche hasta entrada la madrugada. Andrés bajó la vist...