Imagínala, la barca fabricada con una concatenación de artesanía nórdica y chapa húmeda de dos sauces, con los elegantes añadidos de unos chopos a medio sumergir, onomatopéyicamente reminiscentes de su lugar en el mundo, junto a unas riberas donde sólo es posible oír el discurrir terapeútico del agua, ahí embarrados en una costa lejana, tan lejana que es fácil concebirla como edénica, donde los cristales de la arena son atravesados por los rayos espectacularmente blancos de un sol con apariencia de personaje puro de una fantasía épica, y que en esa parte del mundo se mueven aún mejor que los hilos de un bobina siempre girando, de suerte que la textura de esa iluminación impregna los mástiles y el cascarón a base de tablas de la pequeña barca heterogénea, que peina la marejadilla con aire de animal ataráxico mientras ondículas de viento marino golpean o acarician la concavidad de la vela blanca, cuyo sonido tiene las mismas propiedades psicológicas que el discurrir de ese río distante y es el deleite del marinero, quien, tumbado sobre una tabla crujiente con la memoria curva de uno de los sauces, se concentra en cómo el calor amarillo de la luz encima del mundo le roza la piel de los párpados en un ángulo placentero, y en cómo sus manos entrelazadas bajo la cabeza tocan madera y pelo y se convierten en una Unidad repentina con la irreductibilidad enorme del mar, las olas blandas vibrando, vaivenes de arrullamiento, cresta arriba, cresta abajo, dinámica local de un infinito entretejido, y la madera armónica rompiendo también con sus picos la invisible interfase cíclica, el engranaje minimal de la maquinaria del océano.
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La ansiedad del marino, o la ansiedad de la nieve lejana. Basta con imaginarlo. Solo, y sólo el océano sin un límite más que la curvatura del horizonte, envolviéndote también circularmente, y sólo el azul compacto del cielo reflejado sobre la superficie oscura del mar infinito, donde los reflejos vítreos del sol y los rizos de las olas se mezclan en un baile silencioso. No hay nada, no hay nadie en miles de kilómetros a la redonda, sabes que no hay nada a lo que asirse, y si este tronco falla, o esta piragua, que ya está tambaleándose con el extraño mecerse del océano, no tendrás nada más que la perdición, ¿no? No sólo es el pánico, es la certeza de la muerte, siempre alimentada por el terror de ese océano, que es infinito, eterno, sin límites, y que incluso más allá de la boca del horizonte permanece como un monstruo más curvado y más grande de lo que tu pánico puede comprender... es una máquina del movimiento perpetuo de la ansiedad, ¿sí?
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Sí, este hombre se echó hace dos jornadas a la mar, a pesar de padecer de hipertensión y de tener un creciente pavor cerval a la imagen informe del océano nocturno, así que admirad su serenidad, miradlo ahí tirado con despreocupación dichosa. No está pensando, por ejemplo, en la sal que asetea las gargantas sedientas, y que posiblemente se condensa en un sólo monstruo espantoso de ubicación imprecisa, un ceto ágil capaz de romper ese hechizo de calma y hacer deseable una lengua de fuego y cinco quemaduras de tercer grado cubriendo la piel. Siente un pasión auténtica por comunicar allende los mares las virtudes poco divulgadas de sus cincuenta y cuatro ciudades, ajenas a los reyezuelos continentales. Ya en el puerto, sus ojos verdes andan moviéndose con una flotabilidad de mineral, tal vez de jade, entre los comerciantes con hedor a tripas de pescado rosadas, conservas dispersadas, agua muy posiblemente fecal, rugosas redes húmedas, entrañas empapadas. Casi se podría creer que el propio ajetreo está oliendo, que alguna de las pestes de esa mezcla densa del aire es una cosificación molecular extremadamente poco aromática de la intensa actividad comercial, llevada a cabo sobre cubos de madera encharcada, a veces putrefacta. Unos hombres con paños a la cabeza y delantales que una vez fueron blancos mueven sus tremendas mandíbulas recubiertas por gruesos pelos para decir con ojos vítreos de pez fallecido que compres, que compres sus hermosos pescados, ricos, frescos en contra de toda evidencia sensorial. Así que despliegan con facilidad la potencia de sus pulmones y exclaman esto alargando las vocales, con los brazos colgando, y con un mix increíble de agua, alcohol y sudor en los pliegues de su piel que conforma el carisma arquetípico de este consorcio. Y el extranjero pasea en silencio, echando vistazos a todos los rincones, siempre manteniendo en mente su barcaza deslocalizada, sostenida por quince resonancias severas de diseño. Se puede decir que le gusta vociferear por los bordes de los fajos de papeles completamente débiles y frágiles, reblandecidos por el agua salada que encarna todo su peligro, porque en realidad es de una pasta ampulosa, no gritona, con una fina red de agujeros que la hacen indestructible en esencia... pues viene de otro mundo, ésa es la verdad, de un pedrusco urbanizado y emancipado de todo este comercio, una otra red de ciudades que todos creerían un punto Nemo, equidistante de puntos de tierra muy lejanos, si bien todavía verosímiles. ¿Y cómo se llega a este pedrusco dichoso, amigo? Bueno, el marinero, que es conocedor de muchas cosas, en realidad no sabe responder a esto, pero algo sí puede afirmar con la certeza ontológica de un fantasioso lemur omnisciente: Que no llegarán a su República la Compañía de las Indias Orientales, ¡Ja!, ni ningún esclavista holandés, con su laringe destrozada a base de dar órdenes en alta mar en su absurdo idioma autolesivo, que suena como metal siendo triturado, niños, de verdad que sí, ni nadie, nadie podrá llegar que tenga ideas de querer exportar alguna clase de jerarquía boyante basada en los surtidos de especias. Sólo te pueden invitar, y sólo cuando no tienes nada o estás dispuesto a llevarlo todo contigo, sí, todo, también ese pequeño elefante de la suerte que guardas con cierta pena porque te dió lástima aquella señora perennemente sonriente a la que le iba un poco de capacaída porque la sentimentalidad de las supersticiones, aunque sólo sea como juego, está en fortísimo declive. Y ya en el puerto, sí, sí, aquí en medio de los pescadores, como os decía,..., hay cajas amplias a base de maderos rebosantes de frascos de vidrio verde oscuro con licor de patatas, el alimento al que hay que dedicar la mayor parte de las atenciones, y el marinero extranjero, que lleva un papel arrugado con el esquema de un cilindro inyector en el bolsillo vertical de su calzón de tela negra (que por supuesto está empapado y salado), y un conveniente frasquito de peróxido puro, fruto de la técnica aventajada de su República dichosa, se acaricia la lana sólo ligeramente griseada que cubre su pecho, se arremanga para mejor combatir el calor y piensa que aquello debe de ser una señal, pues no tenía ni idea de que en esta tierra, para él tan desconodida, abundaran ya la mitad de los ingredientes del progreso....
...Habla nuestro extranjero con.... un artillero, un mendigo y un príncipe que pasea escoltado, todo durante la misma mañana azulada. Pero, ¿pueden creer algo de lo que cuenta? De sus gestos...? Al artillero le da igual, allí no ve negocio, lógicamente, si las cosas son como se dice, y parece estar aquello muy lejos como para arriesgarse a encontrar ahí una nueva bolsa de mercado, eso sin tener en cuenta la necesidad de hacer toda una cansina labor motivacional explicando a esos isleños sin ley natural porqué resulta indispensable estar al tanto del último grito de las tecnologías de la pólvora. El mendigo, por su parte, se ríe a través de unos dientes que de viejos parecen carne gris de castañas asadas, como las que asamos aquí en la plaza del pueblo, y desde su pared, cubierto con una deshilachada túnica de arpillera con fuerte olor a patatas, desestimó el cacareado igualitarismo que le ofrecía el extranjero, pues le sonaba a burla, a broma práctica de gente rica que no sabía ni la mitad de metafísica que él, que escribía poemas con lecciones ontológicas de primerísima categoría, dedicando todo su cuerpo famélico y su cocorota recubierta por trazas de pelo ralo y pegajoso a la contemplación, al licor, y a la concepción de nuevos versos llenos de perspicacia filosófica.... Así que no, dijo el mendigo, ninguna paparruchada política de trasmar, ningua bobada así de sórdida me van a vender a mí, a mí que he trabajado sobre la esencia del Ser más que cualquier de estos niños algodonados.
Pero el príncipe, ah, queridos, el príncipe sí encontró interesante (¡y mucho!) la historia maravillosa del marinero extranjero, y durante cerca de cuarenta minutos en que pareció olvidar sus empuñaduras sedosas se sentó, sin importarle que su exquisita túnica de seda púrpura pudiese mancharse del polvo del trajín portuario, y clavó sus esmeráldicos ojos bien abiertos en el rostro del marinero, con toda su cara circular bien afeitada y aceitosa, rezumando juventud leída, contraída en un rictus que era mezcla de atención y concentración, y que despertó en este estrato irritante de los dominadores la pepita ansiosa de una revolución.