¿Por qué trabajamos lo que trabajamos? No, un momento, no es una pregunta trivial. Todos sabemos la duración estándar de la jornada laboral en España y en gran parte del mundo: los cinco días a la semana, las aproximadamente 40 horas semanales, treinta y tantas en algunos casos, etc., y es algo que tenemos tan interiorizado, tan asumido, que vivimos dándolo por sentado y puede ser difícil empezar a pensar sobre esta pregunta de apariencia sencilla: ¿Por qué trabajamos lo que trabajamos? ¿Es una ley natural, un universal antropológico, un gran convenio simbiótico? Y, por ir al grano, por qué no, y lo que más nos interesa, ¿es necesario? La respuesta factual que encontramos en la historia pasa por las conquistas sociales de finales del siglo XIX y principios del XX. En España, en concreto, la historia sufrió un punto de giro fundamental con una huelga de 1919 conocida como La Canadiense, dirigida por la CNT y en la que una empresa eléctrica de Barcelona logró paralizar casi al completo la actividad económica de Cataluña. La huelga se consideró un éxito, pues fue el motor esencial para la adopción de la jornada laboral de ocho horas diarias, comenzando así el final de décadas de explotación más descontrolada. Como en otros casos, la mejora de las condiciones de vida o la lucha por derechos tuvo que venir "desde abajo", en un proceso relativamente violento que se hizo necesario ante la pasividad de las clases dominantes. Aún así, la reducción de la jornada laboral recibió apoyos incluso "desde arriba". No muchos años más tarde, el industrial Henry Ford llegó a la conclusión de que una reducción de la jornada laboral podía ser una manera eficiente de mantener sus fábricas abiertas durante más tiempo (usando distintos grupos de trabajadores), y que la productividad de un trabajador con una jornada muy larga no se mantenía constante, sino que globalmente decaía. Iniciativas de este tipo, sumado al desempleo de la época de la Gran Depresión, llevó a que también en los Estados Unidos la jornada laboral de 40 horas semanales comenzara a ser la norma. De hecho, hay estudios más recientes que tratan precisamente de entender de modo más riguroso como la productividad decae en las jornadas laborales largas, como éste estudio de la universidad de Stanford (ésta es la primera vez que escribo "estudio de la universidad de Stanford" sin que sea una broma). En todo caso, estos argumentos "desde arriba" son casi irrelevantes, pues el núcleo de todas estas preocupaciones es la calidad de vida y los derechos de la persona de a pie. A menudo vemos (basta con leer unos pocos artículos de psicología pop y similar sobre la productividad en el trabajo o la procrastinación, de los muchos que se encuentran en el bosque de internet) esta narrativa sobre como ciertas distracciones o tiempo de ocio son de hecho buenas para el rendimiento laboral, por lo que no deben verse como algo necesariamente malo o por lo que sentirse culpable. La maldad intrínseca de tal narrativa es que devuelve el protagonismo a la idea del rendimiento; es decir, que subordina esas "distracciones" a su papel como ingrediente en la receta de la eficiencia. El hecho es que, desde hace décadas, la productividad de los países no ha dejado de crecer, multiplicándose por dos o por tres en muchos casos en menos de medio siglo. La productividad, en un sentido técnico, es una variable económica definida como el PIB de un país dividido por el número de horas trabajadas. Como se puede entender, medir tal cantidad es tremendamente difícil, pero, prescindiendo de tecnicismos, la esencia con la que nos podemos quedar es que es una forma extremadamente sintética de medir algo así como la eficiencia de un país.
El espectacular crecimiento de la productividad quiere decir, dicho de forma algo simplista, que el mismo trabajo se puede hacer en menos tiempo (o que hay mayor proporción de trabajos que aportan más al PIB con menos tiempo). Las razones para éstas pueden ser diversas, siendo gran parte de ello la informatización y automatización de muchas tareas, así como el progreso tecnológico en general. Resulta entonces llamativo pensar cómo el número de horas trabajadas en promedio no ha descendido, ni mucho menos, de forma similar. Partiendo de la ecuación simplista (tomémosla como esquemática, simbólica) trabajo = productividad x jornada, es intuitivo pensar que al incrementar la productividad la jornada se reducirá, ya que el objetivo deseado es una cantidad de trabajo dado. Sin embargo, si la jornada se mantiene casi constante y la productividad aumenta, la conclusión es que estamos realizando ahora más trabajo que antes. ¿Por qué? ¿Por qué es la jornada esta cantidad conservada? Posiblemente, parte de la respuesta tiene que ver con que es el único ingrediente de esta ecuación que no es abstracta, sino algo material que se convierte en hábito. Dicho sea de paso, no es del todo cierto que la jornada se haya mantenido constante. Como explica el economista Thomas Piketty en este artículo comparativo sobre las productividades de Francia y Alemania, el número de horas trabajadas promedio se ha reducido también desde los años setenta, pero ni mucho menos lo ha hecho acorde al incremento de la productividad. Va por detrás, muy por detrás.
La pregunta central entonces, la verdadera pregunta del principio de este texto, la pregunta nuclear a la que llegamos después de pensar sobre la pregunta ¿por qué trabajamos lo que trabajamos? es la siguiente: ¿Por qué trabajamos esencialmente lo mismo que hace cincuenta años si la productividad de nuestras economías es muchísimo mayor? No es una pregunta retórica ni un intento de señalar un mal inequívoco, sino una pregunta sincera sobre estilos de vida, posibilidades imaginadas y nuestra forma de entender el trabajo y otros aspectos de nuestra vida en común. La pregunta no es un capricho, una ocurrencia moderna ni una extravagancia. Las especulaciones sobre la cantidad de trabajo en las sociedades humanas tienen siglos de antigüedad. En su libro El Derecho a la Pereza, de finales del siglo XIX, el escritor y activista Paul Lafargue argumentaba que la automatización y las máquinas de la revolución industrial realmente podían ser la salvación de la humanidad... siempre y cuando el tiempo ahorrado se convirtiera en tiempo de ocio. Lafargue se oponía agriamente a los movimientos laborales, y proponía en su lugar una abolición o limitación drástica del trabajo. En unas circunstancias históricas donde la división de clase entre trabajadores asalariados y capitalistas era estricta, Lafargue consideraba que el trabajo asalariado no era sino una forma extendida de esclavitud, un "alquilarse para poder subsistir" incompatible con la dignidad humana elemental. Curiosamente, esta idea, la de que el trabajo asalariado no era sino otra forma de esclavitud, era también una retórica habitual entre los grandes esclavistas del Sur de Estados Unidos. Ellos, argüían, por lo menos se preocupan de sus trabajadores, y no se desentendían de éstos cuando terminaba su jornada. Este argumento, por repugnante y retorcido que resulte, nunca fue, de acuerdo a Noam Chomsky, adecuadamente refutado por gran parte de los intelectuales abolicionistas de la época, que eran partidarios a su vez del sistema de explotación descontrolada del Norte industrial. El derecho a la pereza y la dignidad del tiempo libre, en efecto, fueron las ideas centrales de Lafargue, que sugería que la mejora técnica de los medios de producción debía llevar a un descenso drástico de las horas de trabajo. Otro filósofo, el fumador de pipas Bertrand Russell, también expresó ideas similares en su libro Elogio a la Ociosidad. Va más allá del diagnóstico para predecir que a lo largo de las siguiente décadas las personas precisarán tan sólo tres o cuatro horas de trabajo al día para realizar sus tareas (lo mismo que sugería Lafargue) y, además, advierte: "Los modernos métodos de producción nos han provisto de seguridad y facilidades. Aún así, hemos optado por explotar a unos y matar de hambre a otros. Hasta el día de hoy hemos seguido trabajando con tanta energía como antes de tener máquinas, lo cual es absurdo." De manera similar, el economista John Maynard Keynes predijo, de manera desastrosamente equivocada, ay, que hacia el año 2030 los medios de producción habrían alcanzado tal nivel de eficiencia que las personas prácticamente no tendrían que trabajar más que unas quince horas semanales. Por ridículas que puedan parecer ahora todas estas equivocaciones o pretensiones, muestran una imagen bastante clara y coincidente con lo que nos enseña la evolución histórica de la productividad: que la expectativa de que los humanos llegaríamos a trabajar muy poco o nada eran comunes, serias y no descabelladas. Pues, ¿qué puede ser más natural que decidir tener más tiempo libre, para nuestros amigos, familias y aficiones, una vez las obligaciones ya no requieren tanto de nuestro tiempo? La pregunta, pues, persiste, y acaso con aún más sentido, pues, si trajéramos del pasado a Lafargue, Russell o Keynes, después de adaptarles a las extrañezas de la informática y las nuevas tecnologías (¡especialmente tras conocer tales innovaciones!), sin duda una de las primeras preguntas que tendrían sobre nuestras sociedades modernas sería ¿por qué? ¿por qué trabajamos tanto si nos bastaría con trabajar tan poco? Una respuesta rápida, sencilla, atractiva y con algo de verdad: consumimos mucho más que antes. Trabajamos más, pero nuestro tren de vida también se ha disparado. Consumimos y gastamos en cosas que no precisamos, pero que deseamos. De alguna manera, colectivamente -más o menos inconscientemente- hemos tomado la decisión como sociedad (o se nos ha forzado a formar parte de esa decisión) de que queremos trabajar más a cambio de poder consumir más, de tener más servicios. La cantidad de trabajos per capita necesarios para nuestra subsistencia se reduce según un país progresa económicamente. La idea puede ser ilustrada esquemáticamente con un ejemplo mirando la evolución del número de trabajadores agrícolas en España u otros países:
En paralelo a un crecimiento notable de la población, tenemos un descenso fuerte de la cantidad de personas empleadas en la agricultura. En parte, se debe esto al incremento de la eficiencia (la producción de alimentos per capita a nivel global ha aumentado en alrededor de un 50% desde los años sesenta). Muchos trabajadores, asimismo, transitaron a otras ocupaciones que les ofrecían mejores perspectivas. El sector servicios en España, experimentó un boom casi continuo (interrumpido por eventos como la Guerra Civil) desde principios de siglo XX hasta los años anteriores a la crisis:
Dinámicas similares se pueden encontrar en todos los países ricos y desarrollados de la actualidad. Mejoras tecnológicas y mayor automatización significan más eficiencia y, por tanto, menor necesidad de recursos, tiempos y gente para llevar a cabo las tareas productivas básicas. Ese "tiempo" o "personal" liberado puede entonces emplearse en otras ocupaciones más lucrativas, y la riqueza adicional generada en la consumición de servicios, en una continua "externalización" de cosas que antes haríamos nosotros mismos. Por ejemplo, muchos trabajadores comen en restaurantes de menú o cantinas porque, debido a que están trabajando, no pueden (o no quieren, por la cantidad de energía que invertirían) hacerse la comida ellos mismos. En general, el hecho de trabajar nos lleva a tener que pagar por servicios que no precisaríamos si no trabajáramos. Es fácil intuir aquí una crítica, un intento de desprestigio, pero en principio no la hay, al menos no necesariamente, sino que el núcleo de esta reflexión consiste en la comparación entre distintos estilos de vida alternativos, algunos de los cuales flotan como entelequias vagas y apenas imaginadas. El incremento en la eficiencia nos ha llevado a una dicotomía en la que podíamos elegir entre menos trabajo o el mismo trabajo a cambio de un mayor nivel de vida. Colectivamente, más o menos conscientemente, nos hemos decidido por lo segundo, pero sería una pobreza creer que éste era el único desarrollo posible (aunque sin duda haya sido prácticamente el único concebible). Esta idea del nivel de vida está imbricada en nosotros, en nuestras aspiraciones, nuestra historia y nuestra política, y la estandarización de ciertos niveles de consumo de servicios nos lleva a que veamos como escasez o casi pobreza situaciones vitales que cincuenta años atrás serían deseables e incluso propias de una vida abundante. Un posible problema se da cuando hay un choque entre esta coyuntura social y las expectativas de un individuo. El hecho es que lo más natural es querer trabajar menos, y que la idiosincrasia de la jornada laboral no ha sido realmente una decisión colectiva de todos nosotros, sino que a la mayoría nos ha sido impuesta, y no es fácil encontrar espacios y mecanismos para organizar modelos de vida alternativos. De alguna manera, estamos ante una especie de paradoja de Jevons modificada. Jevons, un economista inglés del siglo XIX, se dio cuenta de que, a pesar de que los nuevos diseños de máquinas de vapor eran más eficientes, el consumo global de carbón creció. En general, la paradoja describe como, al introducirse una nueva tecnología capaz de ahorrar un cierto recurso, tal ahorro no se da en realidad, pues el incremento en la demanda eleva el consumo por encima de los valores anteriores. Tal situación es también familiar en el mundo de la computación. Con los avances en procesadores y otras tecnologías, podemos hacer simulaciones decenas de veces más rápido que hace cuarenta años. Sin embargo, al disponer de esa nueva potencia ya no nos conformamos con lo que podíamos calcular hace cuarenta años, y en su lugar decidimos trabajar lo mismo para poder calcular mucho, mucho más, usando para ellos centenares de ordenadores y clústeres de supercomputación. La esperanza de Keynes pasaba por que con el incremento de la productividad la cantidad de trabajo se mantuviera constante (al fin y al cabo, ¿tan mala era la vida en los países ricos en 1965 como para tener que desear a toda costa el crecimiento?), pero la razón del espectacular o ridículo fracaso de su predicción es que la demanda de trabajo no se mantuvo constante, sino que se disparó, porque se disparó asimismo la demanda de servicios, la continua espiral externalizadora. La calidad de vida, por supuesto, es un concepto subjetivo, y nadie puede decirnos exactamente qué tiene que significar para nosotros. La inconsciente Pseudo-decisión colectiva de "mismo trabajo por mayor consumo de servicios" se suele equiparar, instintivamente, a la mejora de la calidad de vida, pero esto responde a un paradigma concreto que, sin embargo, sí nos ha sido impuesto.
Aunque minoritaria y muy restringida, sí que existen algunas iniciativas para limitar la cantidad de trabajo. En los últimos años, varios países, entre ellos España, han puesto en marcha proyectos para experimentar con la semana de cuatro días laborales. Desde poco antes de la pandemia, varias empresas han puesto en practica distintos modos de reducción de la jornada laboral, con resultados, por lo general, altamente positivos tanto para empleados como para empleadores. Un caso aún anterior es el de Islandia, que desde 2015 lleva ensayando un programa piloto de reducción de la jornada laboral al que hasta ahora se han sumado entre un 80% y un 90% de la población, con tremendo éxito. Incluso en un lugar tan improbable como Japón, que la imagen popular sitúa como un pandemónium de las jornadas maratónicas, ha habido experiencias similares, como en el caso de Microsoft Japan, donde la prueba ha sido un éxito que ha resultado en un incremento de la productividad. En España, la principal fuerza política que ha tratado de organizar un experimento más prolijo sobre los efectos de una jornada laboral reducida es Más País. Desgraciadamente, hasta donde yo sé, este proyecto aún se encuentra paralizado después de bastante tiempo, y se ha encontrado con obstáculos incluso dentro de sus aliados naturales, así como con una absurda oposición agresiva por parte de la derecha, que se limitó a llamar vagos a sus proponentes sin ofrecer ningún argumento o análisis.
Por interesante que resulten estas propuestas o experimentos, de nuevo nos encontramos con un "razonamiento de arriba a abajo", como en el caso de Henry Ford, que, para "venderse", precisa de adoptar esta retórica del boost de la productividad y demás, si bien es cierto que también se han comentado posibles beneficios relacionados con la reducción de emisiones. De nuevo, todos estos argumentos, si bien interesantes por su potencial poder seductor, son secundarios. La clave es, como lo fue antes, la capacidad de mejorar la calidad de vida de las personas. Como se comentó más arriba, esta "calidad de vida" es subjetiva. Para algunas personas trabajar menos y tener más tiempo libre a costa de sacrificar parte de su poder adquisitivo no es una mejor calidad de vida. Son opciones alternativas (en teoría, en la práctico estamos casi obligados a insertarnos en el paradigma reinante), pero lo que sí es importante es, como punto inicial, romper con la imposición de esa narrativa única implícitamente asumida que equipara "mejor calidad de vida" con "mayor capacidad para consumir servicios". De manera similar, resulta desagradable la manera en que la jornada laboral reducida (de cuatro días a la semana, por ejemplo) a menudo se conceptualiza como un "instrumento de competencia" que las empresas pueden usar para captar a los trabajadores de más "talento".
La pregunta nuclear (¿por qué trabajamos tanto como trabajamos? y se puede añadir ¿... si ahora somos mucho más eficientes que antes?) persiste entonces, y la tentativa de respuesta basada en los niveles incrementados de consumo, si bien da cierto marco lógico a la cuestión, puede a su vez ser insuficiente. ¿No puede ser acaso que los trabajos que realizamos en el día de hoy sean realmente imprescindibles o muy importantes? ¿Que, al margen de las utopías sobre radicales cambios de valores éticos y prioridades, todo esto que hacemos realmente sea esencial para que nuestra vida en común simplemente no colapse o no se desencadene una grave crisis? Esto, dicho de forma simplifica y algo esquemática, es la plantilla para generar argumentos en contra de las reducciones o la abolición del trabajo. El hecho, sin embargo, es que un grandísimo número de los trabajos actuales son inútiles. No se debe malinterpretar: muchísimos trabajos son, no sólo muy útiles, sino imprescindibles: personal de limpieza, cuidadores, profesores, trabajadores sanitarios, camioneros, agricultores, manufacturación e industria química, conductores, fontaneros, carpinteros, personal técnico para el mantenimiento de infraestructuras o medios de transporte,... y muchos otros, o muchos detalles, que no enuncio aquí. Pero una cantidad creciente de nuestro tiempo global de trabajo se emplea en tareas sin ningún beneficio, tareas innecesarias que antes ni siquiera se llevaban a cabo. A estos trabajos se les suma toda la labor administrativa necesaria para sostenerlos, así como toda la demanda ancilar de servicios que surge para cubrir necesidades reales de subsistencia que no podemos atender por estar realizando esas tareas innecesarias. Este fenómeno global -la creciente cantidad de trabajos inútiles, que sigue en el tiempo a la automatización de los trabajos productivos y el aumento del consumismo- es lo que el antropólogo Dabid Graeber denominó Bullshit Jobs en un famoso ensayo (luego extendido a libro) de 2013. "Es como si alguien estuviera creando trabajos sin sentido sólo para conseguir que sigamos trabajando", nos dice Graeber, que argumenta que este misterioso fenómeno (¿no contradice de alguna forma la supuesta tendencia a la eficiencia de la economía de mercado?) no se explica por causas económicas, sino políticas y morales. Esta violencia psicológica se debe tanto a la lógica del capitalismo como a las narrativas clásicas del marxismo, que postulaban "la dignidad del trabajo". ¿Qué dignidad hay en consumir un 20% o un 30% de tu vida en una tarea que secretamente sabes inútil? En mi barrio, periódicamente se puede escuchar el ruido atroz de trabajadores cortando el césped con sus grotescos vehículos a motor. Esta cuadrilla de trabajadores, que siempre son los mismos nueve o diez tipos, realizan un trabajo esencial en otoño retirando las hojas, en invierno con la nieve, vigilando las ramas de los árboles, limpiando las calles después de una gran tormenta, etc. Es decir, realizan una labor fundamental. Pero, aún así, durante seis o siete meses al año esta gente no tiene absolutamente nada importante que hacer. ¿Qué hacen entonces? Cortan interminablemente el césped. Nuestros muchos jardincitos quedan más feos, cosa en que todos los vecinos estamos de acuerdo, hacen un ruido espantoso durante horas, y además consumen gasolina y electricidad para su tarea. Alguien, supongo que alguien en el ayuntamiento, alguna clase de "autoridad", claro, ha debido decidir (seguramente ni ha llegado a concebir una alternativa) que es inaceptable que estas personas no trabajen durante seis meses al año, así que les tienen haciendo una tarea absurda que no sólo es inútil, sino que además genera contaminación acústica y malgasta recursos energéticos. Por mí parte, sería partidario de que se les pagase el mismo salario siempre y que sólo trabajaran cuando realmente su trabajo tiene sentido. ¿No es esto algo elemental? Mi sensación es que, en contra de lo que puede sugerir la larga enumeración de trabajos útiles, la mayor parte de los trabajos comparten esta naturaleza absurda con la tarea de los cortadores de césped de mi barrio. No sólo eso, sino que esos "trabajos útiles" a menudo están contaminados por cantidad de elementos innecesarios, de nuevo influenciados por la creencia semi-religiosa de que "la gente tiene que trabajar".
He dado el ejemplo algo pintoresco de los cortadores de césped, pero lo cierto es que podría hablar mucho más extensamente de mi propio caso como trabajador en el mundo académico y científico. Como doctorando e investigador doctoral, he sido testigo de unas cantidades difíciles de resumir de derroche de recursos humanos y energéticos. La cantidad de trabajo que realizamos la mayor parte de nosotros -a menudo bajo el supuesto alienante de que contribuimos "a la tecnología del futuro" o a la ampliación del conocimiento- no sólo es absolutamente irrelevante para la sociedad en cualquier forma, sino que yo lo calificaría directamente de inmoral. Ocultos bajo capas densas de lenguaje técnico difícil de descifrar para quien no tiene una formación extensa, es difícil que nos descubran alguna vez como los estafadores (a menudo inconscientes) que somos. Me gustaría repasar aquí la típica cantinela de que "sólo una fracción de la investigación básica encuentra aplicaciones en la sociedad, pero nunca sabemos cuál va a ser". En primer lugar, hay líneas de trabajo que casi con total certeza nunca revertirán en la sociedad de ningún modo. Hay cosas sobre las que existe incertidumbre, pero sobre otras la seguridad de la inutilidad es casi total. No está nada mal que se hagan cosas inútiles, puede ser bonito y edificante, puede ser precioso aprender sobre la naturaleza o cualquier idea romántica que se tenga del estilo. Pero la ciencia, mayormente, no hace eso. Por bonito que sea, gastar recursos millonarios en experimentos, computación, materiales, sueldos durante largos años, etc, es un derroche faraónico que implica, por supuesto, que otra gente tendrá que trabajar más en las labores productivas, ya que hoy en día mucha más gente (en comparación a décadas pasadas) se dedica a labores improductivas. En segundo lugar, la mayor parte de esas aplicaciones que "retornan un beneficio social" son prescindibles y no merecen los recursos gastados. Nuevos tipos de dispositivos electrónicos, ciertos tipos de sensores, mejor tecnología para X,Y,Z. Da igual, da igual, no importa. Tendréis nuevas tecnologías para las pantallas de vuestros móviles, un nuevo procesador gráfico, realidad virtual, nuevos coches, robots de este y aquel tipo, etcétera. Da igual. Por supuesto, hay gente que es de la opinión de que esto es deseable, y que esta cultura del trabajo nos lleva a eso, a ese desideratum tecnófilo. Al margen del hecho de que, aún así, sigue habiendo cantidad de inutilidad en el camino del progreso tecnológico, la clave para mí es que podemos desear un mundo en que prescindamos de todas esas innovaciones a cambio de trabajar menos, muchísimo menos. Ya tenemos suficiente tecnología y automatización para vivir bien. En su Utopía, Tomás Moro describía la alocada idea de cómo, si todos trabajáramos en las labores productivas, podríamos completar las tareas básicas de subsistencia en mucho menos tiempo. Un abandono del bullshit y un reparto más racional del trabajo implicaría mucho menor trabajo y, por tanto, más tiempo libre, finalmente de acuerdo con las predicciones de Russell o Keynes, que concuerdan con la evolución histórica de la productividad. El tiempo sobrante podría usado como se quisiera, también para el resto de actividades no productivas que a día de hoy aún constituyen el grueso de lo que llamamos trabajo. La clave, pues, es un retorno a la libertad, donde las actividades necesarias requieren mucho menos tiempo, y el resto queda vaciado. Este cambio de bien paradigma, si bien radical, aún retiene el elemento del "trabajo" como algo esencial en su organización, pero también ese ingrediente puede y debe modificarse. El anarquista Bob Black, en su conocido ensayo de 1985 La Abolición del Trabajo, propone sustituir al completo el trabajo por el juego. Introducir un elemento lúdico en todas las tareas productivas, organizándose de forma dinámica y rotatoria para que distintos grupos hagan en cada momento lo que más disfrutan, no es una idea ni mucho menos tan reciente. Charles Fourier, socialista utópico de principios del siglo XIX, concibió los Falansterios como unidades de producción basadas en este principio. Una dinámica laboral rotatoria, unos niveles de productividad como los que tenemos hoy en día, y unas guías basadas en la igualdad, el reparto justo de las labores y el componente lúdico de las formas de organización, llevaría pues a cantidades de trabajo extremadamente reducidas en comparación a lo que tenemos hoy en día. En cierto modo, una sociedad así fue imaginada por la escritora estadounidense Ursula K. le Guin en su novela Los Desposeídos, ganadora de los premios Hugo y Nebula. En esta historia de ciencia ficción especulativa, se describe un planeta árido donde no existe la propiedad privada y las labores productivas se basan en los principios del anarco-sindicalismo. Huyendo del cliché de las distopías, le Guin construye una historia que tampoco es una utopía ingenua, sino una descripción que pretende ser psicológicamente creíble de un mundo extraterrestre donde lo más alienígena, sin embargo, es su organización política, inimaginable desde nuestro modo de vida.
Trabajamos mucho, más de lo necesario para poder tener un estilo de vida que pudiésemos llamar deseable. Estos cambios, revoluciones, transformaciones, conllevan, antes que cualquier otra cosa, un esfuerzo de la imaginación, una rebelión del pensamiento contra una miríada de cosas que llevamos mucho tiempo dando por sentado. Sí, hay gente a la que le gusta su trabajo, pero la mayoría querría trabajar menos. Sí, hay trabajos útiles, algunos incluso satisfactorios, pero gran parte no son ni lo uno ni lo otro. Una unión suficientemente grande de personas decididas a resolver la inequidad y la absurdidad podrían dar con una organización en la que todos fuéramos más útiles y estuviésemos más satisfechos, aún si eso fuese a costa de pequeños sacrificios para los privilegiados. Nadie, nadie tendría que tener que trabajar mientras no lo desee. Reducir drásticamente o eliminar el trabajo no es una imposibilidad material, ni algo en contra de leyes científicas inmutables. Es una cuestión ética y política que, sin embargo, choca no ya con todo un sistema de organización, sino prácticamente con la totalidad del espectro de debates posibles, situándose así más allá de los límites de la ventana de Overton.
Como escribió Bob Black al final del ensayo arriba mencionado: "Trabajadores del mundo... ¡relajaos!"