Mi padre se echa siempre la siesta con un hueso de melocotón en la boca.
—¡Mira que como te me atragantes! —le advierte mi madre todas las tardes. Él gruñe y se duerme en el sillón del centro del salón, de cara a la ventana que da al jardín.
He vuelto a casa para intentar convencerlos de que nos tenemos que ir ya a Marte.
—Pero niño, ¿qué hacemos nosotros en Marte? Si es que aquí lo tenemos todo —razona mi madre mientras frota un vaso con el trapo blanco de siempre. Mi padre asiente desde detrás de sus gruesas gafas, dando vueltas al hueso de melocotón con la lengua.
—Mamá, escucha, las cosas se van a poner muy feas, mira, ¿no ves que el melocotonero cada año da menos fruta? Y yo, por suerte, por mi trabajo, nos puedo conseguir unos billetes casi gratis.
Mi padre tose con fuerza y se golpea el pecho con el puño. Se oye lo que creo que es el hueso chocar con los dientes.
—¡Aurelio, no me des un disgusto, por favor te lo pido! —exige mi madre. Luego se gira hacia mí y me apunta con el vaso— Mira, hijo, si yo te entiendo, y que has trabajado mucho en ese cohete, claro que sí, es normal que tengas la cabeza en eso, pero es que nosotros ya tenemos una edad, hay según que aceleraciones que ya no convienen, ¿eh?, ¿y cuánto íbamos a durar en Marte? ¡Si para lo que nos queda a tu padre y a mí, nos da para vivir felices aquí!
—Ay, mamá, por favor, no digas eso.
—¿Que no diga qué? —me pregunta con inocencia o sorpresa, sin duda fingida.
—Lo de para lo que os queda.
Mi padre dice “Mmm” y mueve la cabeza despacio. Llegué ayer seguro de que me costaría poco convencerlos. Incluso había hablado con Sara para tenerlo todo preparado en pocos días, en cuanto hubiese otra lanzadera, pero mi seguridad se esfumó en pocos minutos. Entré por sorpresa a las cinco de la tarde, sin necesitar la llave, durante un pico de calor que rozaba los cincuenta grados. Encontré a mi padre dormido en el sillón y a mi madre con un abanico en la cocina. En la tabla de cortar había pimientos y varios tomates enteros. Viven aquí emancipados de la información, del mundo y del futuro. Los otros chalets de la calle parecían vacíos, pero al llegar al salón me llegó el sonido de los niños jugando en la piscina del jardín, los pequeños gritos alegres, las zambullidas. Me dieron ganas de sacudirlos por los hombros y estamparles un periódico en la cara, pero luego me calmé. Recordé mi propia infancia.
—Os voy a enseñar algo... —les digo desde el sofá, en el que siempre hay una manta de lana, sin importar el clima o la época del año. La luz entra en diagonal y el suelo vibra con las sombras de los árboles— Esto es un informe reciente de la Sociedad Biplanetaria de Entomología. Mirad, mirad. —Saco el documento de mi maletín y lo extiendo a través de la mesa con gesto, me doy cuenta, de notario—. Una parte está en chino, pero da igual, se entiende.
El documento certifica la dramática caída en la población mundial de abejas, y predice que en pocos años la mayor parte del grano y la fruta se tendrán que exportar desde Marte.
—¿Entendéis lo que querrá decir eso para el precio del nivel de vida? —les digo, algo excitado—. Hasta que no tengamos motores de antimateria... —me rio con suavidad de mi propio comentario.
—Mmm —repite mi padre, que alarga la mano hacia el documento, al parecer haciendo un esfuerzo notable por despegar la espalda del respaldo del sillón. Lo ojea como si fuese un reportaje en una sala de espera, sin dejar de dar vueltas al hueso. Me doy cuenta de que no se ha puesto las gafas de cerca.
—Hijo... —reacciona mi madre, que con un gesto rechaza el documento ofrecido por mi padre— Nosotros siempre hemos vivido aquí. Tu felicidad es lo primero. Si tú quieres ir a Marte, ve, de verdad, y no te sientas atado. Nosotros siempre te querremos, y ya nos veremos. Pero si quieres llevarnos con... con todo el dolor de nuestro corazón, no, eso no. Nosotros nos quedamos.
Mi padre se palmea la tripa y asiente despacio.
—Creo, creo que es un error —digo con las manos juntas, mirando al suelo.
Esa noche tenemos suerte y el termómetro baja hasta los treinta grados. Hasta apagamos los ventiladores un rato.
—¡A ver si encuentras un gazpacho así en Marte! —ríe mi madre.
Cenamos en nuestra parcela del jardín. El sol cae lento, pesado, hasta que al final se hunde por detrás de los perfiles remotos de las montañas. Mi padre corta una sandía despacio, con método, pero resulta estar mala. Mi madre sacude la cabeza.
—A veces... de verdad, que a veces... —dice pensativa, con el codo en la mesa, pero no termina la frase.
Mientras terminamos una manzana, los chorros de la piscina empiezan a trabajar.
—Mañana nos damos un bañito —dice ella, alegre. Sonrío. De entre los pinos o los arbustos o la hierba, qué sé yo, nos llega el sonido milagroso, irreductible, de los grillos.
—¡Qué bonito! —digo, y los tres estamos de acuerdo. Nos quedamos allí, a veces en silencio, a veces hablando, hasta que nuestra luz es la única de toda la comunidad, en el porche de mi infancia, como en tantas noches antiguas de verano.
—Sabéis... —les quiero contar— es algo tonto, pero, cuando era pequeño, solía pensar que éste era un lugar al que nadie podía llegar. Nadie de fuera, quiero decir. Que algo mágico lo ocultaba, lo hacía invisible para el resto, y sólo nosotros podíamos encontrarlo. No sé si me lo creía, pero me gustaba pensarlo.
Mi madre sonríe, cruzada de brazos.
—No es una tontería, es muy bonito —asegura, y mi padre asiente con las cejas levantadas. Me miran con intensidad, ella relajada, él más despierto que durante el día.
Miro hacia la profundidad oscura del jardín, confundiendo melocotoneros, álamos y verjas. En esos arbustos antes abundaban las telarañas cónicas, al menos hasta poco antes de que terminara la carrera. Paseábamos, veíamos una araña asomarse, y si tan solo acercábamos el dedo a pocos centímetros, la araña reaccionaba a la diminuta vibración de su mundo y retrocedía a una velocidad invisible, hacia el vértice de su cono-hogar.
—Ay, cuánto tiempo hacía que no pasabas por aquí, hijo... ¡Tanto trabajo, tanto trabajo! —reprocha mi madre— ¿A que ya te habías olvidado un poco? Yo creo que sí... Te tendrían que hacer ya catedrático, y que pudieras pasar más tiempo aquí —dice riendo. Más tarde, se despide entre bostezos largos. Nos abrazamos, nos decimos que nos queremos, sonreímos, entre la alegría y la nostalgia, y se marcha tras darme un par de cachetes en la mejilla.
Esa madrugada mi padre y yo nos quedamos un rato en silencio, contemplando aún la oscuridad, atentos a los grillos. Después se levanta y por un momento me creo que se va a dormir, pero no. Avanza a oscuras hasta uno de los árboles y arranca un melocotón rosado, perfecto. Yo lo miro todo maravillado. Cogemos el tablero de ajedrez y lo colocamos en la mesa de la terraza. Nos obligamos a jugar el Gambito de Rey. Así mejor. Cada vez que mi padre piensa, da un mordisco al melocotón, y mastica despacio mientras estudia cómo desbaratar mis defensas.
Esa noche, al meterme en la cama, ya he tomado mi decisión, pero espero hasta la mañana siguiente para decírselo a Sara. Sé que será difícil de entender, muy difícil, pero no sé si me apetece dar muchas razones.
👌👌
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