Al comienzo de La Montaña Mágica, novela de Thomas Mann publicada en 1924 tras algo más de diez años de trabajo, el protagonista Hans Castorp, un joven ingeniero naval de veintitrés años, se dirige a un sanatorio de tuberculosos en las montañas para visitar a su primo Joachim. El mismo Hans está algo enfermo, y tras las tres semanas —cuyos primeros días se hacen lentos y ocupan una parte amplia de la narración—, decide quedarse en el sanatorio. Al final de la novela (que coincide con el comienzo de la Primera Guerra Mundial), Hans habrá pasado allí siete años (el número mágico de Thomas Mann), pero, lejos de haber una correspondencia proporcional entre tiempo de la narración y tiempo de lo narrado, el ritmo acelera a medida que pasan los meses de Hans en el sanatorio, y mientras que los dos primeros años constituyen algo así como la mitad de la novela, los últimos dos o tres años se pasan en unas pocas páginas (del total de unas mil de la novela). Esta estructura refleja la transformación del personaje de Hans, crecientemente desconectado del mundo “de allá abajo” (hasta ser “despertado” por el inicio de la guerra), pero también es un reflejo del propio bergsoniano tema central de la novela: el contraste entre el tiempo objetivo, “externo”, medible, y el tiempo subjetivo, “interno”.
El filósofo francés Henri Bergson usó el concepto de duración para referirse a este segundo tipo de tiempo, vivencial e imposible de determinar. Con ello, Bergson trataba de realizar un análisis del tiempo que escapara de las metáforas espaciales con que el análisis científico matematiza ese otro tiempo objetivable.
El tiempo objetivo resulta del contraste de procesos, de las tasas de cambio relativo y constantes de fenómenos cíclicos regulares. El éxito de esa noción resulta de nuestra capacidad para medir las subdivisiones (por ejemplo, a través de las oscilaciones de un péndulo, la caída de la arena, el agua de la clepsidra o la desintegración de núcleos atómicos) que, a su vez, se incorporan a un marco matemático. En el mundo moderno, occidental y tecno—científico, crecemos dando por hecho este concepto del tiempo, pero, como ya mencioné en una entrada anterior, puede que esto resulte de unas condiciones materiales concretas (que nos llevan a ser seres mesurofílicos), pero no necesariamente universales, como tal vez muestre el caso de la controversia del tiempo de los Hopi u otras poblaciones (sin que necesariamente ello implique algo sobre la relación lenguaje—mente). Este tiempo medible y externo, como ingrediente del marco matemático de las teorías más fundamentales (básicas) de la naturaleza, ha sido visto como potencialmente no fundamental e ilusorio por algunos pensadores/científicos o como ineludible e irreductible o otros. El representante más famoso del primer grupo, claro, es Albert Einstein, que llegó a expresar la opinión (matemáticamente sensata, al menos desde el punto de vista microscópico) de que se trataba de “tan sólo una ilusión”. Por otro lado, Ilja Prigogine, experto en los procesos de fuera del equilibrio, argumentó en su libro ¿Tan Sólo una Ilusión? que la innegable realidad de la irreversibilidad pone de manifiesto la existencia de ese tiempo objetivo (algo que, seguramente, cualquiera que haya visto romperse un plato o haya mezclado una pasta con tomate puede entender intuitivamente, como muestra la película Las Vidas Posibles de Mr.Nobody).
Bergson, sin embargo, desarrolla una noción más central (al menos desde el punto de vista de la experiencia) basada en una heterogeneidad inasible, no formulada en términos de metáforas espaciales. Así, la experiencia humana universal de “una hora larga”, “un fin de semana muy corto”, “cinco minutos eternos”, “un diminuto instante inmenso...” o “veinte años son nada” no son meras anécdotas sin interés o fragmentos de poesía, sino que configuran una parte clave de ese concepto de tiempo subjetivo, la duración, que captura más fielmente (quizá más universalmente) la relación de los humanos con el cambio. Esto es exactamente lo que plasma en su novela Thomas Mann, que por supuesto había leído a Bergson (al igual que otros escritores de la época que experimentaron con la vivencia subjetiva del tiempo, como James Joyce en el Ulysses o Virginia Woolf en La Señora Dalloway y Al Faro). Al comienzo del capítulo V, Sopa, Eternidad y Claridad Repentina, nos dice el narrador, que sigue a Hans Castorp a todas partes:
“...mientras que nuestro relato de las tres primeras semanas […] ha devorado [grandes] cantidades de espacio y tiempo, las tres semanas siguientes […] volarán...”
Aquí, el narrador interrumpe su trabajo durante un par de páginas para hacer una fingida apología de la estructura, apelando al “gran misterio del tiempo”, de como éste logra “alargarse o contraerse”, de la monotonía y de la eternidad. Pero donde más se exhibe el credo filosófico de Thomas Mann al respecto es al comienzo de capítulo VI, en una sección inicial titulada Cambios, donde la acción se suspende tan sólo por unas pocas líneas para aclarar la intención que subyace a la estructura:
“¿Qué es el tiempo? Un misterio omnipotente y sin realidad propia. […] produce el cambio […] ¡Es inútil preguntar!”
Hans Castorp se pregunta, si todo cambio es cíclico (objetivamos una duración a partir de un movimiento periódico), cómo es posible que éste sea real. Settembrini, un insoportable italiano harapiento aficionado a la Ilustración, le explica que, aunque así fuera, la escala de tiempo de esa periodicidad es tan amplia que aún queda espacio para que los humanos, en su brevedad, experimenten el “progreso”. No es casualidad que Thomas Mann ponga tan frecuentemente en boca de Settembrini la palabra “progreso”. Este personaje encarna la fe en la técnica y la cultura occidental y, como tal, sólo concibe el tiempo como ese algo objetivable y externo: podríamos decir que ha “olvidado” la noción intuitiva pre—industrial de duración y, como tal, es insensible a las pesquisas vitalistas de Hans Castorp, al que ve con creciente decepción hundirse en la indolencia. Hans, por su parte, llega al sanatorio con intención de estudiar un libro en inglés sobre construcción de naves a vapor, pero pronto pierde el interés y ese libro nunca vuelve a ser mencionado en la novela, aunque es de suponer que debió de permanecer enterrado en algún lugar de su habitación. En su lugar, Hans se interesa, en distintas fases, por la fisiología, luego por la botánica, por el mero abandonarse a las reflexiones abstractas en su terraza (lo que el denomina “gobernar”), y, más adelante, por la fotografía, los juegos de cartas, un gramófono que le obsesiona, y hasta el espiritismo.
Hans, a través de su desconexión con el mundo de “allá abajo”, desarrolla esa otra sensibilidad sobre el tiempo —incomprensible para Settembrini— que Bergson tuvo que reintroducir en la cultura europea como una noción técnica filosófica. Esta noción, sin embargo, no es en sí misma tan extraña y, una vez se abstraen ciertas contingencias materiales de las sociedades industriales, puede ser incluso más intuitiva a la experiencia humana, que es justo lo que libros como La Montaña Mágica o La Señora Dalloway nos enseñan. Por ejemplo, el antropólogo Marvin Harris, en un capítulo sobre lingüística de su Antropología Cultural, dice: “la ausencia de calendarios, relojes y horarios tiene que haber dado a las sociedades preindustriales como la hopi una orientación sobre el tiempo muy distinta a la de las sociedades de la era industrial […] la falta de interés para medir el tiempo es una característica de los pueblos preindustriales en general, desde la Patagonia a la Tierra de Baffin y desde Nueva Guinea al desierto del Kalahari” (la cursiva en medir es mía y con ello resalto la clave de esa diferencia, formulada de nuevo en términos bergsonianos, entre el tiempo que se mide y la duración que se vive). Una cosa que logra hacer La Montaña Mágica, para mí, es pues retratar de forma completamente intuitiva una noción que, con aspecto quizá de técnica o abstracta, tiene una naturalidad que algunas particularidades de nuestro modo hegemónico de vida han oscurecido.
Una de las más divertidas entre las muchas locas especulaciones semi—filosóficas de La Montaña Mágica es aquella sobre la posibilidad de experimentar (realmente, y no como mera ilusión) un tiempo ralentizado o acelerado. Dejando al margen cuestiones relacionadas con la Teoría einsteniana de la Relatividad, que son irrelevantes para la experiencia humana cotidiana, es común el sentir que lo que para alguien fueron dos horas para mi se “sintió” como una duración mucho más corta o más extendida. ¿En qué consiste el tiempo percibido (y no el medido)? El tiempo resulta de un contraste entre tasas de cambio que son accesibles a los sentidos y, obviamente, nuestra sensación de tiempo interno se deriva de una suerte de tic-tac fisiológico, un reloj neuronal —cuyos detalles materiales son elusivos— que tendrá una frecuencia dada (una “resolución temporal”), como los procesadores de un ordenador. No puedo saber cuál es la frecuencia de ese tic-tac neuronal, pero quizá podamos suponer que es de unas cuantas docenas o centenares de veces por segundo. El que yo experimente un tiempo objetivo externo de una hora como lo que típicamente corresponde a una duración subjetiva de una hora, tiene que ver en último término con ese tic-tac neuronal, que fija mi incognoscible referencia subjetiva, sin embargo...
“No sería difícil imaginar seres que habitasen, por ejemplo, en planetas más pequeños que el nuestro, y se rigiesen por un tiempo en miniatura, en cuya 'breve' vida los saltitos de nuestro segundero equivaliesen a la lentitud acompasada de la aguja que marca las horas enteras. Pero igualmente podríamos imaginar otros seres cuyo espacio se hallase ligado a un tiempo a mucha mayor escala, de manera que conceptos convencionales como 'hace un instante' o 'falta poco' […] se viviesen desde una perspectiva tremendamente amplia”,
nos dice el narrador, sin duda evocando las intuiciones de Hans Castorp al “gobernar”, que tras un par de años había perdido por completo el interés en la medición y la objetividad, pues “Hans Castorp volvía a guardarse el reloj en el bolsillo y dejaba que el tiempo corriera su propia suerte.” De hecho, el lujoso reloj de Hans —de oro, con una esfera de porcelana, cifras rojas y negras, y del que leemos hasta en dos ocasiones una descripción de lo más prolija— acaba roto y abandonado, lo cual sin duda simboliza esa transformación radical del ingeniero Hans Castorp. Por supuesto, la única razón para que el personaje sea un ingeniero es para acentuar ese contraste entre el tiempo objetivo y el subjetivo, entre el mundo de la razón personificado por Settembrini y la dimensión de lo vivencial. Settembrini, por otro lado, insiste en referirse siempre a Hans como “ingeniero”, a pesar de que éste no ha ejercido jamás como tal, y se niega a ver o no comprende la naturaleza de la transformación que opera en el joven:
“ —¡Retiro, vida contemplativa! Ésas son palabras llenas de sentido que se oyen con gusto. […] a decir verdad, la cama […] me ha ayudado a perfeccionarme y a reflexionar sobre más cosas que todos los años que pasé allá abajo, en el 'molino'.
Settembrini le miró con sus ojos negros, que brillaban de un modo triste.
—¡Ingeniero! —exclamó espantado—. ¡Ingeniero!”
El ejercicio de imaginación sobre el tiempo acelerado o ralentizado, en efecto, no sólo es divertido, sino, como afirma Thomas Mann, concebible. Dicho más materialmente, podemos fácilmente imaginar que ese tic-tac neuronal de un hipotético organismo fuese muchísimo más frecuente, refinando así la “resolución temporal” y haciendo que la duración subjetiva típica asociada a una unidad de tiempo fuese mucho más larga que la nuestra. No es inconcebible pues que otro ser, con una existencia objetiva medible de lo que nosotros llamamos un día, percibiese que su vida se extiende a lo largo de lo que nosotros llamamos milenios. Al observar a otros humanos y animales interaccionar entre sí o con nosotros, es razonable concluir que es poco probable que haya diferencias notables en las percepciones de la duración, pero ni mucho menos está claro que éstas sean absolutamente idénticas ni absolutamente constantes. Al fin y al cabo, materialmente esto no entraña ningún problema fundamental: miles de procesos ocurren a niveles crecientemente más microscópicos en escalas muy inferiores a la millonésima de segundo, y no tenemos una respuesta a la cuestión de si una conciencia podría desarrollarse a partir de entidades cuyo “tic-tac” estuviera en ese rango.
Por otra parte, el fenómeno del tiempo ralentizado ha sido clásicamente relacionado también con los sueños (concepto divulgado por la abominable película Origen), como el propio Thomas Mann explora en detalle. En un paseo invernal, Hans Castorp es sorprendido por una horrible tormenta de nieve en la que casi pierde la vida. El capítulo, el que contiene más acción de toda la novela, es a la vez en el que más se exhibe —a través de la experiencia de Hans— el contraste tiempo/duración. Perdido en la ventisca, aterrado ante la posibilidad de una muerte por congelación, Hans compara su estimación acerca del tiempo transcurrido con la información proporcionado por su reloj (que a estas alturas de la historia aún funciona):
“ 'Debe de haberse hecho de noche, las seis, calculo yo, pues he perdido mucho tiempo dando vueltas. ¿Qué hora será?'
Buscó el reloj […] Eran las cuatro y media. ¡Qué diablo! ¡Pero si casi era la misma hora que cuando había estallado la tormenta! ¿Podía creerse que sólo hubiese transcurrido un cuarto de hora?”
Nervioso, Hans decide dar un trago a su petaca cargada con oporto. Desesperado al darse cuenta de que ha avanzado en círculos hasta la cabaña de la que partió, decide apoyarse contra la pared, descargando el peso en una pierna y luego en la otra. Confundido entre el terror y el alcohol, acaba quedando dormido y, de forma suave, la narración se desliza hasta el sueño de Hans, un bello paisaje marítimo, obviamente sacado de Muerte en Venecia, que acaba degenerando en una horrible pesadilla caníbal. La densidad simbólica de este fragmento contrasta con el estilo realista de la novela, pero la clave aquí es que esta narración se expande y comprende una experiencia dilatada mientras el Hans físico permanece inmóvil entre la pared y la tormenta. Al despertar, Hans encuentra que la tempestad ha amainado. ¿Había pasado toda la noche en aquel lugar? Aparte de un leve entumecimiento en nariz y dedos, no tenía otras secuelas. Al mirar su reloj de oro con esfera de porcelana, comprueba que aún no son las cinco de la tarde.
“¿Era posible que no hubiese permanecido allí, tumbado en la nieve, más que diez minutos o poco más, y que, en tan poco tiempo, hubiese inventado tantas imágenes hermosas y espantosas […] ?”
En esta aventura, en la que Hans Castorp vive esta experiencia en parte a raíz de emborracharse en su desesperación, Thomas Mann se inspira claramente en Confesiones de un Comedor de Opio Inglés, de Thomas de Quincey, lo cual deja claro algunas páginas después al relatar que:
“se conocen, por ejemplo, anotaciones de fumadores de opio que, en el breve periodo bajo los efectos del estupefaciente, han vivido sueños que se extendían sobre diez, treinta o sesenta años, y que incluso rebasaban todos los límites posibles de una experiencia humana del tiempo; sueños, por consiguiente, en los que el contenido [la duración] rebasa con creces su propia duración [tiempo objetivo]...”
En efecto, en su libro de memorias de 1820 que tanto gustó luego a Poe o a Borges, entre otros, Thomas de Quincey habla de la vivencia casi mística de experimentar duraciones inhumanas en algunas de sus sesiones con el opio:
“A veces me pareció haber vivido por setenta o cien años en una sola noche, a veces tuve la percepción de abarcar un milenio en el mismo tiempo o, en cualquier caso, una duración mucho más allá de los límites de cualquier experiencia humana.”
También la filósofa española María Zambrano especuló con el tiempo y la atemporalidad en los sueños. “Todo sueño es la inmovilidad de un movimiento”, dice en uno de los fragmentos de su ensayo Los Sueños y el Tiempo. Ésta es una atemporalidad sobre la que el sujeto no decide, pero en la que la conciencia de lo sucesivo se diluye: “en sueños aparece la vida del hombre en la privación del tiempo, como una etapa intermedia entre el no ser —el no haber nacido— y la vida en la conciencia, en el fluir temporal. En esta situación intermedia no se tiene tiempo todavía.” Y en otro pasaje, que resalta la dimensión vivencial del tiempo (ésa precisamente que Hans Castorp descubre accidentalmente al ser arrancando de su mundo técnico), nos dice Zambrano, quizá con ecos de Bergson: “Se da pues el tiempo […] como condición del existir, o del ser entre la realidad […] Y no sólo la vida vista desde fuera, medida por el tiempo, extendida por la duración, sino de la vida de este privilegiado viviente para el cual el tiempo existe, este que puede decir el tiempo existe para mí y no sólo hay tiempo o existe el tiempo.”
Creo que el tema central de La Montaña Mágica es precisamente éste. Más allá del entretenimiento que supone su trama y sus descripciones, casi todos los otros asuntos de los que se ocupa están vistos desde la ironía. Como Bildungsroman es una parodia (Hans Castorp acaba siendo un desgraciado soldado raso atrapado en la putrefacción de las trincheras), las nociones de progreso y técnica se ridiculizan tanto como la mística, y el repertorio de personajes (que es una maravilla) a ratos parece casi propio de una sitcom moderna con sus manías caricaturescas (los que “silban” con sus pulmones operados, los rusos ordinarios y los rusos distinguidos, el psicoanalista gangoso, el médico aficionado a pintar cuadros horribles, la ridícula disciplina militar del primo de Hans, el fanatismo del profesor Naphta, el holandés millonario que no logra terminar ninguna frase, y un largo etcétera). Como tema constantemente subyacente a la trama, sin embargo, el del contraste tiempo/duración parece ser el único del que Thomas Mann no se ríe o no distorsiona. La (muy duradera) novela La Montaña Mágica es pues una novela sobre el tiempo, pero, sobre todo, es una novela sobre la duración.
Magnífica reseña, bueno, es más que una reseña, es un ensayo lúcido y brillante
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